El Velo Rasgado: La Verdad Detrás del Llanto del Príncipe

El Secreto del Pergamino y la Verdad Desvelada

Elara sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El pergamino temblaba en sus manos.

Las palabras de Lyra eran claras, aunque escritas con una prisa febril, como si el tiempo se le escapara.

"Mi querido Theron," comenzaba, pero la carta rápidamente se desviaba de un tono amoroso a uno de profunda angustia. "Debo confesarte algo terrible. Seraphina... ella me ha estado envenenando. Lentamente. Un veneno sin rastro, que imita una enfermedad. Siempre me ha odiado, desde que fui elegida sobre ella. Quiere el trono, Theron. Quiere casarse contigo, gobernar a través de ti, o incluso... incluso deshacerse de Kael para poner a su propio linaje."

Elara jadeó. No podía creerlo.

El veneno. La enfermedad misteriosa de la reina. Su muerte repentina al dar a luz. Todo encajaba con una crueldad helada.

Lyra había sido asesinada. Y Seraphina era la culpable.

La carta continuaba con instrucciones desesperadas. "Busca a la anciana curandera del pueblo bajo, Elara. Ella me dio este antídoto temporal, pero no puedo seguir tomándolo sin levantar sospechas. Solo ella puede confirmar mis palabras. Hay una marca oculta en mi cuello, bajo mi cabello, una pequeña cicatriz en forma de luna creciente. Ella me la hizo para un ritual de protección. Seraphina nunca la notaría. Es la prueba. Si me pasa algo, Theron, protégeme. Protege a Kael."

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La anciana curandera. Elara la conocía. Era su propia abuela. Una mujer sabia y poderosa, desterrada del palacio años atrás por Seraphina, quien la había acusado de brujería.

Un nudo se formó en el estómago de Elara. La marca. La curandera. Todo se conectaba.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Lady Seraphina entró, una sonrisa forzada en sus labios.

"¿Qué haces, esclava?" Su voz era dulce, pero sus ojos eran dagas. "No te he visto limpiar el tocador con tanto fervor."

Elara escondió el pergamino detrás de su espalda. Su corazón latía con fuerza.

"Solo... solo terminando, mi señora," respondió, su voz apenas un hilo.

Seraphina se acercó, sus ojos escudriñando. "Pareces pálida. ¿Estás enferma? No querrás contagiar al príncipe."

La mano de Seraphina se extendió. Elara retrocedió instintivamente.

"Déjame ver qué escondes," dijo Seraphina, su voz volviéndose fría.

Un forcejeo. El pergamino cayó al suelo.

Los ojos de Seraphina se abrieron. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una máscara de furia asesina.

"¡Tú! ¡Cómo te atreves a leer esto!" rugió. Se abalanzó sobre Elara, sus uñas afiladas como garras.

Pero Elara no era una esclava dócil. No cuando el futuro de Kael estaba en juego.

Con una fuerza desesperada, empujó a Seraphina. La dama de la corte tropezó, cayendo sobre el tocador.

El ruido despertó a Kael. Su llanto resonó en la habitación.

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El príncipe Theron, alertado por el alboroto, irrumpió en la cámara. Su espada desenvainada.

"¡Qué está pasando aquí!" Su voz tronó.

Seraphina, con el cabello desordenado, se levantó rápidamente. "¡Príncipe! ¡Esta esclava me atacó! ¡Ha robado un documento real!" Señaló el pergamino en el suelo.

Elara, con el corazón en la garganta, se arrodilló y tomó el pergamino. Se lo extendió al príncipe.

"Mi señor," su voz temblaba, pero sus ojos estaban firmes. "No es un robo. Es la verdad. La verdad sobre la muerte de la Reina Lyra. Seraphina la envenenó."

Un silencio sepulcral. El príncipe tomó el pergamino, sus ojos recorriéndolo. Su rostro se puso blanco.

Seraphina se rió, una risa histérica y hueca. "¡Mentiras! ¡Calumnias de una esclava! ¡Quiere tu favor, mi príncipe! ¡Quiere el trono para su propio hijo bastardo!"

"¡Silencio!" El príncipe Theron había terminado de leer. Su rostro estaba lívido de ira. "La marca. ¿Dónde está la marca, Seraphina? La cicatriz en forma de luna creciente."

Los ojos de Seraphina se desviaron. Su postura se encogió.

"No sé de qué hablas," murmuró, intentando huir.

"¡Deténganla!" ordenó el príncipe. Los guardias la inmovilizaron.

"Traigan a la anciana curandera, Elara," dijo el príncipe, su voz ahora gélida. "Y que se prepare un tribunal. La justicia será rápida y brutal."

La verdad salió a la luz. La anciana curandera confirmó las palabras de Lyra y la existencia de la marca en su cuerpo, un pequeño símbolo de protección que solo ella conocía. Otros sirvientes, envalentonados, testificaron sobre la crueldad de Seraphina y sus ambiciones.

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Lady Seraphina fue juzgada y condenada por traición y regicidio. Fue despojada de su título y ejecutada públicamente, un ejemplo para todos aquellos que osaran desafiar la corona.

Elara, la esclava invisible, se convirtió en heroína. El Príncipe Theron, conmovido por su lealtad y valentía, no solo le concedió la libertad, sino que la elevó a un puesto de honor como la Dama de la Cuna Real, la protectora oficial del Príncipe Kael. Su propia hija, la que le había sido arrebatada al nacer, fue encontrada y reunida con ella.

Elara nunca se casó con el príncipe, ni buscó el trono. Su amor por Kael era el de una madre, un lazo irrompible. Se dedicó a criar a ambos niños, Kael y su propia hija, bajo el mismo techo, con el mismo amor. El palacio, antes un lugar de sombras y susurros, se llenó de risas y la calidez de una familia poco convencional.

La lección fue clara: la verdadera nobleza no se encuentra en la sangre o el título, sino en la valentía, la compasión y la inquebrantable búsqueda de la verdad, incluso cuando el riesgo es la propia vida.

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