La Cajera y el Último Testamento: El Millonario Misterio Detrás de las Toallitas Húmedas

La decisión de Sofía, tomada en el silencio de su propia conciencia, se sintió pesada y liberadora a la vez. Esa misma tarde, después de cerrar la farmacia y despedirse de su colega, no se dirigió a su casa. En lugar de eso, tomó un desvío, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y determinación. El sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de naranjas y púrpuras, pero Sofía apenas lo notaba. Su mente estaba fija en un solo objetivo: la casa de Mateo.
Recordaba la dirección por los paquetes que a veces le enviaban, una vieja casona de dos plantas en el extremo del barrio, casi en el límite con una zona más deshabitada. Era una propiedad que siempre le había llamado la atención por su aire de decadencia majestuosa, como si hubiera sido grandiosa en otro tiempo, pero ahora estuviera abandonada a su suerte. A medida que se acercaba, la silueta de la casa se hizo más nítida, un espectro oscuro entre los árboles crecidos y el césped descuidado. No era simplemente una casa vieja; era una mansión en miniatura, con torreones desmochados y ventanas ciegas que parecían ojos vacíos.
Sofía aparcó su coche a una distancia prudente, bajo la sombra de un viejo roble, y observó. Las luces de la casa de Mateo, si es que había alguna, estaban ocultas por las cortinas raídas. No había señales de vida, ningún coche en la entrada, ninguna música, solo el silencio opresivo del anochecer y el canto de los grillos. La atmósfera era densa, cargada de misterio y una palpable sensación de abandono. Se sintió como una intrusa, una detective aficionada en una película barata, pero la imagen de la mancha de sangre en la muñeca de Mateo la impulsaba hacia adelante.
"¿Qué estoy haciendo?", se preguntó, la voz temblorosa en el silencio de su coche. "Esto es una locura. Debería llamar a la policía." Pero, ¿qué les diría? ¿"Un cliente compra muchas toallitas húmedas y tiene una mancha en la muñeca"? Sonaría absurdo, paranoico. Necesitaba más, algo concreto.
Decidió acercarse a pie, usando la oscuridad y los arbustos como cobertura. El jardín era un laberinto de maleza y ortigas. El camino de entrada, cubierto de grietas, conducía a una puerta principal de madera maciza, desconchada y con la pintura descascarillada. Las ventanas de la planta baja estaban cubiertas por cortinas gruesas y sucias, impidiendo cualquier vistazo al interior. Sofía rodeó la casa lentamente, su corazón latiéndole fuerte en los oídos. Al llegar a la parte trasera, encontró una ventana que parecía estar ligeramente abierta, o al menos no completamente sellada.
Se armó de valor y se acercó. La ventana, en lo que parecía ser una cocina o un lavadero, estaba cubierta por una fina capa de polvo y telarañas. Con mucho cuidado, Sofía empujó el cristal. Para su sorpresa, cedió con un chirrido suave. El olor metálico que la había perseguido en la farmacia era ahora abrumador, mezclado con un hedor rancio, dulzón y nauseabundo que le revolvió el estómago. Era inconfundible: una mezcla de vejez, enfermedad y algo más perturbador, algo que la hizo retroceder instintivamente.
Pero la curiosidad, o quizás la necesidad de saber, era más fuerte que el miedo. Con un nudo en la garganta, Sofía se asomó por la rendija. La luz de su teléfono, apenas un haz débil, danzó sobre el interior. Lo que vio la dejó helada.
El suelo de la cocina estaba cubierto de periódicos viejos y trapos sucios. Había montones de platos apilados en el fregadero, cubiertos de moho. Pero lo que la dejó sin aliento fue la visión de un pasillo oscuro que se extendía desde la cocina. Y al final de ese pasillo, una puerta entreabierta dejaba escapar una luz tenue y amarillenta. Y desde esa puerta, un lamento. Un sonido débil, casi un gemido, que se elevó y luego se extinguió.
Sofía sintió un escalofrío recorrer su espalda. Ese gemido era humano. Había alguien más en esa casa.
Con la adrenalina bombeando por sus venas, tomó una decisión impulsiva. No podía simplemente irse. No después de escuchar eso. Con un esfuerzo considerable, y temiendo hacer ruido, logró abrir la ventana lo suficiente para pasar. El aire dentro de la casa era pesado, viciado, y el olor era casi insoportable. Conteniendo la respiración, se deslizó al interior.
El suelo crujió bajo sus pies, cada sonido magnificado en el silencio sepulcral. Avanzó por el pasillo oscuro, siguiendo la tenue luz y el ahora más frecuente y claro lamento. La puerta entreabierta conducía a lo que parecía ser un dormitorio. Sofía se detuvo en el umbral, su corazón a punto de salírsele del pecho.
La habitación era un caos. Más periódicos, más trapos, y un desorden indescriptible. En el centro, en una cama deshecha y con sábanas visiblemente sucias, yacía una figura. Era una anciana, extremadamente delgada, casi esquelética. Su piel era de un color cerúleo, y sus ojos, abiertos y vidriosos, miraban fijamente al techo. Parecía estar en un estado semi-inconsciente, su respiración superficial y entrecortada. El olor, aquí, era aún más intenso, y Sofía se dio cuenta con horror de que no era solo a vejez, sino a enfermedad y, sí, a suciedad acumulada.
Y entonces, lo vio. Junto a la cama, apilados en una mesita de noche, había una montaña de paquetes de toallitas húmedas. Vacíos y usados. La verdad la golpeó con la fuerza de un puñetazo. Mateo no estaba usando las toallitas para sí mismo. Las estaba usando para esta mujer.
Un escalofrío de horror y compasión recorrió a Sofía. ¿Quién era esta mujer? ¿Por qué Mateo la mantenía en estas condiciones? ¿Era su madre, una tía? ¿Y por qué el secreto?
Mientras Sofía procesaba la terrible escena, su mirada cayó en un objeto que sobresalía de debajo de una pila de revistas viejas junto a la cama. Era un sobre de papel grueso, amarillento por el tiempo, con un sello de cera desquebrajado. En él, con una caligrafía elegante y antigua, se leía: "Último Testamento de Elara Vance". Y debajo, el nombre de un respetado abogado del centro de la ciudad.
Elara Vance. El nombre le sonaba. No era una persona cualquiera. Era una de las matriarcas de una de las familias más antiguas y ricas del barrio, dueña de varias propiedades y una fortuna considerable. Se decía que había desaparecido hace años, que se había mudado a algún lugar remoto o que había muerto en el extranjero. Pero estaba aquí, en esta casa, en estas condiciones. Y Mateo, el solitario Mateo, era quien la cuidaba, o la mantenía oculta.
Un ruido. Un crujido en el pasillo. Sofía se congeló. No había tiempo para pensar. Oyó el sonido de una llave en la cerradura de la puerta principal. Mateo había regresado. Estaba atrapada.
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