La Mansión del Millonario Ocultaba un Secreto: El Plomero Reveló la Verdad del Joven Heredero

El lino amarillento, áspero al tacto, se deshizo entre mis dedos con una lentitud exasperante, como si el tiempo mismo se resistiera a revelar su contenido. Mis ojos, fijos en el paquete, apenas registraron el polvo que caía de la pared, o la mirada ansiosa de Juan. Cuando finalmente la tela cedió, exponiendo el interior, el aire se volvió denso. Mi mente se negó a procesarlo, pero mis ojos no podían apartarse.
No era un tesoro de piratas, ni un arma, ni siquiera un diario. Eran tres objetos, cada uno más desconcertante que el anterior, y todos ellos gritaban secretos y peligros.
Primero, una gruesa pila de billetes de cien dólares, atados con una banda de goma vieja. No era una pequeña suma; era una cantidad considerable, más dinero del que Leo podría haber ganado en años de trabajos de verano, y definitivamente más de lo que yo le daba para sus gastos. El olor a papel moneda viejo y a humedad se mezcló con el dulzón hedor del baño.
Luego, un teléfono móvil. Pero no era un smartphone moderno como el de Leo. Era un modelo antiguo, de esos que no tienen pantalla táctil, tosco y robusto, con la batería removida. Un "quemador", pensé con un escalofrío, una palabra que yo, en mi protegida existencia, solo había escuchado en películas. ¿Por qué mi hijo tendría un teléfono así?
Y finalmente, lo que más me perturbó: una pequeña caja de madera de ébano, exquisitamente tallada con motivos que parecían antiguos símbolos egipcios o babilónicos. Dentro, sobre un lecho de terciopelo descolorido, descansaba un anillo. No era un anillo de fantasía. Era oro antiguo, trabajado con una maestría que gritaba siglos de historia y un valor incalculable. Un zafiro azul profundo, del tamaño de una uña, estaba engastado en el centro, rodeado de pequeños diamantes que brillaban con una luz propia, incluso en la penumbra del agujero.
Junto al anillo, doblada con precisión, había una nota manuscrita. La letra no era la de Leo. Era más angulosa, más adulta, y el papel, grueso y cremoso, tenía un olor particular, como a tabaco y cuero viejo. La leí en voz alta, mi voz temblorosa: "Pago final. Contacto 789-XXX-XXX. La pieza se entrega en el punto acordado. No falles. La Deuda será saldada."
"Señora Sofía...", la voz de Juan me sacó de mi estupor. Él, con su discreción habitual, me ofreció un vaso de agua que apareció de la nada. Su rostro, aunque aún pálido, mostraba una mezcla de preocupación y una tácita comprensión. Él también sabía que aquello no era normal.
Mi mente estaba en un torbellino. La imagen de mi hijo, el estudiante ejemplar, el atleta prometedor, el heredero impoluto de la mansión, se hizo añicos en mi cabeza. ¿Leo, escondiendo esto? ¿Dinero ilícito, un teléfono anónimo, una joya antigua de valor incalculable y una nota que hablaba de "pago final" y "deuda"? La náusea me invadió. ¿Quién era este Leo que yo no conocía?
El sonido de la llave en la puerta principal me sacó de mi parálisis. Leo. Estaba de vuelta del colegio. Con manos temblorosas, volví a envolver los objetos en el lino, los empujé con desesperación al fondo del agujero y pedí a Juan que, por favor, cubriera la pared lo antes posible, prometiéndole que hablaríamos más tarde. Él asintió, su mirada de pena confirmando que mi terror no era infundado.
Me esforcé por componer el semblante. Una sonrisa forzada, una voz que intentaba sonar normal, mientras Leo entraba por la puerta de la cocina, radiante y despreocupado. "Hola, mamá, ¿qué tal tu día? Huele a lavanda, ¿hiciste té?" Su normalidad era una puñalada. ¿Cómo podía actuar así, con tales secretos ocultos en su propia habitación?
Esa noche, el sueño me fue esquivo. Esperé a que la mansión se sumiera en el silencio, a que los ronquidos suaves de Leo desde su habitación confirmaran que estaba profundamente dormido. Entonces, me levanté. Con el corazón martilleando en mi pecho, volví al cuarto de mi hijo. Juan había hecho un trabajo admirable cubriendo el agujero, pero yo sabía exactamente dónde estaba.
Con una pequeña linterna, y una herramienta improvisada, volví a abrir la pared. Los objetos estaban allí, esperando. Saqué el teléfono quemador. Con manos temblorosas, le puse la batería. Se encendió. Una pantalla monocromática, un menú básico. Solo un contacto guardado: "El Contratista". Y unos pocos mensajes recientes, crípticos. "Mañana, 20:00. El Almacén del Viejo Puerto." "La pieza se entrega en el punto acordado."
Miré el anillo. Su estilo me resultaba extrañamente familiar. Recordé una historia que Ricardo, mi esposo, había contado una vez sobre una rama lejana de su familia, gente con una pasión por coleccionar antigüedades, pero siempre envuelta en un aura de misterio y discreción. Ricardo siempre fue muy reservado sobre la fortuna familiar, su origen, sus verdaderos activos.
"La Deuda será saldada." ¿Qué deuda? ¿Qué tenía que ver mi hijo, mi inocente Leo, con esto? No podía soportar la incertidumbre. Usando mi propio teléfono, con la voz disfrazada, marqué el número de la nota. Un hombre de voz grave y áspera contestó. "Ya sabes dónde y cuándo. No hay más prórrogas." Y colgó antes de que pudiera decir una palabra.
El Almacén del Viejo Puerto. La dirección del mensaje del teléfono quemador. No había duda. Leo estaba involucrado en algo. Algo oscuro, peligroso. Tenía que ir. Tenía que saber.
Le dejé una nota a Juan, que vivía en una pequeña casa en los terrenos de la mansión, diciéndole que había una emergencia familiar. Conduje hasta el viejo puerto, un lugar que nunca había imaginado visitar. La luna proyectaba largas sombras sobre los muelles abandonados y los esqueletos de viejos barcos. El aire olía a sal, óxido y desesperación.
Mi corazón latía con fuerza, un tambor de guerra en mi pecho. Vi el coche de Leo, estacionado discretamente detrás de unos contenedores. Mi hijo estaba aquí. Mi hijo estaba en peligro.
Me acerqué al almacén, una mole oscura y amenazante. Unas luces tenues se filtraban por las grietas de las ventanas. De repente, una figura corpulenta emergió de las sombras, no Leo, sino un hombre grande, intimidante. Hizo un gesto hacia la entrada del almacén. "Te estábamos esperando, muchacho."
Y entonces lo vi. A Leo, mi Leo, saliendo de la oscuridad y caminando hacia el interior del almacén, hacia el hombre corpulento y hacia un destino que se me antojaba fatal. Me congelé, oculta entre la maleza, observando a mi hijo adentrarse en una situación mucho más peligrosa de lo que jamás había concebido.
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