La Deuda Millonaria: El Secreto del Abogado que Salvó al Magnate de la Trampa de su Esposa

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Ricardo Valdés, el millonario al que su esposa intentó asesinar. Prepárate, porque la verdad que descubrió Ricardo sobre la mujer que amaba es mucho más impactante, y el plan de ella involucraba mucho más que un simple accidente automovilístico.

El Rumor y el Rugido del Motor

Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

La llave ya había girado. El motor del Mercedes-Benz S600 rugía con una potencia ensordecedora, listo para lanzarse a la carretera.

Pero Ricardo no movió el pie al acelerador.

El grito histérico del niño, Leo, resonaba en su mente: "¡Ella cortó los frenos!"

Miró de nuevo por el retrovisor. Sofía. Estaba en la ventana, a solo treinta metros.

El objeto brillante que sostenía era un teléfono móvil, pero no parecía estar usándolo para llamar. Estaba inmóvil, observándolo con una intensidad fría, casi depredadora.

Sus ojos, normalmente llenos de un cariño calculado, ahora reflejaban una impaciencia brutal.

Ricardo, un hombre que había construido un imperio tecnológico desde cero, estaba acostumbrado a tomar decisiones de miles de millones en segundos. Pero esta decisión valía su propia vida.

¿Era posible? Sofía, su esposa de cinco años, la mujer que compartía su cama de seda y su vida de lujo desenfrenado.

Ella era la personificación de la elegancia. Jamás había levantado la voz. Su único defecto aparente era su gusto excesivo por las joyas caras y las vacaciones exóticas.

Ricardo se obligó a respirar hondo.

"¡Señor! ¡Salga de ahí!" gritó Leo, golpeando el vidrio de la ventanilla. El niño, a pesar de su aspecto desaliñado, tenía una desesperación genuina en su rostro.

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Ricardo apagó el motor de golpe.

El silencio que siguió fue más aterrador que el rugido.

Sofía, desde la ventana, hizo un gesto casi imperceptible, una contracción de su labio superior, como si estuviera molesta por un retraso.

Ricardo abrió la puerta del coche con una lentitud deliberada, fingiendo que solo estaba ajustándose el traje.

Salió del vehículo, manteniendo la calma.

"Leo," susurró Ricardo al niño, asegurándose de que Sofía no pudiera escuchar. "¿Quién eres? ¿Cómo sabes esto?"

El niño temblaba. "Mi mamá trabaja en la casa de al lado, limpiando. Anoche, yo estaba jugando cerca de la cerca de su jardín. Escuché a su esposa en el teléfono, hablando muy bajo con alguien llamado 'Javier'."

Ricardo sintió un escalofrío. Javier era el nombre de su jefe de seguridad, despedido hace seis meses por malversación.

"Ella dijo: 'Asegúrate de que el Mercedes no llegue a la ciudad. Ricardo no debe firmar ese contrato. Haz que parezca un fallo mecánico en la curva del acantilado, cerca del río. Y Javier, asegúrate de que el coche quede bien destrozado, no quiero que los forenses busquen demasiado'."

La voz de Leo era un hilo de sonido, pero cada palabra era un martillazo en la conciencia de Ricardo.

Esto no era una mentira. La descripción era demasiado específica: la curva del acantilado, el fallo mecánico, la firma del contrato.

El contrato que debía firmar hoy era la consolidación de su empresa con un gigante asiático, un acuerdo que lo haría triplemente rico, pero que también transfería la mayoría de sus activos líquidos a un fideicomiso inexpugnable.

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Si moría antes de firmar, Sofía heredaría inmediatamente bajo el testamento actual, que no había actualizado en años.

Ricardo miró el Mercedes. Si Sofía sabía que él sabía, el plan B podría ser inminente.

"Leo, tienes que irte de aquí. Ahora," ordenó Ricardo, empujando suavemente al niño.

Justo entonces, Sofía salió de la casa, sonriendo de una manera demasiado dulce. Llevaba una bata de seda color champán.

"Cariño, ¿todo bien? ¿Por qué no te has ido? Vas a llegar tarde a tu gran reunión."

Su voz era perfectamente meliflua, pero sus ojos escudriñaban cada movimiento de Ricardo.

"Tuve un pequeño problema con la puerta, amor. Se atascó," mintió Ricardo, forzando una sonrisa. "Voy a tomar el Audi del garaje trasero. El Mercedes necesita una revisión."

El rostro de Sofía se contrajo ligeramente. Solo un instante, pero fue suficiente. El plan A había fallado.

"¿El Audi? Pero es tan lento, querido. Tienes que llegar rápido," insistió ella, acercándose. Su mano se posó en el brazo de Ricardo, pero él sintió la presión, no el afecto. Era un anclaje, una forma de control.

Ricardo se separó con delicadeza. "No te preocupes, mi amor. La seguridad es primero. Llámale al mecánico para que revise los frenos de este. Estaba haciendo un ruido extraño."

Se giró rápidamente y se dirigió hacia el garaje lateral.

Mientras caminaba, sintió la mirada de Sofía quemándole la espalda.

El garaje lateral era un almacén de vehículos menos ostentosos. Ricardo se metió en el viejo Audi A4, que usaba para ir a jugar golf.

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Arrancó. Su mente corría. Necesitaba un abogado. Necesitaba pruebas. Y necesitaba sobrevivir a los próximos diez minutos.

Salió por la puerta trasera de la propiedad, esquivando a Sofía.

Mientras aceleraba por la carretera de servicio, sacó su teléfono satelital, el que Sofía no conocía. Marcó el único número al que podía confiarle su vida: Don Elías, su abogado de familia, retirado hace años.

Elías contestó al tercer timbrazo.

"Ricardo, muchacho. ¿Qué pasa? Suenas como si hubieras visto un fantasma."

"Peor que eso, Elías. Creo que Sofía intentó matarme. Cortó los frenos del Mercedes."

Hubo un silencio profundo al otro lado de la línea, solo roto por la respiración pesada del anciano.

"¿Qué dices? ¿Sofía? Pero… ¿Por qué ahora? El acuerdo de fusión es hoy."

"Exacto. Si muero antes de firmar, ella hereda todo sin fideicomiso. Elías, necesito que revises el testamento. Y necesito que me digas dónde puedo estar seguro. Ella tiene cómplices."

Elías tosió. "Ven a mi casa de campo, al norte. Es una fortaleza. Y Ricardo, hay algo que nunca te dije sobre Sofía. Cuando la investigué para el acuerdo prenupcial… encontré un vacío legal en su pasado. Algo que me hizo sospechar que el objetivo de ella era mucho, mucho más grande que tu fortuna actual."

Ricardo apretó el volante. Su vida entera, construida sobre la confianza y el trabajo duro, se desmoronaba por la traición.

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