La Herencia Maldita del Millonario Rojas: El Secreto de su Hija Muerta que Desafía la Riqueza

El Dr. Benavides, con su impecable traje empapado y una expresión de horror en el rostro, intentó intervenir. "Señor Rojas, por favor, este chico está delirando. Permita que la seguridad se encargue."
Pero Ricardo, con una firmeza que sorprendió incluso a su abogado, levantó una mano. Sus ojos no se apartaban de Mateo. "No. Que nadie lo toque. Habla, muchacho. Habla ahora mismo. Dime todo lo que sabes."
La seguridad retrocedió, confundida. Mateo, jadeando por el esfuerzo y la emoción, comenzó su relato, su voz temblorosa pero ganando fuerza a medida que recordaba los horrores que había presenciado.
"Mi nombre es Mateo, señor. Vivo en la calle, cerca del viejo almacén de la Zona Industrial. A veces, la señorita Sofía… ella venía por allí. Llevaba comida, ropa. Hablaba conmigo. Era buena, muy buena." Una lágrima rodó por su mejilla sucia. "Ella no era como los otros ricos."
Ricardo sintió una punzada de orgullo y dolor. Sofía siempre había tenido un corazón noble, una empatía que él, en su mundo de negocios, a veces olvidaba.
"Hace tres noches", continuó Mateo, apretando los puños, "yo estaba durmiendo en un callejón, cerca de donde la señorita Sofía solía aparcar su coche. Escuché ruidos. Gritos. Era su coche. Lo vi todo."
Mateo describió con detalle escalofriante cómo dos hombres corpulentos, enmascarados, habían interceptado el vehículo de Sofía. No fue un accidente. Fue una emboscada. La sacaron a la fuerza, amordazándola. La metieron en una camioneta oscura.
"Y… y luego", la voz de Mateo se quebró, "vi que sacaban a otra mujer del maletero de la camioneta. Estaba… estaba muerta, señor. La vistieron con la ropa de la señorita Sofía. La metieron en el coche de la señorita Sofía y… y lo empujaron por la ladera. Simularon el accidente."
El relato de Mateo era tan vívido, tan lleno de detalles perturbadores, que Ricardo no pudo dudar más. La ausencia de la cicatriz, el comportamiento extraño de los peritos en la escena del "accidente" (que él había atribuido a la conmoción), todo encajaba con una horrible precisión.
"¿Quiénes eran esos hombres, Mateo? ¿Pudiste ver algo?", preguntó Ricardo, su voz ahora dura, cargada de una furia gélida.
"No les vi la cara, señor. Pero… pero escuché algo. Uno de ellos dijo: 'El viejo Benavides estará contento. La herencia es nuestra'."
La mención del apellido de su propio abogado resonó en Ricardo como un trueno. Se giró bruscamente hacia el Dr. Benavides, cuyo rostro se había vuelto tan pálido como el de la difunta en el ataúd. El abogado, que hasta hacía un momento intentaba desacreditar a Mateo, ahora sudaba profusamente a pesar de la lluvia.
"¿Benavides?", Ricardo pronunció el nombre con una frialdad cortante. "Explícate, Elías. ¡Ahora!"
Elías intentó balbucear una excusa, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Su mirada se desvió nerviosamente hacia los guardias, luego hacia la salida. La farsa se había desmoronado.
"¡Él es el cerebro, señor!", gritó Mateo, señalando al abogado. "Lo escuché en el almacén. Tienen a la señorita Sofía atada allí. Querían que usted la diera por muerta para quedarse con todo. Con la herencia. Con sus propiedades. ¡Todo!"
La revelación fue un golpe devastador. Su amigo, su confidente legal durante veinte años, el hombre que había gestionado su fortuna y la de su familia, era un traidor. Un viperino conspirador que había orquestado el secuestro y la falsa muerte de su propia hija para apoderarse de su patrimonio.
Ricardo sentía la bilis subir por su garganta. La avaricia. Siempre la avaricia. Elías conocía cada cláusula de su testamento, cada detalle de sus finanzas. Sabía que Sofía era la única heredera universal. Su muerte significaría que la fortuna, en ausencia de herederos directos, pasaría a un fideicomiso gestionado por… Elías Benavides.
"Mateo, ¿estás seguro de que la tienen en el viejo almacén de la Zona Industrial?", preguntó Ricardo, su voz recuperando la autoridad de un empresario acostumbrado a dar órdenes.
"¡Sí, señor! Yo escuché ruidos anoche. Gritos. Y vi a los mismos hombres entrar y salir. ¡Tiene que darse prisa! No sé qué le harán si descubren que usted sabe la verdad."
La urgencia era palpable. Cada segundo era crucial. Ricardo sacó su teléfono, sus dedos temblaban, pero su mente ya estaba en modo de acción. "Llamen a la policía. No, a la unidad especial de secuestros. ¡Ahora! Y que rodeen el almacén de la Zona Industrial. ¡No quiero que nadie escape!"
Mientras Ricardo daba las órdenes con una voz atronadora que resonaba en todo el cementerio, Elías Benavides, viendo que su plan se desmoronaba, hizo un movimiento desesperado. Empujó a uno de los guardias y echó a correr hacia la salida.
"¡No lo dejen escapar!", rugió Ricardo.
Los guardias, atónitos por la situación, tardaron un segundo en reaccionar. Pero Mateo, con una agilidad sorprendente para su tamaño, se interpuso en el camino de Elías
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