La Deuda Millonaria Escondida en la Mansión del Empresario: Un Secreto Revelado por el Dolor de su Hija

Roberto se arrodilló junto a Sofía, su traje de diseño arrugándose contra la alfombra persa. Su aliento se detuvo en su garganta. Dentro del hueco, apenas visible, no había un juguete olvidado ni un tesoro infantil. Había una caja de madera oscura, con incrustaciones de metal que parecían óxido y polvo. Era antigua, muy antigua, y desprendía un aura de misterio que le heló la sangre.
"¿Qué es eso, papá?" preguntó Sofía, su voz temblorosa, el dolor de espalda momentáneamente olvidado ante la emoción del descubrimiento.
Roberto extendió una mano temblorosa y deslizó la caja hacia afuera. Era pesada, sorprendentemente pesada. El polvo acumulado en su superficie delataba el tiempo que había permanecido oculta. Al sacarla completamente, notó que el librero, un mueble que había estado en esa habitación desde que se mudaron, había sido ligeramente movido. Sofía, en su búsqueda de comodidad para su dolor de espalda, debió haberlo empujado sin querer, revelando el escondite.
"No lo sé, mi amor. Parece muy viejo," respondió Roberto, su mente ya trabajando a mil por hora, tratando de descifrar el enigma. La caja no tenía cerradura visible, pero un mecanismo oculto en un lateral cedió con un clic suave al tacto de Roberto.
Al abrirla, un olor a papel viejo y humedad llenó el aire. Dentro, no había joyas ni lingotes de oro, sino una pila de documentos. Papeles amarillentos, algunos atados con cintas deshilachadas, y un pequeño diario encuadernado en cuero. En la parte superior, un sobre sellado con un sello de cera descolorido, y una caligrafía elegante que decía: "Para el futuro Dueño de la Mansión Blackwood. Abrir solo en caso de extrema necesidad."
Blackwood. Ese era el nombre de la mansión, el nombre que el tío abuelo siempre usaba. Roberto, absorto, comenzó a hojear los documentos. Eran escrituras antiguas, títulos de propiedad que se remontaban a varias generaciones, cartas personales y lo que parecía ser un testamento escrito a mano.
El corazón de Roberto dio un vuelco al leer la primera línea del testamento: "Yo, Alistair Blackwood, en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que esta mansión, que tanto amo, lleva consigo una carga que debe ser saldada."
Una carga. La palabra resonó en su mente. ¿De qué carga hablaba? Siguió leyendo, la luz de la linterna de Sofía temblaba sobre el papel. El documento detallaba una deuda ancestral, un préstamo gigantesco contraído por la familia Blackwood en el siglo XIX para financiar una serie de inversiones fallidas en minería. Una deuda que, por alguna razón, nunca había sido saldada y que había crecido exponencialmente con intereses compuestos, esperando ser reclamada.
El testamento explicaba que la mansión misma estaba hipotecada de una manera peculiar, casi como un fideicomiso oculto, a una misteriosa "Fundación del Sol Naciente", una entidad de la que Roberto nunca había oído hablar. El documento especificaba que si la deuda no se pagaba en un plazo determinado, la Fundación tenía derecho a reclamar la propiedad completa, sin compensación. Y lo que era peor, había una cláusula que indicaba que el plazo estaba a punto de expirar.
Roberto palideció. La mansión que creía suya, libre de cargas, un símbolo de su éxito, ¡estaba en realidad sujeta a una deuda millonaria! Y no cualquier deuda. Los números que garabateó Alistair eran astronómicos, incluso para un magnate como él.
"Papá, ¿qué pasa? Te ves raro," dijo Sofía, notando la expresión de terror en el rostro de su padre.
"Nada, mi amor. Solo... un pequeño problema de papeles," mintió Roberto, intentando mantener la calma. Pero su mente estaba en ebullición. ¿Cómo era posible? Su abogado, el prestigioso Marcus Thorne, había revisado todos los documentos de la herencia. ¿Cómo pudo pasar esto por alto?
Roberto se levantó de golpe, la caja de documentos en sus manos. "Sofía, necesito que te quedes aquí, no toques nada más. Papá tiene que hacer unas llamadas muy importantes."
Bajó las escaleras a toda prisa, dirigiéndose directamente a su despacho, un lugar de madera oscura y libros antiguos. Marcó el número de Marcus, su abogado, la mano temblándole mientras esperaba que contestara.
"Marcus, necesito que vengas a la mansión de inmediato. Es urgente. Acabo de encontrar unos documentos que... que lo cambian todo." Su voz era un susurro ronco.
Marcus Thorne, un hombre de leyes de reputación intachable, llegó en menos de una hora, su rostro serio y preocupado. Roberto le entregó la caja, observando su reacción mientras revisaba los pergaminos amarillentos. El silencio en el despacho era tenso, solo roto por el crujido del papel.
A medida que Marcus leía, sus ojos se abrieron con incredulidad, luego con una furia contenida. "Roberto, esto es... inaudito. Este testamento es legalmente vinculante. Y la Fundación del Sol Naciente... ¡Dios mío! Es una organización privada, muy discreta, conocida por sus reclamos de propiedades antiguas. Son implacables."
"¿Implacables? ¿Qué significa eso, Marcus? ¿Que puedo perder la mansión? ¡Es imposible! ¡Vale decenas de millones!" Roberto se levantó de su silla, su voz elevándose.
"Significa que si la deuda no se paga, y el plazo está, según esto, a punto de vencer, la mansión Blackwood pasará a ser propiedad de la Fundación. Y la deuda... Roberto, con intereses compuestos desde el siglo XIX, estamos hablando de una suma que podría rivalizar incluso con tu fortuna." Marcus se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz. "Es una trampa legal, una obra maestra de la burocracia antigua diseñada para devorar propiedades."
El plazo expiraba en menos de una semana. Siete días para encontrar una suma de dinero que podría desestabilizar su imperio financiero. Siete días para evitar perder la herencia de su hija, la casa donde ella crecía. Siete días para enfrentarse a una deuda que no era suya, pero que ahora amenazaba con destruirlo todo.
"¿Qué hacemos, Marcus? ¿Hay alguna forma de impugnarlo?" preguntó Roberto, la desesperación en su voz.
"Podríamos intentarlo, pero estos documentos están redactados con una astucia legal increíble. La Fundación tiene un historial impecable en los tribunales. Necesitamos tiempo, y lo que no tenemos es tiempo. La única opción, la única, es pagar la deuda."
Roberto se dejó caer en su silla, la cabeza entre las manos. La mansión, el hogar de Sofía, estaba en juego. Y lo más aterrador de todo, es que la Fundación ya debía saber que el plazo se acercaba. ¿Por qué no lo habían contactado antes? ¿Estaban esperando, acechando, para dar el golpe final? Una sensación helada de ser observado, de ser una presa, se apoderó de él.
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