La Mansión y la Mentira: Cómo un Niño sin Hogar Desveló el Tesoro Oculto y la Deuda Millonaria de mi Prometida

El regreso de Laura a casa esa mañana fue un tormento. No corrió. Caminó, arrastrando los pies, con la mente en un torbellino. Cuando entró al apartamento, su rostro estaba pálido, sus ojos, antes llenos de alegría, ahora reflejaban una mezcla de pánico y desesperación.
"Laura, cariño, ¿estás bien?" pregunté, notando su estado. Dejé los papeles de la luna de miel y me acerqué a ella, preocupado. Su piel estaba fría al tacto.
Ella me miró, y por un instante, vi un destello de terror puro. "Estoy... estoy bien, Alex. Solo un poco cansada. Tuve... tuve un encuentro extraño en el parque." Su voz era un susurro, apenas audible.
Trató de ocultar el sobre en su bolsillo, pero yo ya lo había visto. "¿Qué tienes ahí? ¿Un regalo sorpresa?" Intenté bromear, pero la tensión en el ambiente era palpable.
"No... no es nada," dijo ella, apartando la mirada. Su evasión era tan obvia que una punzada de inquietud me atravesó. Laura nunca me ocultaba nada. O eso creía yo.
Ese día, la atmósfera en nuestro hogar, antes vibrante de anticipación, se volvió densa. Laura se encerró en sí misma. Evitaba mi mirada, respondía con monosílabos. La vi teclear furiosamente en su teléfono, luego borrar mensajes, luego volver a teclear. Su nerviosismo era evidente, y mi preocupación se transformó en una creciente sospecha.
Esa noche, mientras ella dormía (o fingía dormir, porque escuché sus suspiros y movimientos inquietos), mi curiosidad se volvió incontrolable. Había algo muy mal. No era mi costumbre hurgar en sus cosas, pero la Laura de hoy no era la mujer con la que me iba a casar. Con el corazón latiéndome a mil, busqué el sobre. Lo encontré escondido bajo un montón de ropa en su armario.
Mis manos temblaron mientras sacaba la foto y la nota. La imagen del hombre caminando, Don Ricardo, y Laura a su lado con esa sonrisa helada... Un escalofrío me recorrió la espalda. Don Ricardo. El tío de Laura. El excéntrico millonario que vivía recluido en su mansión en las afueras, supuestamente postrado en una silla de ruedas tras un derrame. Laura era su única pariente viva y su cuidadora principal. Según ella, su devoción era tal que Don Ricardo había modificado su testamento para dejarle la mayor parte de su vasta fortuna, que incluía la legendaria Mansión Blackwood y una impresionante cartera de inversiones.
La nota lo confirmaba. "¿El niño de la silla de ruedas es un peón?" La frase retumbó en mi cabeza. Mateo. El niño al que Laura ayudaba con tanta regularidad. ¿Podría ser una farsa? ¿Podría Laura ser capaz de algo así? Mi mente se negaba a creerlo. Pero la evidencia estaba frente a mí.
A la mañana siguiente, la confrontación era inevitable. Laura estaba en la cocina, preparando café, su espalda rígida. Me acerqué, con la foto y la nota en mis manos, que ahora se sentían pesadas como plomo.
"Laura," dije, mi voz apenas un murmullo. "Necesitamos hablar."
Ella se giró lentamente, sus ojos azules, antes tan llenos de vida, ahora vacíos y llenos de miedo. Vio lo que tenía en mis manos y el color se le fue del rostro.
"Alex... yo... puedo explicarlo," balbuceó, extendiendo una mano temblorosa.
"¿Explicar qué, Laura?" Mi voz se elevó, la rabia empezando a burbujear dentro de mí. "¿Que tu tío, el millonario Don Ricardo, que supuestamente está postrado en una silla de ruedas, está paseando por un jardín como si nada? ¿Y que tú estás a su lado, sonriendo como si hubieras ganado la lotería?"
Las lágrimas brotaron de sus ojos. "No es lo que parece, te lo juro. Es complicado."
