El Velo Roto y el Millonario Misterioso: Un Giro Inesperado en el Altar Abandonado

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Elara. Esa novia abandonada en el bosque, cuyo mundo se hizo pedazos en el día que debía ser el más feliz. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas.

La Promesa Que Se Hizo Cenizas

Elara sintió el frío calarle hasta los huesos. No era solo el aire gélido de la noche que comenzaba a caer en el remoto bosque, sino el frío de la traición, de la soledad más absoluta. Su vestido de novia, antes un símbolo de esperanza y amor, ahora se sentía como un sudario.

Cada ráfaga de viento helado era una puñalada.

Había pasado horas, o quizás solo minutos, sentada en la roca musgosa, con el velo desgarrado y el ramo de rosas blancas desparramado a sus pies. Sus ojos, rojos e hinchados, apenas podían ver a través de las lágrimas congeladas.

"Volveré, mi amor. Solo necesito resolver algo urgente", había dicho Marcos, su prometido, con una sonrisa tranquilizadora, antes de dejarla en ese punto apartado del camino, supuestamente para unas fotos románticas antes de la ceremonia.

Pero Marcos nunca regresó.

El sol había empezado a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados que, irónicamente, parecían burlarse de su desdicha. Elara había gritado hasta que su garganta ardió. Había corrido, tropezando con las raíces y las piedras, con la esperanza de encontrar alguna señal de él, de alguien.

Nada. Solo el silencio opresivo del bosque.

El pánico se apoderaba de ella con cada crujido de las hojas secas bajo sus pies. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si lo había abandonado? No, Marcos no era así. O eso creía ella. La duda, un veneno lento, comenzó a corroer su corazón.

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Las sombras se alargaban, devorando los últimos vestigios de luz. Elara se acurrucó, abrazándose a sí misma, buscando un calor que no existía. Su teléfono no tenía señal. Estaba completamente sola, perdida, con el corazón hecho pedazos.

De repente, un destello.

Dos luces potentes aparecieron a lo lejos, cortando la penumbra del anochecer. Elara se puso de pie de un salto, la esperanza, una llama diminuta, parpadeando en su interior. Agitó los brazos con desesperación, a pesar de que sus músculos estaban entumecidos por el frío y el miedo.

El vehículo, un imponente sedán negro de lujo, se detuvo a pocos metros de ella. Su motor, silencioso, contrastaba con el estruendo de los latidos de su propio corazón. El cristal tintado del lado del conductor bajó lentamente.

Un hombre la observó desde el interior.

Su rostro, enmarcado por una barba cuidada y cabello oscuro, era serio, con unos ojos profundos que parecían ver más allá de su velo desordenado y su vestido manchado. Su mirada no era de curiosidad, sino de algo más, algo que Elara no pudo descifrar.

"¿Se encuentra bien, señorita?", preguntó con una voz grave y tranquila, que, extrañamente, no la asustó.

Elara apenas pudo balbucear un "No". La palabra se ahogó en un nuevo torrente de lágrimas. La vergüenza y el dolor eran insoportables. ¿Cómo explicar lo inexplicable a un desconocido?

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Él abrió la puerta del copiloto con un gesto. "Suba. No es seguro que una mujer esté sola aquí, y menos vestida de novia".

La lógica de sus palabras la golpeó con fuerza. La desesperación superó a la desconfianza. Sin pensarlo dos veces, Elara se subió al auto, el suave cuero del asiento un contraste brutal con la dura roca donde había estado.

El hombre le tendió una botella de agua y un pañuelo de tela. "Soy Alexander Volkov", dijo, encendiendo el motor sin esperar una respuesta. "Vamos a sacarla de aquí".

Elara sorbió el agua, el frío líquido un alivio para su garganta reseca. Miró a Alexander. Su perfil era fuerte, sus manos firmes en el volante. No parecía un depredador, sino un salvador inesperado.

"Gracias", susurró. "Soy Elara. Me... me han dejado". La última palabra le quemó la lengua.

Alexander asintió lentamente, sus ojos fijos en la carretera. "Lo intuyo. Pero hay algo en usted, señorita Elara, que me dice que su historia no termina aquí. De hecho, quizás esté a punto de comenzar".

Elara frunció el ceño. ¿Qué significaba eso?

El coche se deslizó por la carretera, alejándose del bosque oscuro. El calor de la calefacción comenzó a relajar sus músculos tensos, pero la inquietud en su alma permanecía.

Alexander condujo en silencio durante un buen rato, permitiéndole recuperarse. Luego, con una calma que la sorprendió, habló de nuevo.

"Mi esposa y yo hemos estado buscando a alguien, Elara", comenzó, su voz ahora teñida de una melancolía que no había notado antes. "Necesitamos una madre para nuestros hijos".

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Elara lo miró, perpleja. ¿Qué tenía que ver eso con ella? ¿Era una broma cruel?

Alexander señaló un pequeño portarretratos en el tablero. Era una foto de dos niños pequeños, un niño y una niña, sonriendo con una inocencia deslumbrante. El corazón de Elara se contrajo. Eran adorables.

"Necesitamos a alguien que los ame como si fueran suyos", continuó Alexander, su mirada volviendo a ella por un instante. "Alguien con un corazón puro. Y usted... usted tiene el corazón para hacerlo. Lo veo en sus ojos, a pesar de su dolor".

Elara no supo qué decir. La propuesta era tan extraña, tan descabellada, que le costaba procesarla. ¿Ser la madre de unos niños desconocidos? Ella, una novia abandonada, con el alma rota.

"Y hay algo más, Elara", añadió Alexander, su voz bajando un tono, volviéndose más grave, casi conspirativa. "Algo que debes saber sobre el padre de esos niños, y sobre por qué mi esposa y yo hemos estado buscando a alguien como tú".

Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La forma en que Alexander pronunció esas últimas palabras, la intensidad de su mirada, le indicaban que lo que estaba a punto de confesar no era solo una oferta de trabajo, sino algo mucho más profundo, mucho más ligado a su propia tragedia.

La promesa de su vida con Marcos se había desvanecido, pero frente a ella se abría una puerta hacia un futuro impensable, envuelto en misterio y en la promesa de un amor ajeno.

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