La Deuda Millonaria: El Precio Obsceno que Pagó el Empresario por una Noche y el Secreto Legal que Destruyó su Imperio

El Abogado, El Contrato Secreto y la Traición

Alejandro se movió con la velocidad de un depredador. Antes de que Elena pudiera reaccionar, la empujó suavemente hacia el baño, cerrando la puerta tras ella.

"No hagas ruido. No importa lo que escuches, no salgas", ordenó en voz baja.

El terror de Elena se transformó en una confusión helada. ¿Un abogado? ¿Una orden de la Junta? ¿Qué tenía que ver su noche de desesperación con el imperio de Alejandro Cárdenas?

Alejandro abrió la puerta con cautela.

Afuera, no había un solo abogado. Había dos hombres con trajes idénticos, y detrás de ellos, sonriendo con una suficiencia nauseabunda, estaba Víctor Peralta.

"Víctor", siseó Alejandro. Su voz era tan baja que apenas se oía, pero llevaba el peso del acero. "¿Qué significa esto?"

Víctor no perdió el tiempo en disculpas. Se acercó a la mesa, señalando la carpeta de confidencialidad que Elena había firmado minutos antes.

"Significa que he asegurado mi posición, Alejandro. Y la de mis socios."

El Abogado Durán, el hombre que había anunciado la orden, intervino con frialdad.

"Señor Cárdenas, la Junta Directiva ha expresado serias preocupaciones sobre su comportamiento reciente y su juicio. Específicamente, sobre el uso de fondos corporativos para propósitos… personales y altamente comprometedores."

Alejandro sintió un escalofrío. Los fondos no eran corporativos; eran suyos, personales. Pero la filtración de su encuentro, magnificada por Víctor, podría ser usada para congelar sus activos y detener la adquisición de la Torre, un movimiento que lo convertiría en el dueño absoluto de la propiedad más valiosa de la ciudad.

"¿Fondos corporativos? ¡Eso es una mentira!", rugió Alejandro.

Víctor sonrió, disfrutando de cada segundo de la humillación del magnate.

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"¿Ah, sí? ¿Y quién es la señorita Ríos, Alejandro? ¿Una consultora de bienes raíces? Ella acaba de firmar un acuerdo de confidencialidad y recibió una suma exorbitante. ¿Para qué? ¿Para que no hable de qué? ¿De la Torre? ¿De los detalles del contrato de adquisición que usted está manejando personalmente?"

Alejandro se dio cuenta de la trampa. Víctor no solo había vendido a Elena; la había utilizado como cebo para crear una evidencia fabricada de malversación o, peor aún, de que Alejandro estaba usando secretos corporativos para negociar acuerdos privados con terceros.

El verdadero objetivo de Víctor no era el dinero de la transacción con Elena, sino el control de la Propiedad de la Torre. Víctor y sus socios querían que la Junta declarara a Alejandro incapacitado para manejar la adquisición.

"Elena no tiene nada que ver con mis negocios", afirmó Alejandro, tratando de protegerla.

"Ah, pero su firma dice lo contrario", replicó Víctor, señalando el documento. "Ella es testigo de una transacción sospechosa. Y si el Juez lo pide, ella tendrá que testificar sobre lo que realmente pasó aquí esta noche."

Dentro del baño, Elena escuchaba cada palabra. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que Alejandro podría oírlo a través de la puerta. Ella no era solo una víctima de la deuda; era una involuntaria pieza de ajedrez en una guerra de mil millones de dólares.

Alejandro se acercó a Víctor, sus ojos brillando con una promesa de venganza futura.

"¿Qué quieres, Víctor?"

"Sencillo. Renuncia a la adquisición de la Torre. Permite que la Junta, es decir, mis socios y yo, tomemos el control. A cambio, esta pequeña indiscreción se olvida. Y la señorita Ríos, bueno, ella desaparece."

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El Abogado Durán asintió, sacando otra carpeta. "Tenemos los documentos listos. Firme su renuncia y el asunto termina aquí."

Alejandro miró el contrato de renuncia. Perder la Torre significaba perder la jugada maestra que había planeado durante cinco años. Significaba ceder el control de su propio imperio a sus rivales.

Y significaba dejar a Elena a merced de Víctor, quien seguramente no cumpliría su promesa de dejarla ir.

Alejandro se tomó un momento. Cerró los ojos, visualizando el tablero completo. Tenía que desactivar la bomba que Víctor había plantado: la firma de Elena en ese contrato de confidencialidad.

Si ella era solo una amante comprada, su testimonio sería sospechado. Pero si ella era otra cosa…

Abrió los ojos. Una idea audaz, descabellada y legalmente blindada, cruzó su mente.

"No voy a firmar su renuncia, Durán", dijo Alejandro, con una calma aterradora.

Víctor se rió. "Eres un necio, Cárdenas. Mañana la prensa tendrá esto."

"No lo creo", respondió Alejandro. Se acercó a la puerta del baño y golpeó suavemente.

"Elena. Sal ahora."

Elena salió, pálida, temblando, pero con una nueva chispa de determinación en sus ojos. Se enfrentó a los tres hombres con el cheque de la deuda en su mano.

Alejandro la tomó del hombro, atrayéndola hacia él.

"Abogado Durán, Víctor. Han cometido un error legal fundamental al asumir que la señorita Ríos es una 'tercera parte' o una 'transacción indebida'."

Víctor frunció el ceño. "¿De qué hablas?"

Alejandro miró a Elena. Sus ojos se encontraron. Ella vio la desesperación y la estrategia fría en los suyos.

"La señorita Ríos no es mi amante. Ni una consultora. Ella es mi prometida", declaró Alejandro.

Hubo un silencio de muerte en la suite. Víctor y Durán se quedaron boquiabiertos.

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"El acuerdo de confidencialidad que firmó no cubre una transacción ilícita. Cubre nuestra planificación matrimonial y el acuerdo prenupcial que estamos negociando para proteger nuestros activos mutuos. Ella es parte de mi familia, Durán. ¡Ella es una co-dueña de hecho!"

Alejandro se inclinó hacia Elena, y ante la mirada atónita de los abogados, la besó. No fue un beso de pasión, sino un sello, una declaración de guerra legal.

"En cuanto al uso de fondos, Durán, este dinero no es para una noche de placer. Es un adelanto de mi contribución para pagar la deuda familiar de mi futura esposa, como parte de nuestro acuerdo prenupcial. Intenta impugnar eso ante un Juez."

Alejandro se volvió hacia Víctor, su rostro ahora una máscara de triunfo helado.

"Víctor, acabas de intentar extorsionar a un matrimonio legalmente constituido. Prepárate para que mis abogados te demanden por difamación, interferencia corporativa y daños por la cancelación de la boda."

Víctor palideció, dándose cuenta de que había subestimado a Cárdenas y, peor aún, le había dado la herramienta legal para blindarse.

Pero la tensión no había terminado. Justo cuando Durán recogía sus papeles, resignado, el teléfono de Alejandro vibró con un mensaje de texto urgente.

Era de su jefe de seguridad. Alguien está subiendo. No es la policía. Están armados.

Alejandro miró a Elena, la mujer que acababa de convertir en su esposa legal para salvar su imperio.

"El juego de Víctor era una distracción. El verdadero peligro viene ahora", susurró. "Tenemos que salir de esta Propiedad antes de que nos encuentren."

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