La Herencia Millonaria: La Hija Muda del Magnate Dijo Una Sola Palabra y Obligó a Cambiar el Testamento

La Acusación y el Abogado del Silencio

El eco de la frase de Isabella, "Ella está en la tumba equivocada", se disipó lentamente, dejando a los guardaespaldas en un estado de parálisis absoluta.

Marcus, el chofer, tuvo que apoyarse en la limusina para no caer. Había trabajado para los Thornton durante quince años y nunca había escuchado a Isabella hablar.

“Señorita Isabella, ¿qué dijo?”, balbuceó Boris, con el rostro pálido.

Isabella se llevó el trozo de sándwich a la boca, masticando lentamente. Era el pan más delicioso que había probado en su vida.

Luego, miró directamente a Leo, que solo la observaba con curiosidad, sin entender la magnitud de lo que acababa de presenciar.

“Mi madre”, dijo Isabella, su voz ahora más clara, aunque áspera. “Mi madre no está donde dicen que está.”

Richard Thornton llegó quince minutos después, en un helicóptero que aterrizó brutalmente en el césped. Su rostro estaba lívido de ira y esperanza.

“Isabella. Hija. ¡Habla! ¿Qué fue lo que dijiste?”, exigió Richard, arrodillándose ante ella.

Ella no se inmutó. La barrera del silencio se había roto, pero la desconfianza permanecía.

“Necesito a Elena”, dijo Isabella, refiriéndose a la madre de Leo.

La Conspiración Silenciosa

Richard, en un frenesí de órdenes, hizo que localizaran a Elena, la madre de Leo, en la casa vecina. La mujer llegó a Oakhaven, asustada, pensando que su hijo había causado algún daño irreparable.

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Elena era una mujer pequeña y fuerte, con manos gastadas por el trabajo.

“Señor Thornton, lamento mucho si Leo ha causado problemas. Él no sabía que este era un parque privado…”

Richard la interrumpió, señalando a Isabella. “Ella habló, Elena. Después de diez años. Y te mencionó a ti.”

Elena se acercó con cautela a Isabella.

“Mi amor, ¿qué necesitas?”, preguntó Elena con una dulzura genuina que contrastaba con la frialdad de la mansión.

“El sándwich era bueno”, susurró Isabella, regalando a Elena la primera sonrisa que Richard veía en una década. “Pero necesito que le digas a mi padre dónde me llevabas a veces, hace diez años.”

Richard se giró hacia Elena, furioso. “¿De qué está hablando? ¿La sacabas de la casa?”

Elena palideció. Hace diez años, cuando Isabella cayó en el mutismo, Elena era la única empleada de limpieza que Richard permitía cerca de su hija. En ese tiempo, Elena le había enseñado a Isabella, secretamente, a leer los labios y a comunicarse con señas básicas.

“Señor, yo… solo quería ayudarla. La llevaba al viejo cementerio de la parroquia, el de la colina baja. Ella siempre se sentaba junto a una lápida sin nombre.”

Richard se quedó helado. La tumba de Eleanor, su primera esposa, estaba en el mausoleo familiar, un monumento de granito pulido.

“¡Esa es una locura! Eleanor está en el mausoleo.”

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Isabella negó con la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas contenidas.

“No. Ella está en la colina baja. La movieron. Y la persona que lo hizo, lo hizo para que nadie encontrara la evidencia.”

El Testamento Amenazado

La acusación de Isabella no solo implicaba que su madre no estaba donde debía, sino que su muerte no había sido accidental, como se había dictaminado oficialmente.

Richard llamó a su abogado, el formidable Arthur Graves, un hombre que parecía haber nacido con un traje de tres piezas.

Graves llegó con la carpeta del testamento. Si Richard moría, la totalidad de su fortuna pasaría a Isabella. Pero en caso de su incapacidad, el control pasaría a su actual esposa, Veronica.

Veronica, la mujer con la que Richard se había casado apenas un año después de la muerte de Eleanor.

Veronica entró en la sala, glamurosa y con una sonrisa forzada.

“Richard, cariño, ¿qué es este alboroto? ¿Isabella está bien? Escuché que habló. ¡Es un milagro!”

Isabella la miró. El odio en los ojos de la joven era palpable.

“No es un milagro”, dijo Isabella, levantándose. “Es justicia. Y tú, Veronica, no recibirás ni un centavo de esta herencia.”

Veronica se echó a reír, una risa aguda y nerviosa. “¿Y qué te hace pensar eso, pequeña tonta? Eres la heredera, sí, pero tu padre y yo estamos casados. Y legalmente…”

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“Legalmente, moviste el cuerpo de mi madre”, interrumpió Isabella. “Y legalmente, mi madre no murió de un aneurisma. Ella te vio robar los documentos de las acciones de la compañía, los que me correspondían a mí. Y tú la empujaste.”

El silencio que siguió fue más pesado que el de los últimos diez años.

Veronica se puso blanca, su sonrisa desapareció.

“¡Miente! ¡Está desvariando! Richard, esto es lo que pasa por dejar que interactúe con gente de la calle, como ese niño y su madre, que solo buscan dinero.”

Richard, con el rostro descompuesto, miró a Graves. “Arthur, necesito que esto se investigue. Y necesito cambiar el testamento, ahora mismo. Veronica queda fuera de cualquier disposición.”

Veronica se acercó a Richard, con la furia hirviendo. “Si me sacas del testamento, te juro que revelaré cada secreto corporativo que guardamos. ¡No puedes hacer esto!”

Ella metió la mano en su bolso de diseñador y sacó un sobre grueso, manchado y viejo.

“¿Crees que no estaba preparada para esto, Richard? Yo sé por qué Isabella se quedó muda. Y no fue por mi culpa. Fue por lo que hiciste justo antes de que Eleanor muriera. ¡Si publico esto, tu imperio se cae mañana!”

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