La Boda del Empresario Millonario y el Testamento Oculto de su Prometida: La Niña que Reveló la Verdad

El silencio en la catedral era tan profundo que Marco podía escuchar el latido frenético de su propio corazón. Elías Vargas. El abogado de su abuela. ¿Y Sofía? ¿Juntos en la casa de campo, hace solo unos meses? La imagen de ellos dos, cómplices, sonriendo de una manera que denotaba intimidad y un secreto compartido, se grabó a fuego en su mente. La mano de Marco temblaba tanto que casi dejó caer la fotografía. La niña, aún aferrada a su pierna, lo miraba con ojos suplicantes, como si esperara su reacción.

Sofía, al otro lado de la nave, había palidecido. Su vestido de novia, antes un símbolo de pureza y alegría, ahora parecía una mortaja. Sus ojos, antes llenos de amor simulado, se encontraron con los de Marco, y en ellos no había sorpresa, sino un miedo primitivo y una furia apenas contenida.

Marco sintió una punzada de náuseas. Todo lo que creía saber, todo lo que había construido con ella, se desmoronaba en un instante. La imagen de la Sofía dulce, inteligente y cariñosa se disipó, reemplazada por la de la mujer en la foto, la mujer que compartía confidencias con el abogado de su abuela, el mismo hombre que había insistido en que vendiera la propiedad.

Los murmullos de los invitados comenzaron a elevarse de nuevo, esta vez más fuertes, más inquisitivos. La gente se ponía de pie, estirando el cuello para ver mejor el drama que se desplegaba. El padre, el oficiante, se aclaró la garganta, visiblemente incómodo.

"Marco, hijo, ¿qué sucede?", preguntó el padre, intentando mantener la calma en su voz.

Marco no respondió. Se agachó, forzando a la niña a soltar su pierna. Se arrodilló frente a ella, ignorando las miradas de todos.

"¿Quién eres tú?", le preguntó con una voz ronca, apenas un susurro. "Y, ¿cómo tienes esto?"

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La niña, con la mirada aún llena de lágrimas, respiró hondo. "Me llamo Luna, señor. Soy la nieta de la señora Elena, la antigua ama de llaves de su abuela. Mi abuela me pidió que se lo diera si algo le pasaba a ella... o a usted."

Marco recordó a Elena, una mujer amable y leal que había trabajado para su abuela durante décadas. Había fallecido hacía unos meses, poco después de que su abuela también muriera. Una conexión.

"¿Qué significa esto, Luna? ¿Qué está pasando?", insistió Marco, su voz cargada de una urgencia desesperada.

"Mi abuela me dijo que la señora Sofía y el señor Vargas... ellos querían el testamento de su abuela. El verdadero. El que estaba oculto. Y el dinero de la casa de campo", explicó Luna, su voz apenas audible. "Mi abuela lo vio todo. Ella trabajaba en la casa de campo, aunque usted no lo supiera. Los vio a ellos, señor. Planeando. Y la foto... la tomó ella."

El "testamento oculto". La frase resonó en la mente de Marco como un campanazo. Su abuela, una mujer excéntrica y desconfiada, siempre había hablado de un plan B, un "segundo testamento" en caso de que alguien intentara manipular sus deseos. Pero Marco siempre lo había tomado como una de sus peculiaridades.

"¿Un segundo testamento? ¿Dónde está?", preguntó Marco, sintiendo un escalofrío de comprensión.

Luna negó con la cabeza. "No lo sé, señor. Mi abuela solo me dijo que lo tenían. Y que Sofía... ella quería casarse contigo para tener acceso a todo. Para que el señor Vargas pudiera vender la propiedad de su abuela, la que no podía venderse hasta después de tu boda. Hay una cláusula, ¿verdad?"

La mente de Marco corrió a toda velocidad. La cláusula. La casa de campo no podía venderse hasta que él cumpliera cuarenta años o se casara. Si se casaba, la propiedad pasaría a ser parte de su patrimonio conyugal, facilitando cualquier venta o traspaso. Elías Vargas había estado insistiendo en la venta de esa propiedad, argumentando que era una carga fiscal y un gasto innecesario. Y Sofía, con su encanto, había apoyado la idea. Todo empezaba a encajar de una manera aterradora.

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Se puso de pie lentamente, la fotografía aún apretada en su mano. Sus ojos, ahora fríos y duros, se dirigieron hacia Sofía, quien había comenzado a caminar por el pasillo, su rostro una máscara de furia y desesperación.

"¡Marco, por favor! ¡No escuches a esta niña!", gritó Sofía, su voz aguda y estridente, muy diferente a la melodiosa que Marco conocía. "¡Ella es una mentirosa! ¡No sé de qué está hablando!"

Los invitados, ahora en un frenesí de chismorreo, no sabían a quién creer. El caos se apoderaba de la majestuosa catedral.

"¡Elías Vargas!", la voz de Marco tronó, cortando el ruido. "¿Está aquí?"

Un hombre de unos cincuenta años, con un traje impecable y una expresión de pánico, intentó escabullirse por una de las puertas laterales. Era Elías.

"¡Deténganlo!", ordenó Marco a sus guardias de seguridad, que se movieron con una eficiencia brutal.

Elías fue interceptado antes de llegar a la salida, su rostro una mezcla de sorpresa y terror.

Marco se acercó a Sofía, la fotografía extendida. "Explícame esto, Sofía. Explícame por qué estás en la casa de mi abuela con el abogado que quería que vendiera esa propiedad. ¿Y por qué Luna dice que hay un testamento oculto y que tú lo quieres?"

Sofía se detuvo a unos metros de él, su vestido de novia arrastrándose por el suelo. Sus ojos, antes su arma más poderosa, ahora estaban llenos de veneno.

"¡Marco, te juro que es un malentendido! ¡Elías y yo estábamos discutiendo asuntos de tu abuela, él es su abogado! ¡Esta niña está loca! ¡Quiere arruinarlo todo!"

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Pero su voz temblaba. Y la imagen de la foto, la intimidad en sus miradas, el secreto compartido, contradecía cada una de sus palabras. Marco no era un hombre fácil de engañar en los negocios, y la misma astucia que lo había llevado a la cima de su imperio empresarial ahora se encendía en su interior.

"¿Un malentendido?", Marco se burló, una risa fría y amarga escapando de sus labios. "Parece que el único malentendido aquí es el que tuve yo al pensar que te amaba. Al pensar que eras la mujer que conocía."

La tensión era insoportable. Los fotógrafos, que habían sido contratados para inmortalizar un día de felicidad, ahora captaban el colapso de un cuento de hadas. La imagen de Marco, con la niña Luna a su lado y la foto en la mano, confrontando a su prometida, sería la noticia del año.

Elías, retenido por los guardias, gritaba incoherencias, intentando zafarse. Sofía, con los ojos inyectados en sangre, se lanzó hacia Marco, intentando arrebatarle la foto.

"¡Dame eso! ¡Es una farsa!", siseó, sus uñas rozando la mano de Marco.

Pero él la esquivó. Miró a Luna, quien se encogía de miedo ante la furia de Sofía. Marco se dio cuenta de que esta niña, a pesar de su apariencia frágil, había arriesgado todo para revelar la verdad.

"No, Sofía", dijo Marco, su voz ahora firme y resonante. "La farsa eres tú."

El clímax de la traición se revelaba ante los ojos de todos. Pero la historia de Sofía y Elías, y el verdadero alcance de su plan, era mucho más oscuro de lo que Marco imaginaba. Y el testamento oculto, era solo la punta del iceberg de una red de engaños que amenazaba con destruir no solo su boda, sino también su fortuna.

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