La Herencia del Millonario: El Abogado, la Mansión y el Testamento que Escondía un Secuestro.

La casa del jardinero, un pequeño bungalow modesto al borde de la inmensa propiedad de la mansión Valenzuela, parecía tranquila y desierta. Ricardo se acercó con cautela, sus guardias personales, que habían logrado alcanzarlo tras el shock inicial, lo seguían de cerca. La urgencia en el rostro del empresario era contagiosa.
"¿Estás seguro, Leo? ¿Es aquí?", preguntó Ricardo, su voz tensa. El niño, aferrado a la mano de Ricardo, asintió vigorosamente. "Sí, señor. Mi papá, Miguel, vive aquí. Y ahí fue donde los hombres la trajeron anoche."
Ricardo hizo una señal a sus hombres. "Rodeen la casa. Nadie entra, nadie sale. Y tengan cuidado, no sabemos con quién estamos tratando." Sus guardias, hombres experimentados en seguridad, se movieron con eficiencia, cubriendo los puntos clave.
Mientras se acercaban a la puerta principal, Ricardo notó que estaba entreabierta. Un escalofrío le recorrió la espalda. Esto no era un simple robo. Era algo mucho más siniestro. Empujó la puerta con cuidado.
El interior estaba en desorden. Muebles volcados, cojines tirados. Parecía que había habido una lucha. Una mujer, con los ojos vendados y la boca amordazada, estaba atada a una silla en la sala de estar. Era la madre de Leo, María.
Ricardo se apresuró a desatarla. Cuando le quitó la mordaza, María comenzó a llorar y a hiperventilar. "¡Mi hijo! ¡Leo! ¿Dónde está mi hijo?"
"Estoy aquí, mamá", dijo Leo, corriendo a abrazarla.
"María, ¿dónde está Sofía? ¿Qué pasó aquí?", preguntó Ricardo, su corazón martilleando.
María, aún temblorosa, relató una historia aterradora. "Anoche, llegaron unos hombres. No vi sus caras, estaban encapuchados. Me golpearon, me amordazaron. Trajeron a una niña, la misma edad que Sofía, pero... pero no era ella. La obligaron a meterse en un ataúd que traían. Y luego... luego trajeron a Sofía. A mi esposo, Miguel, lo amenazaron con matarnos si no les ayudaba. Él no quería, señor Valenzuela, lo juro. Lo obligaron a quedarse con Sofía, a esconderla, mientras ellos... ellos se llevaban a la otra niña."
"¿Y dónde está Sofía ahora? ¿Y Miguel?", preguntó Ricardo, la voz ronca.
"Se la llevaron. Hace solo unas horas", dijo María, sollozando. "Miguel me dijo que los hombres querían... querían que usted firmara unos papeles. Un testamento nuevo, o algo así. Y que si no lo hacía, no volvería a ver a Sofía. Los llevaron a una cabaña en el bosque, cerca del lago Esmeralda. Mi esposo me dijo el lugar antes de que se lo llevaran, para que yo pudiera avisarle si lograba desatarme."
Lago Esmeralda. Ricardo conocía bien esa zona. Era un paraje remoto, lleno de cabañas de caza y senderos intrincados. Un lugar perfecto para esconder a alguien.
"¿Quiénes eran esos hombres, María? ¿Los reconociste?", inquirió Ricardo.
"No, señor. Pero uno de ellos... su voz. Me parecía familiar. Tenía un acento muy particular, como si no fuera de aquí, pero hablaba español perfectamente. Y a veces, usaba una palabra que mi esposo usa mucho: 'caramba'. Solo una vez, pero me pareció oírla."
"Caramba...", repitió Ricardo. Esa palabra. Miguel la usaba. Pero también había alguien más. Alguien que siempre tenía una forma peculiar de hablar. El abogado Montalvo. No, no podía ser. Montalvo era su hombre de confianza, su asesor legal por años.
Ricardo descartó la idea, pero una semilla de duda se había plantado. Montalvo había estado demasiado ansioso por enterrar a Sofía, demasiado preocupado por la "reputación".
"Quédate aquí, María, y cuida a Leo. Mis hombres te protegerán. Voy a recuperar a Sofía", dijo Ricardo con una determinación férrea.
En el coche, de camino al lago Esmeralda, Ricardo llamó a su jefe de seguridad, el capitán Vargas, un exmilitar con años de experiencia. "Vargas, necesito que te muevas. Lago Esmeralda. Cabaña vieja, la que está al final del sendero del halcón. Creo que Sofía está allí. Y necesito que investigues a Montalvo. Todo sobre él. Sus finanzas, sus contactos, todo."
"¿Montalvo, señor? ¿El abogado?", Vargas sonaba sorprendido.
