La Advertencia del Técnico: Mi Nuera, un Celular Roto y el Secreto que Casi Destruye a Mi Familia

La Verdad Oculta en los Mensajes

Con el teléfono de Sofía en la mano, regresé a mi casa en un estado de shock. Las palabras de Don Miguel resonaban en mi cabeza como un tambor incesante. "Huya", "peligro", "no confíe en nadie". Cada paso que daba sentía que me hundía más en un terreno desconocido y pantanoso.

Al llegar, cerré la puerta con llave, algo que rara vez hacía durante el día. Me senté en el sofá, con el celular de Sofía brillando en mi mano. Era un objeto tan familiar, tan cotidiano, y ahora se sentía como un artefacto alienígena, cargado de una energía oscura.

¿Qué hacer? ¿Confrontar a Sofía de inmediato? ¿Investigar por mi cuenta? El pánico me paralizaba, pero la curiosidad y el instinto de protección hacia mi familia eran más fuertes.

Decidí que no podía ir a ciegas. Tenía que saber qué había visto Don Miguel. Con manos temblorosas, abrí el teléfono. La pantalla de inicio era una foto de mi nieto, sonriendo. Una imagen tan pura, tan inocente, que contrastaba brutalmente con el terror que sentía.

Recordé las palabras de Don Miguel: "Borre todo". Pero antes de borrar, tenía que ver.

Empecé a navegar por las aplicaciones. Contactos, fotos, redes sociales... todo parecía normal. Era la vida digital de una mujer de su edad. Pero luego me detuve en la aplicación de mensajería.

Desplacé hacia abajo, el corazón martilleando contra mis costillas. Y entonces lo vi.

Había una conversación oculta, archivada de alguna manera, con un contacto cuyo nombre era solo un símbolo, un emoji de un lobo solitario. Mi estómago se retorció.

Abrí la conversación. Los mensajes eran crípticos al principio. Fechas, códigos, ubicaciones. Parecían coordinaciones. Pero a medida que avanzaba, el tono se volvía más oscuro, más amenazante.

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"El plazo se acaba, Sofía. Sabes lo que pasa si no cumples".

"No intentes jugar con nosotros. Tenemos ojos en todas partes".

"Tu familia no tiene por qué sufrir por tus errores".

Las palabras eran dagas que se clavaban en mi alma. Sofía, mi dulce nuera, ¿recibiendo este tipo de mensajes? ¿Qué errores? ¿Qué plazo?

Sentí un frío helado recorrer mi espalda. Esto no era un juego, no era una estafa común. Esto era real. Era una amenaza directa, personal, y parecía involucrar a mi nieto, a mi hijo.

La Confrontación y la Verdad a Medias

No pude esperar más. Necesitaba respuestas. Marqué el número de mi hijo, Ricardo, pero no contestó. Estaría en el trabajo.

Entonces, con el teléfono de Sofía todavía en mi mano, marqué el suyo. Sonó una vez, dos veces.

"¿Suegra? ¿Está todo bien? ¿Ya tiene mi teléfono?", dijo Sofía, su voz sonando extrañamente normal.

"Sofía, necesito que vengas a casa. Ahora mismo. Es urgente. Tu teléfono está listo, pero hay algo más", le dije, tratando de mantener la calma, pero mi voz traicionó mi angustia.

Diez minutos después, Sofía estaba en mi sala. Su sonrisa inicial se desvaneció al ver mi rostro pálido y el teléfono en mi mano.

"¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara, suegra?", preguntó, su voz teñida de preocupación.

Le entregué el teléfono, abriendo la conversación oculta. "Explícame esto, Sofía. ¿Quién es el 'Lobo Solitario'? ¿Qué significan estos mensajes? ¿Y por qué el técnico me advirtió que huyéramos?"

Su rostro se transformó. El color abandonó sus mejillas. Sus ojos se abrieron de par en par, llenándose de terror. Intentó arrebatarme el teléfono, pero lo sujeté con fuerza.

