La Herencia Millonaria que la Convirtió en Dueña de una Mansión: Su Ex, que la Abandonó por 'Pobre', Vuelve Arrepentido.

Ana colgó el intercomunicador, su mano aún temblorosa. La imagen de Juan, parado allí con esa sonrisa forzada, se repetía en su mente. Era una visión tan irreal que por un momento pensó que estaba soñando, que el pasado había vuelto para atormentarla. Pero no, la realidad era cruda y presente. Juan estaba allí, intentando forzar su entrada a un mundo que él mismo había rechazado.

Se levantó lentamente del banco de piedra, su libro cayó al césped sin que ella lo notara. Sus pensamientos eran un torbellino. ¿Qué hacía él aquí? ¿Cómo la había encontrado? La dirección de la mansión era un secreto celosamente guardado, conocido solo por sus abogados y un círculo muy reducido de personas. Un escalofrío no de miedo, sino de una fría determinación, la invadió. Había llorado lo suficiente por él.

Se dirigió hacia la entrada principal de la mansión, sus pasos firmes sobre el mármol pulido. El portero, un hombre de mediana edad llamado Ricardo, que había trabajado para su tío durante décadas y ahora era su leal empleado, la esperaba con una expresión de preocupación.

"Señora, ¿quiere que le diga que no está?" preguntó Ricardo, su voz baja y respetuosa. "Puedo inventar cualquier excusa."

Ana negó con la cabeza. "No, Ricardo. Déjalo pasar. Quiero hablar con él."

Ricardo asintió, visiblemente incómodo, y se dirigió al sistema de seguridad para abrir el portón. Ana se quedó de pie en el umbral de la imponente puerta de caoba, sus brazos cruzados, una expresión de impasibilidad en su rostro. Observó cómo Juan entraba por el largo camino de gravilla que conducía a la entrada principal, sus ojos escaneando la majestuosa fachada de la mansión, la boca ligeramente abierta. La maleta que arrastraba parecía insignificante en aquel entorno de lujo.

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Cuando Juan finalmente llegó a la puerta, su sonrisa se amplió, pero era una sonrisa vacía, forzada. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una mezcla de sorpresa y algo más, algo que Ana reconocía como avaricia.

"¡Ana! ¡Mi amor! ¡No puedo creer que te haya encontrado!" exclamó, intentando dar un paso hacia ella, con los brazos abiertos.

Ana no se movió. Su mirada era como el hielo. "No soy tu amor, Juan. Y no entiendo qué haces aquí."

Él detuvo su avance, sus brazos cayendo torpemente a sus costados. La sonrisa vaciló. "Pero... Ana, soy yo, Juan. ¿No te alegras de verme? He estado buscándote por todas partes."

"¿Buscándome?" Ana soltó una risa amarga. "Hace unos meses, me dejaste porque no te daba el futuro que querías. Me dijiste que era 'pobre', que me conformaba con la 'mediocridad'. ¿Y ahora vienes a mi puerta, a esta 'mediocridad'?"

Juan se sonrojó, pero rápidamente recuperó la compostura. "Ana, mi vida, sé que fui un idiota. Un completo estúpido. Estaba estresado, agobiado por el trabajo, por las deudas... No sabía lo que decía. Te extrañé tanto." Se acercó, intentando tomar su mano.

Ana apartó la mano bruscamente. "No me toques. Y no hables de deudas, Juan. Tú te fuiste porque querías una vida de lujo, una que yo, en ese momento, no podía ofrecerte. Ahora, mágicamente, apareces cuando la situación ha cambiado."

"¡No, Ana! ¡No es así!" Juan protestó, su voz subiendo de tono. "Cuando te dejé, fue el peor error de mi vida. Me di cuenta de que el dinero no lo es todo, que te amo de verdad. He estado arrepentido cada segundo. Cuando me enteré de... de tu buena fortuna, de la herencia que recibiste, sentí una alegría inmensa por ti. Y también una esperanza. La esperanza de que podríamos retomar lo nuestro."

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"¿Te enteraste de mi 'buena fortuna'?" Ana entrecerró los ojos. "¿Y cómo te enteraste? ¿Quién te lo dijo?"

Juan dudó por un instante. "Un amigo en común, de la universidad. Vio una noticia en un periódico local sobre la venta de tu antiguo apartamento y mencionó que te habías mudado a una mansión... Empecé a preguntar, a investigar. Pasé noches sin dormir, Ana, pensando en cómo recuperarte, en cómo pedirte perdón."

Ana lo miró fijamente, evaluando cada palabra, cada gesto. Recordó las noches que pasó llorando, la humillación, la sensación de ser desechada como un objeto inservible. "Interesante. Porque cuando yo estaba destrozada, sin saber cómo iba a pagar el alquiler, tú no te preocupaste por buscarme."

"Lo sé, fui un cobarde. Pero he cambiado, Ana. Esta experiencia me ha hecho ver las cosas de otra manera. Dime, ¿no crees en las segundas oportunidades? Podemos construir esa vida juntos ahora. ¡Imagina todo lo que podemos hacer con esta mansión, con esta fortuna! Podemos viajar por el mundo, podemos tener el estudio de diseño más grande y exitoso, podemos..."

Sus palabras se atropellaban, pintando un futuro idílico que ahora sí incluía la riqueza, el lujo, el estatus. Era el mismo sueño que él había anhelado, pero esta vez, ella ya era la dueña de los medios para alcanzarlo. Su discurso era tan transparente, tan lleno de su vieja ambición, que a Ana le dio náuseas.

"¿Podemos?" Ana interrumpió, su voz gélida. "No hay 'nosotros', Juan. Ya no lo hay. Tú lo destruiste."

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"Pero podemos reconstruirlo," insistió Juan, acercándose de nuevo, con una desesperación creciente en sus ojos. "Piénsalo, Ana. Siempre fuimos un buen equipo. Con el dinero, seríamos imparables. Puedo ayudarte a gestionar todo esto, a invertir, a proteger tu herencia. Sé de negocios, de finanzas. Podríamos ser socios, y más que eso, podríamos ser una familia. ¿No te gustaría tener hijos en esta mansión?"

La mención de "socios" y "familia" en el mismo aliento que la "gestión de la herencia" y las "inversiones" fue la gota que colmó el vaso para Ana. Era evidente que Juan no veía en ella a la mujer que amaba, sino a la dueña de una fortuna, la llave a la vida de lujo que él tanto codiciaba.

"¿Qué quieres decir con 'ayudarme a gestionar'?" Ana preguntó, su voz ahora peligrosamente tranquila. "Soy la única heredera de esta fortuna, Juan. Todo esto me pertenece a mí, y solo a mí."

Juan sonrió, un brillo astuto en sus ojos. "Claro, mi amor. Lo sé. Pero dos cabezas piensan mejor que una, ¿no? Y yo siempre fui bueno con los números. Conozco los riesgos, los abogados... Podríamos ponerlo todo a nombre de los dos, para mayor seguridad, por el bien de nuestro futuro."

Ana sintió que la sangre le hervía. La audacia de Juan era asombrosa, casi insultante. Quería que ella compartiera su herencia millonaria con él, el hombre que la había abandonado por ser "pobre".

"Juan," dijo Ana, dando un paso hacia él, su rostro endurecido por la rabia contenida. "Escúchame bien. No hay futuro para nosotros. No hay 'nosotros'. Y no hay nada que compartir."

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