La Herencia Inesperada del Magnate Millonario: Su Testamento Ocultaba una Verdad Que Rompió Todas Sus Leyes

Elías Volkov sintió un calor inusual subir por su cuello, una sensación de vulnerabilidad que lo descolocaba. Clara seguía mirándolo, inmutable, su presencia magnética. Él carraspeó, tratando de recuperar la compostura. "Clara," dijo, y el nombre sonó extrañamente en sus labios, casi como un murmullo. "Quiero... quiero que dejes de limpiar."
Clara inclinó ligeramente la cabeza, sin una pizca de sorpresa en su rostro. "Señor Volkov, es mi trabajo. La mansión es grande y requiere atención constante." Su voz era suave, pero firme, sin la obsequiosidad que él esperaba.
"Lo sé," respondió Elías, sintiéndose inexplicablemente frustrado por su estoicismo. "Pero no me refiero a eso. Quiero que dejes de limpiar... en este estudio. Y quiero que te quedes."
Ahora sí, una pequeña arruga apareció entre las cejas de Clara. "Disculpe, señor. No entiendo."
"No tienes que entender," espetó él, recuperando un matiz de su habitual frialdad. "Es una orden. A partir de ahora, tu trabajo será... diferente. Ya no limpiarás. Te sentarás aquí, en este estudio, y me leerás."
Clara parpadeó. "Leerle, señor?"
"Sí. Leer. Libros. Periódicos. Documentos. Lo que yo te indique. Y no hablarás, a menos que se te pregunte. Te pagaré el doble de lo que ganas ahora. ¿Aceptas?"
Era una propuesta descabellada, una que desafiaba toda lógica y sus propias reglas. Elías no permitía que nadie, excepto su abogado y su asistente personal, permaneciera en su estudio. Y menos aún una mujer, y mucho menos una empleada. Pero la idea de tener a Clara cerca, su presencia tranquila, su mirada que no se doblegaba, era extrañamente atractiva.
Clara lo consideró por un largo momento. La oferta era innegablemente generosa. El doble de su salario significaba que podría enviar más dinero a su familia en el pueblo, ayudar a su hermana menor a estudiar. Pero la propuesta también era extraña, casi inquietante. ¿Por qué él, el temido Elías Volkov, querría eso?
"Acepto, señor Volkov," dijo finalmente, con la misma dignidad que había exhibido desde el primer día. "Pero tengo una condición."
Elías sintió una punzada de sorpresa. Nadie, absolutamente nadie, le ponía condiciones. "¿Una condición? ¿Tú a mí?" Su voz era un gruñido.
"Sí, señor," respondió Clara, sus ojos fijos en los suyos. "Mientras esté aquí, usted me tratará con respeto. No seré un adorno, ni un objeto. Seré su lectora, y merezco la dignidad de mi trabajo."
La audacia de Clara era asombrosa. Elías la observó, una batalla interna librándose en su mente. Podría despedirla en el acto, humillarla. Pero algo en su postura, en la inquebrantable convicción de su mirada, lo detuvo. Era la primera vez que una mujer lo desafiaba abiertamente, y la sensación no era de ira, sino de una extraña fascinación.
"Trato hecho," dijo Elías, casi con desgana. "Pero si me faltas al respeto, o incumples tu parte, te irás de aquí sin un céntimo."
Así comenzó su inusual relación. Días y semanas se convirtieron en meses. Clara se sentaba en un sillón de cuero frente al escritorio de Elías, leyendo en voz alta informes de mercado, tratados de filosofía, novelas clásicas. Su voz era melodiosa, clara, y Elías descubrió que disfrutaba de su cadencia más de lo que jamás hubiera admitido. Él la observaba, no con la mirada lasciva que dedicaba a sus "invitadas", sino con una atención más profunda, casi académica.
Clara, por su parte, observaba a Elías. Veía al hombre implacable en sus negocios, al estratega brillante. Pero también veía destellos de una profunda soledad en sus ojos, una tristeza oculta tras la fachada de acero. Él nunca hablaba de su pasado, de su familia. Su mansión era un mausoleo de su propia creación.
Un día, mientras leía un artículo sobre una deuda millonaria de una empresa rival, Clara hizo una pausa. "Señor Volkov," dijo, rompiendo su propia regla de no hablar sin ser preguntada. "Este análisis parece tener un error en la proyección de flujos de caja. Si se considera la depreciación acelerada de sus activos intangibles, la deuda es aún mayor de lo que estiman."
Elías levantó la vista de sus papeles, atónito. "Cómo... cómo sabes eso? Eres una lectora, no una contable."
"Mi padre era un pequeño empresario," explicó Clara con calma. "Perdió todo por no entender las complejidades financieras. Aprendí de sus errores. Siempre me ha gustado leer sobre economía."
Elías se quedó en silencio, procesando la información. Había subestimado a Clara. No era solo un rostro bonito con una voz agradable. Tenía una mente aguda, una inteligencia práctica que él no había esperado. A partir de ese día, sus conversaciones se volvieron más frecuentes, más complejas. Elías empezó a pedirle su opinión, a discutir estrategias de inversión, a desvelar los entresijos de su imperio.
Clara, poco a poco, se convirtió en algo más que una lectora. Se convirtió en una confidente, una consejera. Su presencia en el estudio era una constante, un ancla. Elías descubrió que anhelaba sus comentarios perspicaces, su perspectiva fresca. Sus reglas sobre las mujeres, sobre la "inocencia" y la "sumisión", comenzaron a desmoronarse bajo el influencia de Clara.
Pero el mundo exterior no tardó en darse cuenta de este cambio. Su abogado, el astuto señor Alistair Finch, un hombre con una reputación tan impecable como su traje de tres piezas, notó el inusual interés de Elías por la humilde limpiadora. Finch, que manejaba los testamentos y los asuntos de la propiedad de Elías, era un guardián celoso de su fortuna.
Una tarde, Finch confrontó a Elías. "Señor Volkov, la presencia constante de la señorita Clara en su estudio está causando comentarios. Su reputación..."
"Mi reputación es mía, Finch," interrumpió Elías con frialdad. "Y no está en discusión."
"Con todo respeto, señor," insistió Finch, "su herencia y su legado son inmensos. Cualquier desviación de su patrón habitual podría ser malinterpretada. Podría incluso, en el peor de los escenarios, dar pie a disputas legales sobre su... su juicio."
La mención de su juicio y de su herencia golpeó a Elías. Finch tenía razón. Su vida era una fortaleza, y Clara era una brecha inesperada en sus muros. La tensión en la mansión era palpable. Elías se sentía atrapado entre su creciente fascinación por Clara y las expectativas de su mundo.
Una noche, Elías escuchó un ruido en el pasillo. Salió de su estudio y encontró a Clara, no leyendo, sino curando una herida en la pata de un pequeño perro callejero que se había colado en la mansión. Sus manos, siempre tan hábiles, eran ahora suaves y compasivas. Al verla, una emoción desconocida, una ternura, lo invadió. Clara levantó la vista, sus ojos brillantes con una mezcla de sorpresa y vergüenza. Elías se acercó. Sabía que no podía seguir negando lo que sentía. El control se le escapaba de las manos, y por primera vez en años, no le importaba. Lo que estaba a punto de hacer cambiaría no solo sus vidas, sino el destino de su inmensa fortuna.
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