La Deuda Millonaria que Puso en Peligro la Herencia del Magnate y su Hija

El reloj de pared en la cocina marcaba las 3:00 AM. Tres horas infernales habían transcurrido desde la llegada de la policía. La mansión Andrade, antes un símbolo de poder y éxito, se había transformado en la escena de un crimen, un nido de pesadillas. Forenses con trajes blancos se movían como fantasmas silenciosos, documentando cada detalle. El Inspector Morales interrogaba a Carlos en el estudio, la luz de la lámpara de escritorio proyectando sombras ominosas en su rostro pálido.
"Señor Andrade, necesitamos cualquier detalle, por insignificante que parezca", insistió Morales, su voz suave pero firme. "La niñera, Elena. ¿Tiene algún familiar? ¿Algún lugar donde pueda haber ido?"
Carlos se frotó las sienes. "Elena es de un pueblo pequeño. Su familia vive allí. Pero nunca se iría sin avisar, y mucho menos dejando a Sofía sola. Ella adora a Sofía. Ha estado con nosotros desde que mi esposa falleció hace cinco años". La mención de su esposa, Laura, trajo otro oleaje de dolor. Laura había sido su ancla, su brújula moral. Sin ella, Sofía era todo lo que le quedaba.
"¿Y no contesta su teléfono?", preguntó Morales. Carlos negó con la cabeza. "Desde la llamada de Sofía, no. Su buzón está lleno". Un escalofrío recorrió la espalda de Carlos. La ausencia de Elena era tan perturbadora como la de Sofía. ¿Había sido ella una víctima también? ¿O parte de algo más siniestro?
Morales revisó sus notas. "La puerta principal estaba abierta. No hay señales de forzamiento. Parece que alguien entró, o fue invitado a entrar. La ventana del jardín trasero tiene un pequeño rasguño, pero podría ser antiguo". Las palabras del inspector pintaban un cuadro confuso. Si no hubo forzamiento, ¿cómo?
"¿Y la sangre?", preguntó Carlos, su voz apenas un susurro. "¿De quién es?"
Morales suspiró. "Estamos esperando los resultados del laboratorio, pero por el volumen... es preocupante. Demasiado para una simple herida superficial". La mirada de Carlos se volvió vidriosa. Su pequeña Sofía. La imagen de ella, frágil y herida, lo torturaba.
De repente, un forense entró en el estudio con un pequeño objeto en una bolsa de pruebas. "Inspector, encontramos esto debajo de la cama de la niña. Parece ser un... medallón".
Morales tomó la bolsa, sus ojos entrecerrándose. Era un medallón antiguo, de plata oxidada, con un grabado desgastado que parecía ser un escudo de armas familiar. Carlos lo miró fijamente. "Nunca lo había visto", dijo. "No es de Sofía. Y no es de Elena".
El forense añadió: "También encontramos una nota. Estaba doblada y metida dentro del medallón". Morales sacó con cuidado un pequeño trozo de papel arrugado. Lo desdobló con guantes protectores. La nota era corta, escrita a mano con una caligrafía elegante pero firme.
“La Deuda Millonaria de tu padre ha llegado. Paga lo que debes, Andrade, o tu herencia más preciada se perderá para siempre. Tienes 24 horas. No avises a nadie. Espera nuestra llamada.”
Carlos sintió que el aire abandonaba sus pulmones. "La Deuda Millonaria..." repitió, su voz cargada de incredulidad y terror. El medallón, la nota, la sangre, la desaparición de Sofía y Elena... todo encajaba en un patrón siniestro. No era un accidente. Era un secuestro. Y el motivo era él, su dinero, sus decisiones.
"¿Quién?", preguntó Carlos, su puño golpeando la mesa. "¡¿Quién se atrevería a tanto?!".
Morales lo miró fijamente. "Señor Andrade, esta nota... ¿le suena a alguien? ¿Alguna de sus 'deudas'?"
Carlos cerró los ojos, su mente un torbellino de nombres y rostros. Había muchos. Pero uno se destacó, un fantasma de su pasado que había creído enterrado. Un hombre al que había arruinado implacablemente hace una década, quitándole todo: su empresa, su reputación, su fortuna. Un hombre llamado Víctor Mendoza.
Víctor Mendoza había jurado venganza. En el juicio, sus ojos habían ardido con un odio que Carlos nunca olvidaría. "Me quitaste mi vida, Andrade. Algún día, te quitaré lo que más amas. Lo juro por mi sangre y la de mis antepasados", había bramado Mendoza, su voz ronca por la derrota, mientras era escoltado fuera de la sala. El medallón... ¿podría ser el escudo de armas de la antigua familia de Mendoza, un linaje venido a menos que él había aniquilado?
"Víctor Mendoza", dijo Carlos, el nombre sonando como un veneno en su boca. "Hace diez años, lo dejé en la calle. Juró vengarse".
Morales tomó nota. "Interesante. ¿Tiene una dirección o algún contacto de este hombre?"
Carlos sacó su teléfono, sus manos temblorosas. "Mis abogados deben tenerlo. Lo rastreé durante un tiempo, por precaución, pero dejó el país hace años. Creí que se había olvidado". Qué ingenuo había sido. La herencia de su propia sangre estaba ahora en juego. La deuda millonaria que le reclamaban no era monetaria, era de vida o muerte. Y el tiempo se agotaba.
El detective hizo una llamada. Carlos se quedó solo en el estudio, la nota en la mesa, el medallón en la bolsa de pruebas. 24 horas. Sofía. La sangre. La imagen del charco rojo volvió a su mente, más vívida que nunca. ¿Era la sangre de su hija? ¿O la de Elena? ¿Y qué pasaría si no pagaba la deuda que se le reclamaba? La angustia lo desgarraba.
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