"Sí. No confío en él. Y si estoy en lo cierto, esto no es solo un secuestro. Es parte de una trama más grande. Una que involucra mi fortuna, mi empresa, y el testamento de Sofía."
Ricardo recordó las recientes conversaciones con Montalvo. El abogado había estado presionando para que revisaran el testamento de Sofía, un documento que la designaba como única heredera universal. Argumentaba que era necesario actualizarlo en caso de "eventualidades", un eufemismo que ahora sonaba escalofriante.
Llegaron a la zona del lago Esmeralda. El sol ya empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranjas y morados. La cabaña, rústica y aislada, se alzaba ominosa en la penumbra. Ricardo y sus hombres se acercaron sigilosamente, armados y listos para lo que fuera.
Dentro de la cabaña, el ambiente era tenso. Sofía estaba sentada en el suelo, asustada pero ilesa, abrazada por Miguel, el jardinero, que la consolaba. Frente a ellos, dos hombres fornidos, encapuchados, los vigilaban. Y de espaldas, a la luz de una lámpara de queroseno, un tercer hombre, que revisaba unos documentos.
"Ya está bien, jefe. El viejo Valenzuela debe estar con el corazón roto. No tardará en firmar lo que sea para recuperar a su hija", dijo uno de los encapuchados, con una risa cruel.
El tercer hombre se giró lentamente. La lámpara iluminó su rostro. Ricardo sintió un escalofrío de pura rabia. Era Montalvo. El abogado, su supuesto amigo y confidente, el hombre que gestionaba su fortuna y su testamento.
"Eso espero, Brutus. Este plan ha sido meticuloso. El cáncer falso, la doble para el funeral... todo ha salido a la perfección. Una vez que Ricardo firme la cesión de la empresa y el nuevo testamento a mi favor, Sofía regresará. Y él no podrá probar nada. Su dolor lo hará vulnerable, y su reputación, si intenta algo, será destruida." La voz de Montalvo era fría, calculadora. Y Ricardo notó la palabra. "Caramba".
La rabia de Ricardo se desató. No podía creer la traición. Montalvo había orquestado todo, desde el falso diagnóstico de cáncer hasta el secuestro y el funeral macabro, todo para apoderarse de su fortuna y de su empresa. El lujo y el poder habían corrompido a su abogado hasta la médula.
"¡Montalvo!", gritó Ricardo, irrumpiendo en la cabaña, sus hombres detrás de él. La sorpresa en el rostro del abogado fue total. Sus ojos se abrieron de par en par, su piel se puso pálida.
Los dos matones reaccionaron, sacando armas. Pero los guardias de Ricardo eran profesionales. El tiroteo fue rápido y brutal. En cuestión de segundos, los encapuchados cayeron al suelo.
Montalvo, paralizado por el miedo, intentó huir, pero Ricardo lo interceptó. Lo agarró por el cuello de la camisa, su rostro contorsionado por la furia. "¡Traidor! ¡Cómo pudiste! ¡Mi hija! ¡Mi propia sangre!"
"Ricardo... yo... puedo explicarlo...", tartamudeó Montalvo, su voz temblaba.
"¡No hay explicación para esto!", rugió Ricardo. "¡Has jugado con la vida de mi hija, con mi dolor, por tu codicia! ¡Te arrepentirás de este día!"
Miguel, el jardinero, se puso de pie, con Sofía aún aferrada a él. "Señor Valenzuela... ¡Lo siento tanto! No pude hacer nada. Me amenazaron con matar a mi familia."
"Lo sé, Miguel. Lo sé. Has hecho lo correcto al proteger a Sofía", dijo Ricardo, liberando a Montalvo y corriendo hacia su hija.
Sofía, al ver a su padre, soltó un grito de alegría y alivio. "¡Papá! ¡Papá!" Corrió a sus brazos, y Ricardo la estrechó con una fuerza que nunca había sentido. Sus lágrimas, esta vez, eran de pura felicidad y alivio.
El capitán Vargas, que había llegado con refuerzos, esposó a Montalvo. "Señor Valenzuela, lo tenemos."
Ricardo miró a Montalvo, sus ojos brillando con una promesa de justicia. "Este hombre no solo irá a la cárcel, Vargas. Pagaré para que cada día de su miserable vida sea un infierno. Ha intentado robarme lo más preciado."
El abogado, con la cabeza gacha, solo pudo murmurar: "El testamento... la herencia... yo merecía una parte..."
Ricardo lo ignoró. Su atención estaba completamente en Sofía, quien se aferraba a él como un koala. El horror de lo que había sucedido empezaba a procesarse, pero la alegría de tenerla a salvo eclipsaba todo lo demás.
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