"¡Complicado!" Grité, mi voz resonando en el apartamento. "¿Complicado es que un niño sin hogar, a quien tú compadecías, te desenmascare? ¿Complicado es que la mujer con la que me voy a casar en tres días esté involucrada en lo que parece ser un fraude de herencia?"
Laura se derrumbó en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. "Es por nosotros, Alex. Por nuestro futuro. La fortuna de Ricardo... es inmensa. Siempre ha sido un hombre difícil, recluso. Después de su 'derrame', me encargué de todo. Su testamento me dejaba una miseria, pero si demostraba ser su única cuidadora devota, todo cambiaría."
"¿Y la silla de ruedas? ¿El derrame? ¿Todo fue una mentira?"
Ella levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados. "No al principio. Tuvo un pequeño incidente, sí. Pero se recuperó rápidamente. Yo... vi una oportunidad. Él es un hombre muy mayor, y siempre ha sido muy manipulador. Lo convencí de que necesitaba reposo absoluto, de que su condición era más grave de lo que los médicos decían. Lo aislé. Lo mantuve 'convaleciente' en la Mansión Blackwood, mientras yo gestionaba su vida, sus finanzas. Y el testamento."
Mi cerebro apenas podía procesar la magnitud de su engaño. "Y el niño, Mateo... ¿También fue parte de tu plan?"
Laura asintió, sollozando. "Sí. Lo encontré. Le pagué para que fingiera una discapacidad, para que estuviera en el parque. Era una distracción. Si la gente veía a un niño en silla de ruedas, no pensarían que el verdadero 'inválido' era mi tío. Era para reforzar la imagen de que yo era la única que se preocupaba por los vulnerables, por mi tío."
La náusea me invadió. La mujer que amaba, la mujer que iba a ser mi esposa, era una manipuladora fría y calculadora. Estaba usando la enfermedad de su tío, la vulnerabilidad de un niño, para asegurar una fortuna.
"¿Y la nota? ¿Quién la escribió?"
Laura dudó. "No lo sé. Quizás alguien de la servidumbre de la mansión. Ricardo tiene algunos empleados muy leales, pero otros... siempre han estado resentidos."
En ese momento, mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi abogado, el señor Davies. Una notificación urgente sobre un testamento. Mi padre, un hombre de negocios astuto, siempre había desconfiado de la repentina devoción de Laura por su tío millonario. Había estado investigando.
"Alex," Laura me suplicó, levantándose y agarrando mi brazo. "Por favor, no digas nada. Podemos arreglar esto. Con la fortuna de Ricardo, seremos intocables. Podremos pagar cualquier deuda, construir el imperio que siempre hemos querido. Nuestra vida de lujo, nuestra mansión... todo está a nuestro alcance."
Sus palabras, antes seductoras, ahora sonaban huecas y repulsivas. No era la vida que yo quería. No con una mentira tan grande cimentándola.
Mientras Laura seguía suplicando, mi mirada se posó en el calendario de la cocina. Tres días para la boda. Tres días para unirme a una mujer que había construido su futuro sobre un castillo de naipes de engaños y avaricia. La imagen de Mateo, el niño que había caminado, se grabó en mi mente. Él había sido el detonante, la pequeña chispa que había encendido un fuego que ahora consumía todo lo que creía saber.
En ese instante, mi teléfono volvió a sonar. Una llamada entrante del señor Davies. Su voz sonaba grave, urgente. "Alex, tienes que venir a mi oficina ahora mismo. Hemos descubierto algo impactante sobre Don Ricardo y el testamento de tu prometida. Es mucho más grave de lo que imaginamos. Involucra una deuda millonaria y un acuerdo secreto..."
Laura me miró, con los ojos llenos de terror, sabiendo que el tiempo se había agotado. El abismo se abría a nuestros pies.
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abeses nos ocultan la verdad por conveniencias y nos dan todo el amor y se sabe la verdad de la persona que menos se espera y nos abren los ojos y nos asen abrir los ojos aunque duela la verdad debemos haceptarla aunque duela el corazón
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