La Cajera y el Último Testamento: El Millonario Misterio Detrás de las Toallitas Húmedas

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Mateo y por qué compraba tantas toallitas húmedas. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante, y trágica, de lo que imaginas. Lo que Sofía descubrió no solo desentrañó un secreto familiar, sino que también reveló una historia de herencia oculta y una propiedad en juego.

Sofía trabajaba en la farmacia del barrio desde hacía años, una institución de esas que aún sobreviven al embate de las grandes cadenas. Con sus estanterías repletas y el suave murmullo de conversaciones bajas, era un refugio para muchos. Ella, con su cabello castaño recogido en una coleta pulcra y una sonrisa amable, conocía a casi todos los vecinos por su nombre y sus dolencias más comunes. Era una observadora nata, una virtud (o maldición, según el día) que la hacía percibir las pequeñas anomalías en el tejido cotidiano del barrio.

Y Mateo, ah, Mateo. Él era una de esas anomalías. Un tipo solitario que vivía a unas cuantas cuadras, en una casa antigua y deslucida que siempre parecía estar sumida en una penumbra perpetua. Sofía lo veía casi a diario. No venía por medicamentos, ni por vitaminas, ni siquiera por una aspirina ocasional. Siempre venía por lo mismo: un paquete grande de toallitas húmedas. No una vez a la semana, ¡no! Cada día. A veces, incluso, dos veces en un mismo día. Era raro, sí, pero ¿quién era ella para juzgar las peculiaridades de los demás? Cada uno tenía sus manías, sus secretos inofensivos.

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Pero esta semana algo cambió. La rutina de Mateo, antes predecible en su rareza, adquirió un matiz sombrío que Sofía no pudo ignorar. Mateo parecía más flaco, sus ropas, antes simplemente descuidadas, ahora se veían gastadas y sucias. Sus ojos, antes simplemente apagados, ahora estaban hundidos en cuencos oscuros, y una sombra permanente de agotamiento y, ¿quizás angustia?, se había instalado en su cara. Su barba, antes desaliñada, era ahora un nido de canas y descuido.

Y ese olor... Un olor metálico, casi imperceptible al principio, se había adherido a él. Era un aroma rancio, como a algo que se oxida lentamente, o peor, a algo que se descompone. Lo seguía como una estela invisible y persistente, una nube personal que lo envolvía. Sofía intentó ignorarlo, se decía a sí misma que era su imaginación, que estaba siendo demasiado entrometida. Pero su instinto, esa voz silenciosa y obstinada en su interior, no la dejaba en paz. ¿Para qué necesitaba TANTAS toallitas húmedas, si vivía solo? La pregunta martilleaba en su cabeza con cada paquete que Mateo compraba.

Un martes por la tarde, la farmacia estaba casi vacía. Solo el zumbido de los refrigeradores y el suave murmullo de una radio de fondo rompían el silencio. Mateo entró, su figura encorvada apenas ocupaba la puerta. Se dirigió directamente al estante de las toallitas húmedas, tomó el paquete más grande y se acercó al mostrador. Sofía lo atendió con su sonrisa habitual, aunque sentía un nudo en el estómago. Mientras Mateo extendía su mano para pagar con monedas, su manga se deslizó un poco, un movimiento apenas perceptible.

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Pero Sofía lo vio. Alcanzó a ver una mancha oscura, casi como... sangre seca, en su muñeca izquierda. No era una herida fresca, no, sino una mancha vieja, pardusca, que se había adherido a la piel y a la tela de su camisa. Su corazón se aceleró de golpe, un tamborileo violento contra sus costillas. El aire se le atascó en la garganta. ¿Sangre? La palabra resonó en su mente con una alarma ensordecedora.

Mateo pareció sentir su mirada, o quizás el cambio abrupto en la atmósfera. Apresuradamente, bajó la manga y recogió su cambio con torpeza, evitando el contacto visual. Murmuró un "gracias" casi inaudible y salió de la farmacia con una prisa inusual, dejando tras de sí un rastro más fuerte de ese olor metálico y enfermizo.

Esa noche, la duda la carcomía. La imagen de esa mancha oscura, la prisa de Mateo, el olor... todo se mezclaba en una pesadilla. ¿Y si no era lo que pensaba? ¿Y si era algo inocente, un accidente de cocina, una torpeza sin importancia? Pero, ¿y si sí? ¿Y si esa mancha significaba algo terrible? La imagen no la dejaba dormir. Se dio vueltas en la cama, el techo de su habitación transformado en una pantalla donde se proyectaba una y otra vez la muñeca de Mateo. La preocupación se transformó en una punzada de culpa. ¿No debería hacer algo? ¿No era su deber como parte de la comunidad, como un ser humano, al menos indagar?

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Al día siguiente, cuando Mateo volvió a aparecer, tan demacrado como el día anterior, Sofía lo atendió con una sonrisa tensa que apenas lograba disimular el torbellino en su interior. Le entregó el cambio, sus dedos rozaron los de él, y sintió un escalofrío. Mientras él se iba, su figura encorvándose más con cada paso que se alejaba de la farmacia, Sofía tomó una decisión. Una decisión que, aunque la aterraba, sabía que era la correcta. No podía quedarse de brazos cruzados. No podía ignorar esa punzada de presentimiento que ahora se había vuelto una certeza fría en su estómago. Algo andaba muy mal con Mateo, y ella, Sofía, iba a descubrir qué era. No importaba lo que tuviera que hacer, o lo que encontrara.

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