La Herencia Millonaria y el Secreto Revelado en el Funeral de su Hija

La revelación de Marco cayó como una bomba en el funeral, destrozando la fachada de dolor y respeto. Don Eduardo, a pesar del shock, sintió una extraña punzada en el pecho, una vibración casi imperceptible de esperanza, tan aterradora como atrayente. ¿Y si...? No, era imposible. Sofía había muerto. Él mismo había identificado el cuerpo, o al menos, lo que quedaba de él.

"¡Suéltelo!", ordenó Don Eduardo a los guardias, su voz, aunque débil, recuperando un eco de su antigua autoridad. Los hombres, sorprendidos, soltaron a Marco, quien cayó de rodillas, tosiendo y recuperando el aliento. Se arrastró un poco, acercándose a Don Eduardo, sus ojos suplicantes.

"Soy Marco, señor. Trabajaba en la cafetería cerca de su oficina. Sofía... la señorita Sofía me ayudó una vez. Me dio dinero para la medicina de mi hermana. Ella era buena. No merecía esto", balbuceó, las palabras atropellándose. Don Eduardo frunció el ceño. Sofía era conocida por su caridad discreta, pero ¿este muchacho?

"¿Qué quieres decir con que la viste viva? ¿Y quién es 'él'?", preguntó Don Eduardo, intentando mantener la calma, aunque por dentro un torbellino de emociones lo estaba devorando. La gente se acercaba, susurrando, sus teléfonos grabando.

Marco miró a su alrededor, con terror. "Ricardo... el señor Ricardo. El socio de su empresa, señor. Él no quería que la señorita Sofía heredara la dirección de la compañía. Quería el control total. La vi, señor. La vi con él, discutiendo, días antes del 'accidente'. Y luego, la noche de la tragedia, la vi de nuevo. No estaba en el coche. Estaba viva, la estaban subiendo a otra camioneta."

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Un escalofrío heló a Don Eduardo. Ricardo Vargas. Su mano derecha durante años, un hombre astuto y ambicioso, pero ¿capaz de algo así? La idea era monstruosa. Ricardo había estado a su lado, consolándolo en el velorio, ofreciendo sus condolencias con una falsa sinceridad que ahora parecía una burla cruel.

"¿Qué estás diciendo, Marco? ¡Eso es una acusación muy grave!", interrumpió el abogado de la familia, el señor Morales, un hombre delgado y pulcro que había estado observando la escena con creciente nerviosismo. "Este muchacho está perturbado por el dolor, Don Eduardo."

"¡No estoy perturbado! ¡Lo vi! La noche del 'accidente', yo estaba trabajando horas extras en el turno de noche en la gasolinera de la esquina de la Calle del Sol. Vi su coche, el que supuestamente se estrelló. Pero no era ella quien conducía. Era un hombre con gorra. Y luego, horas después, vi a la señorita Sofía. Estaba en la calle de atrás, cerca del almacén viejo, forcejeando con dos hombres. Uno de ellos era Ricardo Vargas. La metieron en una camioneta oscura. Ella gritó mi nombre, señor. ¡Gritó 'Marco'! Pero yo estaba escondido, asustado. No pude hacer nada." Las palabras de Marco salían en una cascada de angustia y culpa.

El relato del joven, aunque fragmentado y lleno de terror, tenía una coherencia escalofriante. Don Eduardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La policía había dicho que Sofía había muerto instantáneamente en el choque, que el cuerpo estaba irreconocible, por eso la identificación fue rápida y superficial. Pero si lo que Marco decía era cierto...

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"Llamen a la policía. ¡Ahora!", rugió Don Eduardo, su voz recuperando la fuerza de un león herido. Los guardias, que habían estado dudando, se apresuraron a cumplir. El abogado Morales intentó interponerse. "Don Eduardo, piense en el escándalo. Esto es una locura."

"¡Mi hija es lo único que me importa, Morales! Si hay una sola posibilidad de que esté viva, moveré cielo y tierra", replicó el magnate, su mirada de acero clavada en el joven, buscando la verdad en cada fibra de su ser. Marco, con el cuerpo tembloroso, asintió vigorosamente.

La llegada de la policía al cementerio fue caótica. Los agentes, acostumbrados a la solemnidad de los entierros de la alta sociedad, estaban visiblemente incómodos con la situación. El inspector a cargo, un hombre corpulento llamado Rojas, escuchó el relato de Marco con escepticismo, pero la insistencia de Don Eduardo y su influencia eran innegables.

"Señor Montenegro, entiendo su dolor, pero el caso de la señorita Sofía está cerrado. Hubo una investigación exhaustiva, un informe forense...", comenzó Rojas.

"¡Un informe forense de un cuerpo irreconocible que no era el de mi hija!", interrumpió Don Eduardo, su voz cargada de una furia contenida. "Este muchacho afirma haberla visto con Ricardo Vargas, mi socio. Exijo que se reabra la investigación. Exijo que se exhume el cuerpo. ¡Ahora mismo!"

La palabra "exhumar" resonó en el cementerio, provocando un nuevo torbellino de murmullos. La idea era sacrílega, impensable. Pero la determinación en los ojos de Don Eduardo era inquebrantable. El inspector Rojas, bajo la presión de la prensa y la figura del magnate, no tuvo más remedio que ceder.

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El proceso legal para la exhumación fue rápido, impulsado por la influencia de Don Eduardo y la gravedad de las acusaciones. La orden judicial llegó al día siguiente, un documento frío y oficial que sellaba el destino del ataúd. La noticia se extendió como la pólvora, ocupando los titulares de todos los periódicos: "Escándalo en el Funeral Montenegro: ¿La Heredera Viva?".

Don Eduardo, con Marco a su lado, esperó en el cementerio dos días después, bajo un sol que no lograba calentar el ambiente. El equipo forense, con sus trajes protectores, comenzó la tarea macabra. Cada palada de tierra, cada raspado de la pala contra la madera del ataúd, era un golpe en el corazón del viejo. Marco, aunque asustado, se mantenía firme, convencido de lo que había visto.

Finalmente, el ataúd fue levantado y colocado sobre una lona. El silencio era sepulcral, solo roto por el sonido de las herramientas. El forense jefe, un hombre de rostro serio, se acercó con un bisturí. Don Eduardo contuvo la respiración. ¿Qué encontrarían? ¿La verdad, o solo la confirmación de su peor pesadilla? La tapa fue abierta lentamente, revelando el interior. Lo que vieron allí no era el cuerpo de Sofía. Era algo mucho más siniestro, un descubrimiento que heló la sangre de todos los presentes y confirmó los peores temores de Don Eduardo.

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