La Mansión del Millonario Escondía un Testamento de Dolor y una Herencia Robada

María tragó saliva, sintiendo el nudo en la garganta más apretado que nunca. La mirada inescrutable del señor Fernández no se desviaba. Parecía escudriñar su alma, buscando alguna señal, alguna debilidad.
"No, señor Fernández," logró balbucear, su voz apenas un susurro tembloroso. Se agachó rápidamente para recoger el plumero, un movimiento torpe que delataba su nerviosismo. Sus manos temblaban tanto que casi lo dejó caer de nuevo.
Mientras se incorporaba, sus ojos se desviaron hacia el portarretratos, que ahora parecía brillar con una luz propia, desafiándola. Elías Fernández siguió su mirada. Por un instante, una fracción de segundo, un destello de algo parecido a la preocupación o la cautela cruzó por sus ojos. Pero fue tan rápido que María no pudo estar segura.
"Es una niña muy linda," se atrevió a decir María, intentando que su voz sonara casual, desinteresada. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo.
Elías Fernández se acercó al escritorio, sus pasos lentos y deliberados. Se detuvo junto al portarretratos, su figura imponente se cernía sobre la pequeña imagen. Su mano, grande y fuerte, se extendió y tomó el marco de plata.
"Sí," respondió, su voz ahora más suave, casi melancólica. "Es mi nieta, Isabella."
La palabra "nieta" la golpeó como un rayo. Nieta. No hija. ¿Pero qué diferencia hacía? La niña en la foto era Sofía, su Sofía. ¿Cómo había llegado a ser la nieta de este hombre?
"¿Isabella?", preguntó María, apenas audible. El nombre era diferente, pero eso no significaba nada. Los nombres podían cambiarse. Las caras, no.
Elías Fernández la miró fijamente. "Así es. Mi única nieta. La luz de mi vida." Un atisbo de emoción, algo parecido a un profundo afecto, suavizó sus rasgos por un instante.
María sintió que el aire se le iba. Su única nieta. ¿Y si su Sofía, su hija, había sido adoptada por uno de los hijos del millonario? Pero ella no conocía a ningún hijo del señor Fernández. Él era conocido por su vida solitaria y su hermetismo.
"Se parece mucho a... a alguien que conocí hace mucho tiempo," dijo María, arriesgándose, sintiendo que un impulso incontrolable la empujaba a saber más. No podía quedarse callada. No después de tantos años de silencio y dolor.
Los ojos de Elías Fernández se entrecerraron ligeramente. Su expresión volvió a ser la de antes, impenetrable. "Es una coincidencia, entonces," afirmó, su tono volviendo a ser frío y distante. Dejó el portarretratos de nuevo en su lugar, con una precisión casi militar.
"No, no creo que sea una coincidencia," la voz de María se alzó, más firme de lo que esperaba. La desesperación le dio coraje. "Yo… yo tuve una hija hace diez años. Se llamaba Sofía. Y se parecía… se parece exactamente a esa niña."
El silencio que siguió fue atronador. Elías Fernández la miró, no con ira, sino con una sorpresa helada, casi desconfianza.
"¿Qué está diciendo, señorita María?", preguntó, su voz baja, pero cargada de una autoridad inquebrantable. "Mi nieta, Isabella, ha estado conmigo desde que nació. No tengo conocimiento de ninguna Sofía."
"Pero… pero es ella," insistió María, las lágrimas asomándose a sus ojos. "Los mismos ojos, la misma sonrisa… yo la di a luz. Ella fue… ella me fue arrebatada."
La historia de María era un eco de un dolor antiguo. Diez años atrás, joven, sola y sin recursos, había dado a luz a Sofía. El padre la había abandonado. La miseria y la falta de apoyo la habían llevado a una decisión desgarradora. Un abogado, el señor Ricardo Solís, se había presentado como un "ángel" que le ayudaría a encontrar una buena familia para su bebé, prometiéndole que podría visitarla, seguir su crecimiento, que no la perdería del todo. Pero después de firmar unos papeles complejos, Solís desapareció. Y Sofía también. Nunca más supo de ella. Las visitas prometidas nunca llegaron. Las llamadas quedaron sin respuesta. Su desesperación fue silenciada por la burocracia y la falta de dinero para luchar.
"El abogado… el señor Solís… él me dijo que la familia que la adoptaría era muy buena, que la cuidarían… pero nunca más supe nada," relató María, las palabras brotando como un torrente. "Intenté buscarla, pero no tenía dinero. Él me engañó."
Elías Fernández escuchó, su rostro como una máscara de piedra. Cuando María terminó, él permaneció en silencio por un largo momento, procesando sus palabras.
"El abogado Ricardo Solís," repitió el millonario, una chispa de reconocimiento, o quizás de algo más oscuro, en sus ojos. "Conozco ese nombre. Fue un abogado muy… particular, que trabajó en algunos asuntos para mi difunta esposa hace años."
