Entre la Desesperación y el Lujo: La Verdad Detrás de Esa Pregunta

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con María después de esa extraña propuesta. Prepárate, porque la verdad de la mansión de Don Ricardo es mucho más impactante y oscura de lo que imaginas.

La Promesa Helada de una Noche Sin Luna

María sentía el frío calarle hasta los huesos. No era solo el viento gélido de la noche, sino el de la desesperanza. Cada paso por la carretera desierta era un eco de su huida. Había dejado atrás un pueblo pequeño, asfixiante, y un compromiso arreglado que sentía como una sentencia.

Su padre, con deudas hasta el cuello, la había prometido al hijo del alcalde, un hombre el doble de su edad y con fama de ser cruel.

"Es por tu bien, María," le había dicho su madre, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. "Es la única forma de salvar la granja."

Pero María no quería ser salvada a ese precio. No quería ser una moneda de cambio.

Llevaba dos días caminando, alimentándose de lo poco que había podido llevar y durmiendo bajo la escasa protección de unos árboles. El hambre le roía las entrañas, y el miedo era una sombra constante.

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Entonces, las luces del todoterreno la habían cegado.

Don Ricardo. El hacendado. Un nombre que se susurraba con respeto y algo de temor en los pueblos cercanos. Decían que era inmensamente rico, pero también que vivía solo, recluido en su mansión, como un fantasma.

Su pregunta, "—¿Quieres ser mi esposa?", seguía retumbando en la cabeza de María. ¿Era una broma cruel? ¿Un espejismo de su mente agotada?

Don Ricardo la observaba, sus ojos oscuros y penetrantes. No había una sonrisa, ni un atisbo de compasión, solo una fría expectativa.

"No tengo a dónde ir," María logró decir, su voz apenas un susurro que se perdió en el viento.

"Lo sé," respondió él, su tono monocorde. "Pero esa no es la pregunta. ¿Quieres ser mi esposa? Tendrás un techo, comida, lujos que jamás imaginaste. No volverás a pasar hambre ni frío."

El estómago de María gruñó, recordándole su miseria actual. La oferta era tentadora, casi obscena en su inmediatez. Pero algo en la mirada de Don Ricardo le helaba la sangre. Era la mirada de un depredador, no de un salvador.

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"¿Por qué yo?" se atrevió a preguntar, reuniendo un poco de coraje. "¿No me conoce."

Don Ricardo inclinó ligeramente la cabeza. "No necesito conocerte para saber que estás desesperada. Y la desesperación, muchacha, es una excelente base para un trato."

Un trato. No un matrimonio. La palabra resonó con amargura.

María miró hacia la mansión, una silueta imponente y sombría en la distancia. Se rumoreaba que nadie entraba ni salía de allí sin permiso expreso de Don Ricardo. Se hablaba de una esposa anterior que había desaparecido sin dejar rastro.

Pero las historias eran solo eso, historias. Y la realidad era el frío, el hambre, y la oscuridad.

"¿Qué esperaría de mí?" preguntó, su voz un hilo apenas audible.

"Lealtad," dijo Don Ricardo sin dudar. "Y discreción. Harás lo que te pida. A cambio, tendrás todo lo que una mujer podría desear. Una vida sin preocupaciones."

Sin preocupaciones. La frase sonaba a una canción lejana, a un sueño imposible. María imaginó el calor de una cama, el sabor de la comida, la seguridad de unas paredes.

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Pero también sintió un nudo en el estómago. Un presagio.

"Acepte, muchacha," insistió Don Ricardo, su voz más apremiante. "La noche es larga y el camino, peligroso. No hay más opciones para usted aquí."

Era verdad. No había más opciones. Estaba sola, vulnerable. La alternativa era el abismo.

Con el corazón latiéndole desbocado, María tomó una decisión que la perseguiría para siempre.

"Acepto," dijo, y la palabra se sintió como una piedra cayendo en un pozo sin fondo.

Don Ricardo esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Solo una leve curvatura en sus labios.

"Bienvenida, esposa," dijo, abriendo la puerta del todoterreno. El interior olía a cuero viejo y a un perfume que no era de él.

Mientras subía, María sintió un escalofrío que no era del frío. Sabía que había cambiado su libertad por una jaula dorada. Pero lo que no sabía, era lo oscuro que era el corazón de esa jaula.

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