"¡No! ¡No debiste ver eso! ¡Es un error! ¡No es lo que parece!", exclamó, su voz subiendo de volumen, casi en un grito.

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"¿Un error? ¿Amenazas a mi familia son un error, Sofía? Dime la verdad. ¡Ahora!", exigí, mi voz firme a pesar del miedo que me carcomía por dentro.

Sofía se desplomó en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Lloraba. Sollozaba incontrolablemente.

"Es... es una pesadilla, suegra. Una pesadilla que no puedo despertar", dijo entre lágrimas.

Me senté a su lado, mi enojo cediendo el paso a una abrumadora sensación de lástima y miedo. "Dime, Sofía. No podemos ayudarte si no sabemos qué está pasando".

Levantó la cabeza, sus ojos rojos e hinchados. "Hace unos años... antes de conocer a Ricardo... estaba en un momento muy malo. Necesitaba dinero. Mucho dinero. Mi madre estaba enferma, y... y me metí en algo. Algo muy oscuro".

Hizo una pausa, tomando una respiración profunda. "Era un grupo. Deudas. Favores. Pensé que podía salir. Pero cuando intenté irme, me amenazaron. Me dijeron que si no les pagaba, o si no hacía lo que me pedían, irían por mi familia. Por mi hijo. Por Ricardo".

Mi mente intentó asimilarlo. ¿Deudas? ¿Un grupo? ¿Favores? ¿Y todo esto antes de Ricardo? ¿Por qué nunca lo mencionó?

"¿Qué tipo de favores, Sofía?", pregunté, mi voz apenas un susurro. La atmósfera en la sala se había vuelto tan densa que casi podía sentirla.

Sofía dudó, sus ojos esquivando los míos. "Cosas... cosas que no quería hacer. Recopilar información. Llevar paquetes. Nunca nada ilegal, de verdad, pero... eran para ellos. Para gente que no conocía. Gente peligrosa".

"Y ahora... me quieren de vuelta. Me están presionando. Creen que tengo algo que les pertenece. Algo que les di y que ahora quieren de vuelta".

Se refería al teléfono. Al celular que Don Miguel había reparado.

"¿Qué tienes en ese teléfono, Sofía? ¿Qué es tan valioso para ellos?", pregunté, mi voz ahora un eco de la voz de Don Miguel.

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Sofía volvió a negar con la cabeza, sus lágrimas cayendo por sus mejillas. "No lo sé, suegra. ¡Lo juro! Pensé que lo había borrado todo. Creí que ese teléfono ya no era una amenaza. Por eso estaba tan desesperada cuando se apagó. Pensé que era el fin de mi problema".

Pero no lo era. Era el principio.

La Sombra se Acerca

Mientras Sofía sollozaba, escuchamos un ruido. Un golpe seco en la puerta principal.

Ambas nos quedamos inmóviles, el corazón en la boca. ¿Había oído bien?

Otro golpe, más fuerte esta vez. No era el timbre. Era alguien golpeando con el puño. Con una autoridad amenazante.

Sofía se puso de pie de un salto, sus ojos llenos de un terror primario. "Son ellos, suegra. ¡Lo sabían! ¡Sabían que el teléfono se encendería! ¡Sabían que lo verías!"

El aire se volvió frío. La luz del sol que antes iluminaba la sala, ahora parecía oscura. La pesadilla de Sofía no era solo suya. Acababa de invadir mi casa. Mi familia.

Otro golpe. Esta vez, la puerta de madera vibró. Una voz profunda y autoritaria se escuchó desde el exterior.

"Sabemos que tienen lo nuestro. Entreguen el celular. Y a la chica. No queremos problemas, pero los tendremos si no cooperan".

La voz era fría, sin emoción. Me sentí como en una película de terror, pero esto era real. El lobo solitario, o quienes representaba, había llegado a nuestra puerta.

Miré a Sofía, su rostro bañado en lágrimas, sus ojos suplicantes. Luego miré el teléfono en mi mano. La bomba de tiempo estaba a punto de explotar.

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