La Deuda Millonaria de un Magnate: El Mecánico Indigente y el Secreto de su Herencia Perdida

Elías, porque ese era el nombre del anciano, se mantuvo de pie, inmutable, bajo la mirada atónita de Bartholomew Thompson. El chófer, recuperándose del shock, intentó balbucear algo, pero el magnate lo silenció con un gesto brusco de la mano. La frase de Elías había golpeado a Thompson justo donde más le dolía: en su legado familiar, en la intachable reputación de su padre, Thomas Thompson Sr.

"¿De qué demonios hablas, viejo?", espetó Thompson, su voz ahora teñida de una mezcla de indignación y una incipiente ansiedad. "Mi padre no compartía nada con... con gente como tú. Él era un visionario, un genio."

Elías sonrió, una sonrisa triste y llena de recuerdos lejanos. "Un genio, sí. Y un hombre de promesas rotas, señor Thompson. Pero no nos quedemos aquí en la calle. Quizás quiera escuchar la historia completa. Es una que su padre se esforzó mucho en borrar."

Thompson dudó. Su orgullo le gritaba que despidiera al anciano, que lo ignorara. Pero la certeza en los ojos de Elías, la forma en que había arreglado su Rolls-Royce con manos expertas, y la mención de su padre con tanta familiaridad, lo carcomían por dentro. Había algo más profundo, algo que su instinto le decía que no podía ignorar.

"Sube al coche", ordenó Thompson, señalando el asiento del copiloto. "Y no intentes ninguna tontería."

Elías asintió con calma, recogió su carrito y lo ató cuidadosamente a la parte trasera del Rolls-Royce con una cuerda que sacó de su bolsillo. El contraste de la chatarra con el lujo del coche era grotesco, pero Elías no parecía inmutarse. Se sentó en el asiento de cuero, que crujió bajo su peso, y Thompson lo observó con una mezcla de repulsión y fascinación.

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"Ahora, habla. ¿Quién eres y qué sabes de mi padre?", exigió Thompson, mientras el chófer, aún en shock, ponía el coche en marcha.

Elías respiró hondo, su mirada perdida en el paisaje urbano que desfilaba por la ventanilla. "Mi nombre es Elías Moreno. Y su padre, Thomas Thompson Sr., y yo, fuimos más que colegas. Fuimos socios, en un tiempo. Los fundadores de lo que hoy es el Grupo Thompson."

Thompson soltó una carcajada incrédula. "¡Estás loco! Mi padre fundó el Grupo Thompson solo. Empezó de la nada, con una pequeña inversión y su ingenio. No hubo socios."

"Ahí se equivoca, señor", replicó Elías, su voz aún suave, pero ahora con un filo de acero. "Su padre tenía la visión para los negocios, el carisma para vender. Pero yo tenía el ingenio técnico, las manos que construyeron los prototipos, las ideas que hicieron posible la primera patente de motores de bajo consumo que catapultó a su familia a la riqueza."

Elías comenzó a relatar su historia, una saga de ambición, amistad y traición. Habló de los primeros días, en un pequeño taller polvoriento en las afueras de la ciudad. Thomas Sr. era el vendedor incansable, Elías el inventor brillante. Pasaban noches enteras trabajando, compartiendo sueños y café cargado.

"Desarrollamos juntos el motor 'Eco-Power', señor. Una maravilla para su época. Thomas prometió una sociedad equitativa, cincuenta por ciento para cada uno. Teníamos un contrato, escrito en una servilleta de papel, sellado con un apretón de manos y la promesa de un futuro compartido."

Thompson escuchaba, su rostro una máscara de incredulidad. "Tonterías. Mi padre jamás haría algo así. Él era un hombre de honor."

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"El honor es un lujo que algunos se permiten olvidar cuando la fortuna llama a la puerta", dijo Elías con amargura. "Cuando la patente fue aprobada y los primeros inversores se interesaron, Thomas cambió. El brillo del dinero lo cegó. Una noche, mientras yo estaba en el hospital con mi esposa enferma, él falsificó mi firma en los documentos de transferencia de la patente. Me despojó de todo."

La historia de Elías era desgarradora. Thomas Thompson Sr. no solo le había robado la patente, sino que también había orquestado una campaña de desprestigio. Acusó a Elías de negligencia, de intentar sabotear el proyecto. La reputación de Elías quedó destrozada, sus intentos de buscar justicia fueron en vano contra el poder y la influencia de un Thomas Thompson Sr. ya en ascenso.

"Perdí mi taller, mi casa, mi nombre", continuó Elías, su voz temblaba ligeramente por primera vez. "Mi esposa, ya débil, no soportó la humillación y la pobreza. Murió poco después, con el corazón roto. Yo me quedé con mi hija pequeña, sin nada más que la verdad y el dolor."

Thompson se sintió mareado. La imagen de su padre, el héroe intachable, se resquebrajaba ante sus ojos. Intentó buscar fallas en el relato de Elías, pero el anciano hablaba con una convicción que era difícil de ignorar.

"¿Y por qué ahora, Elías? ¿Por qué esperaste todos estos años?", preguntó Thompson, su voz apenas un susurro.

"Porque la justicia tiene su propio tiempo, señor Thompson", respondió Elías, girando su cabeza para mirar directamente al magnate. Sus ojos azules brillaban con una determinación fría. "Y porque, aunque su padre creyó haber destruido toda evidencia de mi participación, no fue así. Guardé un duplicado del contrato original, la servilleta con nuestras firmas, sellada y autenticada por un notario que también fue engañado. Y, más importante, tengo la confesión de uno de los ingenieros que trabajó con nosotros, quien presenció la falsificación y, arrepentido en su lecho de muerte, me entregó su testimonio."

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Thompson palideció. Un sudor frío le recorrió la espalda. Las palabras de Elías no eran las de un mendigo delirante, sino las de un hombre que había esperado pacientemente su momento. La historia de la fundación del Grupo Thompson, la base de toda su fortuna, era una mentira. Y Elías Moreno, el "viejo" al que había despreciado, tenía las pruebas para demostrarlo.

"He guardado estas pruebas durante décadas, señor Thompson. No por venganza, sino por justicia para mi familia y por la verdad. Y la verdad sobre la fortuna de su familia... está a punto de ser revelada. He contactado a mis abogados. Mañana por la mañana, se presentará una demanda por el cincuenta por ciento de los derechos de la patente original, y por la mitad de todas las ganancias generadas por el Grupo Thompson desde su fundación."

Thompson sintió que el mundo se le venía encima. Una demanda de esa magnitud, basada en pruebas tan contundentes, no solo destruiría la reputación de su padre, sino que desmantelaría su imperio, su herencia, su vida entera. Elías no quería solo dinero; quería justicia, y estaba dispuesto a llevar a los Thompson a la ruina para conseguirla.

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