La Deuda Millonaria y el Testamento Oculto: El Secreto de la Mujer que la Tormenta Arrastró al Rancho del Solitario

El coche se detuvo frente a la choza de Pedro, levantando una nube de polvo rojizo que se mezclaba con la humedad del aire. Era un sedán de lujo, de un negro brillante que parecía fuera de lugar en el desolado paisaje. De él descendieron dos hombres. Uno era alto y corpulento, con un traje impecable que no disimulaba su aura amenazante. El otro, más delgado y con una mirada de serpiente, vestía un elegante traje gris y portaba un maletín de cuero.

"Parece que nuestra pequeña fugitiva ha encontrado un refugio poco convencional," dijo el hombre del maletín con una sonrisa condescendiente, sus ojos escudriñando el rancho con desprecio. Era Marco Lombardi, el prometido de Elena y el cerebro detrás de la estafa del testamento. El hombre corpulento era su guardaespaldas, un muro de músculo silencioso.

Elena se encogió detrás de Pedro, quien se plantó firmemente en la entrada de su casa, la vieja escopeta en sus manos. Su corazón latía como un tambor de guerra, pero una extraña calma se había apoderado de él. Ya no era el ranchero tímido y solitario; ahora era un protector.

"¿Qué quieren aquí?" preguntó Pedro, su voz sorprendentemente firme.

Marco soltó una risa seca. "No queremos problemas contigo, amigo. Solo venimos por lo que es nuestro. La señorita Elena debe volver a casa. Hay asuntos legales que atender."

"Ella no se va a ningún lado si no quiere," replicó Pedro, levantando ligeramente la escopeta. Nunca había apuntado a nadie en su vida, pero la adrenalina fluía por sus venas.

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La sonrisa de Marco se endureció. "Escucha, ranchero. No sabes con quién te estás metiendo. Esta mujer es una mentirosa. Está desequilibrada. Intentó robar una herencia que no le corresponde y se escapó. Su familia está preocupada por ella. Solo queremos llevarla de vuelta para que reciba la ayuda que necesita."

"¡Eso es mentira!" exclamó Elena, asomándose por encima del hombro de Pedro. "¡Tú y tu padre manipularon el testamento de mi abuelo! ¡Me robaron todo!"

Marco suspiró, como si estuviera lidiando con una niña caprichosa. "Mira, cariño, ya hablamos de esto. Estás confundida. Los documentos están firmados, todo es legal. Ahora, por favor, no hagas esto más difícil. Si vienes con nosotros, podemos arreglar las cosas discretamente. De lo contrario, tendré que involucrar a la policía y acusarte de allanamiento y robo de propiedad."

La amenaza era clara. Marco no estaba allí para negociar, sino para intimidar. Pedro sintió la furia crecer en su interior. Sabía que Elena decía la verdad. La desesperación en sus ojos no podía ser fingida.

"Ella no irá a ninguna parte con ustedes," repitió Pedro, sus nudillos blancos apretando la madera de la escopeta.

El guardaespaldas dio un paso adelante, su mano dirigiéndose a su cintura, donde Pedro intuyó que guardaba un arma. La tensión era palpable, el aire crepitaba. Pedro sabía que estaba en desventaja. Era un ranchero solitario contra dos hombres peligrosos, respaldados por un poder ilimitado.

De repente, Elena dio un paso al frente, con una determinación que sorprendió a Pedro. "No te saldrás con la tuya, Marco. Mi abuelo me dejó una pista. Un documento oculto. Sé dónde está la verdadera voluntad. Y tú no lo tienes."

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El rostro de Marco se contrajo, su compostura impecable se resquebrajó por un instante. "Estás mintiendo," siseó, pero había una fisura de duda en su voz.

"No miento," afirmó Elena con voz temblorosa pero firme. "Mi abuelo siempre dijo: 'La verdad está donde menos se espera'. Y me dejó un mensaje críptico sobre un lugar especial. Un lugar que solo yo conozco."

La revelación de Elena cambió la dinámica por completo. Marco ya no sonreía. Sus ojos se clavaron en ella con una mezcla de furia y cálculo. Si existía otro testamento, su plan de quedarse con la herencia millonaria se desmoronaría.

"¿De qué estás hablando?" exigió Marco, dando un paso amenazante. "No hay ningún otro testamento. Todo está legalmente cerrado."

"Lo hay," insistió Elena, su mirada desafiante. "Y si me pasa algo, o si este rancho sufre algún daño, mis abogados, a quienes ya contacté antes de huir, harán que se revele. Ellos tienen instrucciones para el caso de que yo desaparezca o sea silenciada." Era una mentira, una jugada desesperada, pero Marco no lo sabía.

La bravata de Elena, aunque arriesgada, surtió efecto. Marco se detuvo, su mente trabajando a toda velocidad. No podía arriesgarse a una investigación exhaustiva si había un testamento oculto y abogados esperando. La reputación de su padre, el prestigioso abogado Lombardi, estaría en juego.

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"Muy bien," dijo Marco finalmente, su voz goteando veneno. "Parece que necesitas más tiempo para 'recordar' dónde está esa supuesta voluntad. Pero no te creas a salvo, Elena. El mundo es pequeño. Y nosotros tenemos recursos. Te estaremos vigilando. Y a tu... nuevo amigo también." Su mirada se posó en Pedro, una advertencia silenciosa.

Con una última mirada de desprecio, Marco y su guardaespaldas regresaron al sedán. El coche dio la vuelta y se alejó por el camino de tierra, dejando a Pedro y Elena en medio del silencio del rancho, solo roto por el latido de sus propios corazones.

Pedro bajó lentamente la escopeta, sintiendo el peso de la confrontación. "No puedo creer que se hayan ido," murmuró, el alivio inundándolo.

Elena se volvió hacia él, sus ojos llenos de gratitud y una nueva preocupación. "Gracias, Pedro. Fuiste muy valiente. Pero ahora estamos en su mira. Él no se detendrá hasta encontrar ese testamento, o hasta que yo desaparezca."

"Entonces tendremos que encontrarlo primero," dijo Pedro, con una determinación que nunca antes había sentido. La vida simple de su rancho había terminado. Ahora era parte de una lucha por una herencia millonaria, una lucha contra la avaricia y la traición. Y por primera vez en su vida, Pedro no se sentía solo. Pero la verdadera pregunta era: ¿existía realmente ese testamento oculto, o era solo una desesperada invención de Elena para ganar tiempo? La respuesta a esa pregunta lo cambiaría todo.

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