La Deuda Millonaria de 17 Años: El Empresario Descubre Que El Dueño Legítimo de Su Fortuna Era El Hijo Que Su Padre Robó

II. El Testamento Falso y la Búsqueda del Abogado Cómplice

El silencio que siguió a la revelación de Elena fue tan pesado que Alejandro casi podía saborear el óxido de la reja. Se quedó paralizado, mirando el dinero tirado en el suelo, ahora convertido en un cruel símbolo de la mentira que había sido su vida.

"Eso… eso es imposible," logró balbucear, sintiendo náuseas. "Yo tengo mis papeles. Mi madre… mi madre es Clara Guerra."

Elena asintió lentamente. "Clara Guerra es la mujer que lo crió, sí. Una mujer noble que no pudo tener hijos propios. Pero la mujer que lo parió, la que sufrió por usted, soy yo. Mi nombre de soltera es Elena Ramos. Martínez es mi apellido de casada."

Ella se giró y regresó con un pequeño cofre de madera desgastada. Lo abrió con cuidado, extrayendo tres objetos envueltos en tela de seda vieja: una diminuta pulsera de hospital, una copia amarillenta de un acta de nacimiento y una carta escrita a mano.

"La pulsera es de ese día. Mi nombre y el peso de un bebé varón: 3.2 kilos. El acta de nacimiento tiene mi nombre y el de su padre biológico, Raúl. Y la carta…"

Elena le entregó la carta. Era de una enfermera, fechada 17 años atrás. La letra temblaba.

“Señora Elena, no puedo vivir con esto. Su bebé fue dado por muerto a usted, pero el Sr. Guerra lo sacó del hospital por la puerta de atrás. Él pagó mucho para que se modificaran los registros. Lo lamento, lo lamento mucho.”

Alejandro leyó la nota tres veces. El aire se le había ido de los pulmones. Don Ricardo no había tomado un préstamo; había comprado un bebé. Había comprado a un heredero.

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La indignación se mezcló con un pánico frío. ¿Quién era él, realmente? ¿Un impostor? ¿Un dueño ilegítimo de una de las fortunas más grandes del estado?

Recogió el sobre, pero ya no era dinero para saldar una deuda; era una ofrenda a su madre biológica.

"Lo siento mucho, Elena," dijo Alejandro, usando su nombre por primera vez.

"No tiene nada que sentir, Daniel," corrigió ella, con una ternura que nunca había conocido. "Vaya y confronte a Ricardo. Él debe pagar por lo que hizo."

Alejandro regresó a su mansión, sintiendo el peso de la verdad en cada paso. La opulencia de la casa, el mármol italiano, las obras de arte, todo le gritaba "mentira".

Su primera parada fue la oficina de su padre. Don Ricardo, un hombre de 70 años, estaba frágil, pero su mirada de acero seguía intacta.

"Padre, necesito hablar contigo sobre la deuda Martínez," dijo Alejandro, intentando mantener la calma.

Don Ricardo se removió incómodo en su sillón de piel. "Ese es un asunto viejo, Alejandro. Ya te dije que estaba resuelto. ¿Por qué insistes?"

"Porque fui a ver a Elena. Y ella me dio esto," Alejandro arrojó la pulsera de hospital sobre el escritorio.

El rostro de Don Ricardo se puso blanco. El color se drenó de su piel, dejando a la vista las venas azules de su sien.

"¿Cómo te atreves a desenterrar esto? ¡Eso es una tontería! Una mujer desesperada que busca dinero," espetó Don Ricardo, tratando de sonar dominante.

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"No está buscando dinero. Está buscando la verdad. ¿Soy Daniel Martínez, padre? ¿Me robaste?" La voz de Alejandro se quebró.

Don Ricardo se levantó con dificultad. "¡Yo te di todo! Te di mi nombre, mi imperio, mi lujo. ¿Y así me pagas? ¡Con dudas estúpidas!"

El diálogo se convirtió en un grito.

"¡No te robé, te salvé! Tu madre biológica era una pobretona que no podía darte nada. Mi verdadero hijo nació muerto. ¿Crees que podía dejar que todo el imperio Guerra cayera? ¡Necesitaba un heredero! ¡Yo te hice un Guerra!"

Alejandro sintió un dolor punzante. "Me convertiste en una mentira."

Don Ricardo, al verse acorralado, lanzó la amenaza final. "Si sigues investigando, si revelas esta basura, te desheredo. Legalmente, el testamento ya está firmado. Eres mi hijo adoptivo reconocido. Pero si la verdad sale a la luz, me aseguraré de que no veas ni un centavo. Lo dejaré todo a la caridad."

Alejandro se retiró, pero ahora sabía que la verdad estaba en los documentos legales, custodiados por el abogado de la familia, el Licenciado Morales.

El Lic. Morales era un hombre de confianza ciega de Don Ricardo. Alejandro lo citó bajo el pretexto de revisar una cláusula de un fideicomiso.

En la oficina de lujo de Morales, Alejandro fue directo. "Licenciado, necesito ver los archivos originales de mi adopción y el certificado de nacimiento de mi padre."

Morales se puso nervioso, ajustándose las gafas. "Alejandro, esos son documentos muy sensibles. Tu padre tiene un protocolo estricto…"

"Sé la verdad, Morales. Sé que mi padre compró mi identidad. Y sé que usted fue cómplice. Si no me da los documentos, lo denuncio por encubrimiento y fraude de identidad. Perderá su licencia y su estatus."

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La amenaza funcionó. Morales, temblando, abrió un cajón oculto. "Don Ricardo guardaba esto bajo llave. Dijo que era para 'circunstancias extremas'."

Dentro había una caja fuerte pequeña. Morales tecleó el código (que, irónicamente, era la fecha de nacimiento falsa de Alejandro).

Adentro, había dos documentos: el certificado de defunción del verdadero bebé Guerra, y una confesión escrita y firmada por Ricardo, detallando el intercambio y la falsificación de registros.

Alejandro tomó la confesión. La prueba irrefutable de que él era Daniel Martínez, y que su vida había sido una farsa de estatus y propiedad robada.

Justo cuando Alejandro guardaba la carta, su teléfono vibró. Era la mucama de la mansión.

"Joven Alejandro, venga rápido. Su padre… el señor Don Ricardo ha colapsado. Se está poniendo azul."

Alejandro se quedó helado. La única persona que podía corroborar la historia, el único que podía negociar una salida pacífica, estaba muriendo.

Salió disparado de la oficina de Morales, pero al llegar a la puerta principal, se encontró de frente con Marta, la segunda esposa de Don Ricardo, una mujer ambiciosa que siempre había odiado a Alejandro.

Ella vio el terror en su rostro y notó el sobre abultado que contenía la confesión.

"¿Qué tienes ahí, Alejandro? ¿Un testamento nuevo? ¡Dame eso!" gritó Marta, extendiendo una mano enguantada.

Alejandro apretó la carta contra su pecho. La verdad estaba a punto de ser enterrada para siempre.

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