La Deuda Millonaria Escondida: El Secreto del Testamento del Magnate Revelado en el Sótano de su Lujosa Mansión

María sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un miedo helado que le paralizó los músculos. La voz de Ramiro Castillo, aunque monótona, llevaba un matiz de sospecha que era inconfundible. Doña Elena, al escuchar el nombre de su hijo, se encogió en su silla, sus ojos dilatados por el terror. El cuenco de caldo se resbaló de las manos de María, estrellándose contra el suelo de piedra y esparciendo el líquido caliente. El sonido, en el silencio tenso del sótano, pareció ensordecedor.
"Señor Castillo, yo... yo lo siento mucho", balbuceó María, su mente girando a mil por hora en busca de una excusa plausible. "Estaba... estaba buscando una caja de herramientas que el jardinero me dijo que estaba aquí abajo. Para arreglar el grifo de la cocina. Y se me cayó el cuenco. Perdone el desorden."
Ramiro bajó los últimos escalones lentamente, su figura imponente emergiendo de la penumbra. Su mirada recorrió el pasillo, deteniéndose en el charco de caldo y luego en María, que intentaba disimular su nerviosismo con una torpeza forzada. La puerta de la celda de Doña Elena estaba entreabierta, pero la oscuridad del interior y la posición de María bloqueaban una vista directa.
"¿Caja de herramientas?", inquirió Ramiro, su ceño fruncido. "El jardinero sabe que las herramientas están en el cobertizo exterior. Y el grifo de la cocina funciona perfectamente." Sus ojos, fríos y calculadores, se posaron en la puerta entreabierta. Un músculo de su mandíbula se tensó.
María sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba a punto de ser descubierta. En un acto desesperado, se abalanzó hacia el charco de caldo, fingiendo tropezar y cayendo de rodillas, justo delante de la puerta de la celda, bloqueando completamente la visión de Ramiro.
"¡Ay! ¡Mi tobillo!", exclamó, con una voz que esperaba sonara lo suficientemente convincente. "Me he torcido el tobillo, señor. Debí haber tenido más cuidado."
Ramiro suspiró con impaciencia. "Siempre causando problemas, María. Levántate. No hay nada que buscar aquí. El sótano está prohibido. ¿Acaso no lo recuerdas?"
Mientras María se incorporaba con dificultad, frotándose el supuesto tobillo torcido, lanzó una mirada rápida hacia la celda. Doña Elena estaba inmóvil, sus ojos fijos en María, su rostro una máscara de terror mudo. Era un milagro que Ramiro no la hubiera visto.
"Lo recuerdo, señor. Lo siento. Solo quería ser útil", dijo María, con la voz apenas audible. "No volverá a pasar."
Ramiro la observó un momento más, sus ojos escrutando cada movimiento de María, buscando alguna señal de engaño. Finalmente, pareció aceptar su explicación, aunque con reservas. "Bien. Ahora sal de aquí y vuelve a tu trabajo. Y no vuelvas a bajar sin mi permiso explícito. ¿Entendido?"
"Sí, señor. Entendido", respondió María, aliviada, mientras cojeaba visiblemente hacia la escalera, el corazón aún desbocado.
Una vez arriba, en la seguridad relativa del pasillo, se apoyó contra la pared, respirando profundamente. Había sido una llamada cercana. Demasiado cercana. La adrenalina aún le corría por las venas. Pero el incidente la hizo comprender la urgencia de la situación. No podían esperar.
Esa misma noche, María tomó una decisión arriesgada. Había notado que Ramiro tenía una cena de negocios importante en la ciudad y no regresaría hasta altas horas de la madrugada. Era su única oportunidad. Armándose de valor, y con el pequeño cofre de documentos de Doña Elena escondido en su bolso de trabajo, María esperó hasta que la casa estuviera completamente en silencio.
Bajo la luz de la luna, que apenas se filtraba por las ventanas, María se deslizó de nuevo hacia el sótano. Abrió la puerta de la celda y encontró a Doña Elena temblando.
"Tenemos que irnos, señora", susurró María. "Es ahora o nunca."
Doña Elena, a pesar de su debilidad, asintió con una determinación renovada. "Estoy lista, hija. Gracias a Dios que te envió."
Con sumo cuidado, María ayudó a Doña Elena a levantarse. Cada paso era un desafío para la anciana, sus piernas apenas podían sostenerla después de años de inmovilidad. La apoyó en su hombro, guiándola lentamente por el pasillo oscuro del sótano, luego subiendo los escalones crujientes. Cada sombra, cada sonido, era una amenaza.
Al llegar a la planta principal, María se movió con la cautela de un fantasma. Conocía la disposición de las cámaras y los puntos ciegos. Se dirigieron hacia la puerta trasera, que daba al jardín. El jardín era grande, con muchos arbustos y árboles que ofrecían cobertura.
Mientras se acercaban a la puerta, un sonido heló la sangre de María. El chirrido de un coche en el camino de entrada. Ramiro había regresado antes de lo esperado.
"¡No, no puede ser!", exclamó María en un susurro desesperado.
Ramiro estaba bajando de su lujoso sedán negro, sus pasos resonando en el empedrado. Pronto estaría dentro de la casa. No había tiempo para salir por la puerta trasera sin ser vistos.
María miró a su alrededor, su mente buscando una salida. La única opción era el viejo cuarto de servicio, un pequeño espacio detrás de la cocina donde guardaban los productos de limpieza y que rara vez era visitado por Ramiro. Podrían esconderse allí hasta que él se fuera a dormir.
"¡Rápido, señora!", urgió María, empujando suavemente a Doña Elena hacia el cuarto. Apenas lograron entrar y cerrar la puerta en el momento justo en que la puerta principal de la mansión se abría con un leve crujido.
Escucharon los pasos de Ramiro. Subía las escaleras, probablemente hacia su despacho o su habitación. María y Doña Elena se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración en el pequeño y oscuro cuarto. El corazón de María latía con fuerza, el miedo y la adrenalina luchando en su pecho.
De repente, los pasos de Ramiro se detuvieron. Y luego, comenzaron a bajar las escaleras de nuevo. Se dirigían directamente hacia la cocina. El pánico se apoderó de María. ¿Habría escuchado algo? ¿Habría visto algo? Ramiro era astuto, y su regreso anticipado era una complicación que no habían previsto.
Los pasos se acercaban. El sonido de las botas de Ramiro resonaba en el suelo de mármol. Se detuvieron justo fuera de la puerta del cuarto de servicio.
María y Doña Elena se miraron en la oscuridad, sus ojos reflejando el terror. Este era el final.
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