La Mansión del Millonario Olvidado: El Perro de Sofía Descubre el Testamento Perdido que Cambiará su Destino

El oficial Ramírez pidió a sus compañeros que contuvieran a Max, que ahora ladraba con una ferocidad renovada, intentando inútilmente interponerse entre el oficial y la pared. El perro arañaba el suelo, sus uñas raspando la madera, su cuerpo tenso como un resorte. Sofía y Carlos observaban la escena con el corazón en un puño, sin entender qué estaba pasando. La mirada de Ramírez era grave. "Señores, esto no es una grieta común", dijo, su voz resonando en el silencio tenso de la habitación. "Y este cable... no es de la instalación eléctrica de la casa".
Con la ayuda de una pequeña navaja multiusos que siempre llevaba consigo, el oficial comenzó a raspar el papel tapiz alrededor de la grieta. Sofía contuvo el aliento. Detrás del papel, la pared no era de yeso sólido, sino de madera. Una sección de la pared, de aproximadamente un metro cuadrado, se sentía hueca al tacto. No era parte de la estructura original.
Carlos, con una mezcla de curiosidad y miedo, se acercó. "Compramos esta casa a un precio ridículamente bajo, oficial. Era una mansión antigua, sí, pero el agente inmobiliario dijo que el anterior dueño era un excéntrico que se había deshecho de ella rápidamente. Un millonario solitario, Don Elías Valdés, que desapareció sin dejar rastro hace casi diez años. Nadie sabía de herederos."
Las palabras de Carlos resonaron en la habitación. Ramírez asintió, su rostro inexpresivo. "Eso explica muchas cosas. Este tipo de construcciones son comunes en casas antiguas con historias complicadas." Con más fuerza, el oficial hizo palanca en la madera. Un crujido seco y, con un esfuerzo, un panel oculto cedió, abriendo un hueco oscuro en la pared.
Un olor a polvo y a antigüedad llenó la habitación. Dentro del hueco, apenas iluminado por la linterna del oficial, había una pequeña caja de madera, tallada con intrincados diseños que parecían antiguos. El cable que Max había detectado no era un cable eléctrico, sino una delgada línea de cobre que se extendía desde la parte trasera de la caja hasta un pequeño interruptor casi invisible en el marco del panel. Era un rudimentario sistema de alarma, activado por la presión, diseñado para alertar si alguien intentaba mover el panel. Max, con su agudo sentido, lo había detectado.
El oficial sacó la caja con cuidado. Era sorprendentemente pesada. En su interior, no había oro ni joyas, sino una pila de documentos amarillentos, atados con una cinta de seda descolorida. En la parte superior, un sobre grande con un sello notarial antiguo. "Esto parece importante", murmuró Ramírez.
Sofía y Carlos se acercaron, sus ojos fijos en la caja. "Espera", dijo Carlos, levantando un pequeño objeto que había caído de la caja. Era un viejo reloj de bolsillo de plata, grabado con las iniciales "E.V.". "Don Elías Valdés", susurró Sofía.
Ramírez abrió el sobre con sumo cuidado. El primer documento era un testamento. Un testamento formal, fechado un mes antes de la desaparición de Don Elías Valdés. La lectura de las primeras líneas dejó a Sofía y Carlos sin aliento.
"Yo, Elías Valdés de la Vega, en pleno uso de mis facultades mentales, y ante la inminente amenaza que se cierne sobre mi persona y mi propiedad, dispongo lo siguiente..."
El documento continuaba describiendo una conspiración. Don Elías, un millonario sin parientes cercanos conocidos, había descubierto que su abogado, un tal Gregorio Fuentes, y su socio comercial, Ramiro Beltrán, estaban desfalcando su fortuna sistemáticamente. Habían planeado, incluso, su desaparición para quedarse con sus bienes y empresas. El testamento anulaba cualquier documento anterior y dejaba la totalidad de su herencia –que incluía no solo la mansión sino también una considerable fortuna en acciones, cuentas bancarias y otras propiedades– a "la primera familia que, sin buscar lucro, habite esta casa y demuestre un amor y cuidado genuino por un ser vivo desvalido, como un perro abandonado".
Carlos y Sofía se miraron, incrédulos. La descripción era tan específica que parecía hablaba de ellos. Habían comprado la casa sin saber nada de su historia, y habían adoptado a Max, un perro abandonado.
Pero el testamento no era la única revelación. Debajo, había una serie de documentos que detallaban las transacciones fraudulentas de Fuentes y Beltrán, pruebas irrefutables de su deuda millonaria y sus crímenes. Incluso había un diario personal de Don Elías, que relataba sus últimos días de terror y su plan para esconder la verdad y asegurarse de que los verdaderos culpables fueran expuestos. El cable era parte de su trampa final.
De repente, un timbre estridente rompió el silencio. No era el timbre de la puerta, sino un sonido agudo y electrónico que parecía venir de la caja. Un pequeño dispositivo, oculto en el fondo, había sido activado al sacar el testamento. Era un transmisor, un último recurso de Don Elías. El diario explicaba que, si el dispositivo se activaba, enviaría una señal a un abogado de confianza que él había contratado en secreto, un hombre llamado Ricardo Vargas, con instrucciones de investigar su desaparición y el contenido de la caja.
Max, al escuchar el timbre, dejó de gruñir y se acercó a Sofía, lamiéndole la mano. Su mirada había cambiado. La agresividad había desaparecido, reemplazada por una expresión de alivio y, extrañamente, orgullo. Había cumplido su misión.
La noche se convirtió en un torbellino. Llamadas a la policía, a un juez, a los abogados mencionados en el testamento. La noticia de la aparición del testamento de Don Elías Valdés, un caso de alto perfil que había permanecido sin resolver durante años, corrió como la pólvora. En cuestión de horas, la mansión de Sofía y Carlos se llenó de detectives, peritos y, al día siguiente, de periodistas.
Pero la revelación también trajo peligros. El abogado Gregorio Fuentes y el empresario Ramiro Beltrán, los antagonistas del testamento, no tardaron en enterarse. Su fortuna y su libertad estaban en juego. La primera amenaza llegó en forma de una llamada anónima a Carlos, advirtiéndole que "la herencia de los Valdés traía consigo una maldición para los intrusos". La segunda, un sobre con fotos de Sofía y su vientre, dejado en el buzón. La tensión se elevó a niveles insoportables. La vida de Sofía, de Carlos y de su futuro bebé, estaba ahora en el punto de mira de dos hombres desesperados.
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