La Mansión del Millonario Ocultaba un Secreto: El Plomero Reveló la Verdad del Joven Heredero

Paralizada por el miedo, me quedé inmóvil, observando desde mi escondite entre los viejos bidones oxidados. La figura de Leo, mi hijo, parecía más pequeña, más vulnerable bajo la luz amarillenta que se filtraba por la puerta entreabierta del almacén. Los hombres que lo esperaban eran dos, ambos corpulentos, con miradas duras que no prometían nada bueno.

No podía escuchar sus palabras, solo fragmentos de una conversación tensa, susurros cargados de hostilidad. Vi a Leo entregar un paquete, envuelto en un papel oscuro. Era el anillo, el dinero, o quizás ambos. Los hombres lo examinaron con ojos críticos, sus gestos bruscos, llenos de desconfianza.

De repente, la discusión se encendió. Uno de los hombres, el más alto y con una cicatriz sobre la ceja, empujó a Leo con una fuerza brutal. Mi hijo tropezó, casi cayendo. En ese instante, el instinto maternal, esa fuerza primigenia que anida en el corazón de toda madre, barrió mi miedo. No podía quedarme allí, escondida, mientras mi hijo era agredido.

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Salí de mi escondite, la adrenalina corriendo por mis venas, y grité el nombre de Leo. "¡Leo!"

Los dos hombres se giraron, sorprendidos. Leo, al verme, palideció aún más, su rostro una mezcla de terror, vergüenza y una profunda tristeza. Los ojos del hombre de la cicatriz me taladraron, una amenaza silenciosa.

"¿Quién es esta vieja?", gruñó el otro, un hombre con barba rala.

"¡Soy su madre!", espeté, aunque mi voz temblaba. "¡

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