La Herencia Perdida de la Mansión Blackwood: El Secreto de la Hija Maldita y la Fortuna Robada

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Elara y la extraña maldición que la persiguió desde su nacimiento. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas, una historia donde la fortuna, la traición y un amor inquebrantable se entrelazan.
21 años después, el eco de esa frase todavía resonaba en lo más profundo de mi alma: "Ella trae la mala suerte." No era un simple susurro, sino una sentencia, una sombra perpetua que se cernía sobre cada uno de mis días. Podía sentirla en la forma en que la gente me miraba, en el silencio que se instalaba cuando entraba a una habitación.
Mi primer recuerdo consciente no era de calidez o de abrazos, sino de un frío penetrante. Era una noche helada, el aire cortaba la piel incluso a través de las gruesas capas de la manta que me envolvía. Tenía apenas unos meses, un bulto diminuto y vulnerable dejado en el porche de una vieja casa de campo, la puerta de mis abuelos. El sonido del motor del coche de mis padres alejándose, desvaneciéndose en la distancia, fue la primera sinfonía de mi abandono. Un sonido que, de alguna manera inexplicable, se grabó en mi memoria infantil como el presagio de una vida marcada.
Mis abuelos, dos almas ya cansadas y encorvadas por el peso de una vida de trabajo duro, me acogieron. No con la alegría desbordante que se esperaría al recibir a un nieto, sino con una mezcla de resignación y un miedo apenas disimulado en sus ojos. Su casa, un pequeño refugio de madera con goteras y una chimenea que nunca terminaba de calentar el ambiente, era modesta. Los muebles viejos y gastados, los platos de loza desconchados, todo hablaba de una existencia austera, muy lejos de cualquier lujo o comodidad.
Crecí entre susurros, como si las palabras temieran ser escuchadas por mí, pero siempre llegaban a mis oídos como fragmentos de un rompecabezas macabro. "Desde que ella nació...", empezaba mi abuela con voz queda, mientras mi abuelo asentía con la cabeza, sus ojos grises fijos en el fuego de la chimenea. "Todo cambió con su llegada...", completaba él, el tono cargado de un lamento silencioso. Siempre la misma historia, la misma sombra de una extraña maldición que ellos, a pesar de su fe inquebrantable, nunca pudieron desmentir.
Yo era la chica de los infortunios. Cuando un cultivo se echaba a perder, cuando una vaca enfermaba, cuando el molino del pueblo se averiaba, siempre había una mirada furtiva en mi dirección, un comentario velado. Aprendí a vivir con ello, a construir muros invisibles alrededor de mi corazón para protegerme de esa etiqueta que no entendía, pero que sentía con cada fibra de mi ser. ¿Era yo realmente la causa de todo? ¿Era mi existencia un presagio de desdicha?
Siempre pensé que era una tontería del pasado, una superstición campesina nacida del miedo y la ignorancia. Una forma de explicar lo inexplicable. Pero la duda, como una enredadera persistente, se aferraba a mi mente, especialmente en las noches de insomnio, cuando la casa crujía y el viento aullaba como un espíritu errante.
Hace apenas unas semanas, la necesidad de liberar espacio en el pequeño ático, un reino de telarañas y recuerdos olvidados, me llevó a mi descubrimiento. El aire era denso, cargado con el olor a moho y a tiempo. Cada objeto, cada mueble cubierto con sábanas blancas, parecía guardar su propio secreto. Mis dedos, cubiertos de polvo, se deslizaron sobre una pila de mantas viejas, y allí, escondida debajo, encontré una caja de madera. No era una caja cualquiera; estaba tallada a mano, con un cierre oxidado que cedió con un crujido lúgubre.
Dentro, entre papeles amarillentos por el paso de las décadas y fotografías descoloridas que mostraban rostros desconocidos, había un recorte de periódico. Lo tomé con manos temblorosas. La fecha, impresa en la esquina superior, era de justo antes de mi nacimiento, un mes y medio antes, para ser exactos. Mi corazón dio un vuelco.
El titular, impreso en negrita y con un aire dramático, hablaba de "La Tragedia Inexplicable de Blackwood Manor: Una Serie de Eventos Desafortunados Azota a la Ilustre Familia Sterling". La historia detallaba una cadena de desgracias: un incendio que destruyó la biblioteca principal, una inversión millonaria que se evaporó de la noche a la mañana, y la misteriosa desaparición de una valiosa colección de joyas que había pertenecido a la matriarca de la familia. Y allí, en una foto en blanco y negro, estaba mi madre. Joven, sí, pero su rostro no reflejaba la alegría de la juventud, sino una expresión de puro terror, sus ojos oscuros y dilatados como si hubiera presenciado algo espantoso. A su lado, un hombre apuesto, de porte altivo, mi padre. Ambos, en la cima de una escalinata majestuosa, posando para lo que parecía ser un evento social, pero la leyenda de la foto los identificaba como "los herederos directos de la fortuna Sterling".
Mis ojos se desviaron del periódico hacia otro documento, una carta doblada, escrita con una caligrafía elegante pero nerviosa. La reconocí al instante como la letra de mi padre. "No podemos arriesgarnos, Amelia," comenzaba. "Es la única forma de proteger a la familia de...". La palabra clave, la que revelaría el verdadero peligro, estaba manchada con lo que parecía ser café seco, un borrón oscuro que me impedía descifrar el mensaje completo. Pero pude leer el resto: "...esta maldición que parece perseguirnos. Elara es inocente, pero su llegada ha coincidido con demasiados infortunios. Debemos alejarla, por el bien de todos."
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo una superstición, era algo real para ellos. Y luego, al final de la carta, vi lo que me dejó sin aliento. Un símbolo. Un emblema intrincado, grabado con precisión, que representaba un roble antiguo con raíces profundas y ramas que se extendían hacia el cielo, entrelazadas con una serpiente que mordía su propia cola. Era el mismo símbolo que mi abuela siempre llevaba oculto en un pequeño medallón de plata, un objeto que, bajo ninguna circunstancia, me había dicho que mostrara a nadie. "Es un recuerdo de tiempos pasados, Elara," me había dicho con una seriedad inusual. "Guárdalo, pero nunca lo reveles. Hay cosas que es mejor que permanezcan ocultas."
Mi mente giraba, tratando de unir las piezas. ¿Qué significaba ese símbolo? ¿Estaba relacionado con la tragedia de Blackwood Manor? ¿Y por qué mis padres, herederos de una fortuna, me habían abandonado en la puerta de unos abuelos humildes, convencidos de que yo traía la mala suerte? La historia que había creído conocer de mi vida se desmoronaba ante mis ojos, dejando al descubierto un abismo de misterios y verdades ocultas.
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