María sintió un escalofrío. "Su esposa… ¿ella adoptó a mi Sofía?"
Elías Fernández negó con la cabeza lentamente. "Mi esposa falleció hace doce años. Isabella es hija de mi hijo, David, quien también falleció en un trágico accidente hace ocho años. Mi esposa y David nunca tuvieron contacto con Solís para una adopción de un bebé. Isabella fue el resultado de un matrimonio anterior de David, con una mujer que… bueno, que desapareció poco después del nacimiento, dejándonos a Isabella. Yo la crié desde entonces."
La confusión de María se profundizó. Si Isabella era hija de David, el hijo del millonario, ¿cómo podía ser su Sofía? ¿Era posible que David hubiera adoptado a Sofía y le hubiera cambiado el nombre, y que Solís estuviera involucrado en ese proceso turbio?
"Por favor, señor Fernández," suplicó María, las lágrimas ya rodando por sus mejillas. "Necesito saber la verdad. Esa niña… es mi hija. Lo sé. Lo siento en cada fibra de mi ser. ¿Podría haber un error? ¿Podría el abogado Solís haber orquestado algo terrible?"
Elías Fernández se quedó pensativo, su mirada perdida en algún punto más allá de María, más allá de los lujosos muros de su estudio. Su mandíbula se tensó. El nombre de Ricardo Solís parecía haber despertado algo en él, una vieja herida, o un recuerdo desagradable.
"Ricardo Solís… era un hombre sin escrúpulos. Si él estuvo involucrado, cualquier cosa es posible," murmuró el millonario, casi para sí mismo. Luego, levantó la vista y miró a María con una intensidad renovada. "Pero mi nieta es Isabella Fernández. Y no permitiré que nadie la perturbe con historias infundadas."
María sintió un pinchazo de desesperación. Él la estaba despidiendo, la estaba silenciando. Pero no podía rendirse. No ahora que estaba tan cerca.
"Por favor, señor Fernández. Solo pido una oportunidad para verla de cerca, para hablar con ella. Solo una vez. Si no es mi Sofía, lo aceptaré y me iré para siempre."
Elías Fernández la estudió por un largo momento, su rostro aún impasible, pero con una lucha interna que María no podía comprender. Finalmente, suspiró, un sonido pesado que llenó el estudio.
"No puedo permitir eso, señorita María. No sin pruebas. No puedo exponer a mi nieta a… a un dolor innecesario. Sin embargo," continuó, y su voz adquirió un tono más grave, más conspirador, "el nombre de Solís me trae malos recuerdos. Mi esposa, antes de morir, me confesó haber estado involucrada en un asunto delicado con él, algo relacionado con un testamento y una propiedad, pero nunca me dio los detalles. Me pidió que nunca confiara en él."
María lo miró, la esperanza renaciendo en su pecho. "¿Un testamento? ¿Propiedad? ¿Y si tenía que ver con mi hija? ¿Y si mi hija era parte de esa herencia?"
Elías Fernández se acercó a una estantería empotrada, moviendo un par de libros antiguos. Detrás de ellos, reveló una pequeña caja fuerte empotrada en la pared. Abrió la caja con una combinación que tecleó con precisión. De su interior, sacó un sobre de papel amarillento, sellado y sin remitente.
"Mi esposa me dejó esto. Me dijo que solo lo abriera si alguna vez dudaba de la verdad sobre David o Isabella. Nunca lo he hecho. Hasta ahora," dijo, su voz cargada de un peso inesperado. "Contiene… documentos. Y una carta."
María sintió que la sangre se le helaba. ¿Podría ese sobre contener la verdad que había buscado durante una década? ¿El secreto de su hija, de su Sofía, y de la conexión con esta inmensa fortuna?
Elías Fernández rompió el sello con un movimiento brusco. Sacó un manojo de papeles y una carta escrita a mano. Sus ojos recorrieron rápidamente el contenido. A medida que leía, su rostro, antes impasible, se contrajo en una mueca de incredulidad y horror. Sus manos comenzaron a temblar.
"No puede ser," susurró, su voz apenas audible. "No… esto es una trampa. Una horrible y cruel traición."
Levantó la vista hacia María, sus ojos grises ahora llenos de una furia contenida, pero también de una profunda tristeza. "Usted tenía razón, señorita María. Solís… Solís es un demonio. Y mi esposa… mi esposa también fue una víctima. O una cómplice."
Extendió uno de los documentos hacia María, sus manos aún temblorosas. Era un certificado de nacimiento. El nombre de la madre: María Elena Rojas. El nombre del padre: Desconocido. Y el nombre del bebé: Sofía.
María tomó el papel con manos temblorosas. Sus ojos se fijaron en su propio nombre. Era ella. Era su Sofía. Pero en la sección de "adoptantes", había dos nombres que la dejaron sin aliento: David Fernández y… ¡Ricardo Solís!
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