La Mentira Perfecta: El Secreto Que Destrozó Su Hogar

Las Sombras En El Paraíso
Los días siguientes fueron una tortura silenciosa para Juan. La imagen de Sofía agarrando a su madre se repetía sin cesar en su cabeza.
Intentó hablar con Doña Elena, pero ella siempre evadía el tema.
— Estoy bien, hijo. Sofía tiene razón. Son los nervios. Ya sabes cómo me pongo.
Su voz era débil, su mirada esquiva. Juan notaba que su madre había perdido su chispa. Caminaba más encorvada, comía menos, y sus risas, antes frecuentes, ahora eran ecos lejanos.
Sofía, por su parte, se desvivía en atenciones. Traía flores, cocinaba los platos favoritos de Doña Elena, le compraba regalos.
Demasiado. Era demasiado perfecto.
Juan, que siempre había sido observador, empezó a notar pequeñas cosas.
Cuando Sofía pensaba que él no miraba, su sonrisa desaparecía. Sus ojos se volvían fríos, calculadores.
Una tarde, mientras Sofía ayudaba a Doña Elena a subir las escaleras, Juan las observó desde la cocina.
Sofía le ofrecía su brazo, pero su agarre parecía más bien un empuje. La expresión de Doña Elena era de incomodidad, casi de dolor.
Cuando Sofía se dio cuenta de la mirada de Juan, su rostro se transformó en una máscara de dulzura.
— ¡Qué lenta va Doña Elena hoy! Necesita más energía para el gran día, ¿verdad?
Juan no respondió. La duda se arraigaba más profundamente en su corazón.
Una noche, cenando, Juan intentó sacar el tema de nuevo.
— Mamá, ¿estás segura de que te sientes cómoda con Sofía?
Sofía, que estaba a punto de llevarse un bocado a la boca, detuvo el tenedor a medio camino. La tensión en la mesa era palpable.
Doña Elena levantó la vista. Miró a Sofía, luego a Juan.
— Sí, hijo. Sofía es muy buena conmigo. Me cuida.
Las palabras sonaron huecas. Como si las recitara de memoria.
Juan sintió una frustración inmensa. Su madre le estaba mintiendo. O Sofía la había intimidado hasta el silencio.
Decidió que necesitaba pruebas. No podía acusar a Sofía sin ellas. No podía romper su compromiso, su vida, basándose solo en una intuición y el miedo silencioso de su madre.
Comenzó a instalar pequeñas cámaras ocultas. Una en la sala, otra en la cocina, una más en el pasillo que llevaba a la habitación de su madre.
Nervioso, con el corazón en un puño, esperó.
Los primeros días no revelaron nada. Sofía era un ángel. Atenta, paciente, cariñosa.
Juan empezó a dudar de sí mismo. ¿Estaba volviéndose paranoico? ¿Quizás Sofía tenía razón y su madre solo estaba "sensible"?
Pero el miedo en los ojos de Doña Elena no desaparecía.
Una tarde, Juan tuvo que ir a una reunión urgente. Se despidió de Sofía y de su madre, prometiendo volver pronto.
Desde su oficina, abrió la aplicación en su teléfono. Las cámaras se activaron.
Vio a Sofía sentada en el sofá, aparentemente leyendo una revista. Su madre estaba en la cocina, preparando un té.
Todo parecía normal. Juan se sintió un poco tonto.
De repente, Sofía se levantó. Su rostro, en la pantalla, se endureció. Caminó hacia la cocina.
— ¿Todavía con ese té, vieja? Te dije que me hicieras un café.
La voz de Sofía, que Juan escuchó a través del micrófono, era fría, cortante. Sin rastro de la dulzura que le mostraba a él.
Doña Elena se encogió.
— Lo siento, Sofía. Pensé que habías dicho té.
Sofía se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
— ¿Pensaste? ¿Tu cabeza ya no funciona, verdad? ¡Eres una carga! ¿Crees que Juan te mantendrá por siempre?
Juan sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Las palabras de Sofía eran veneno puro.
Doña Elena intentó defenderse.
— Juan me ama. Él nunca me dejaría.
Sofía soltó una risa cruel.
— ¡Ingenua! Juan es mío ahora. Y cuando nos casemos, tú serás un estorbo. Una vieja inútil que solo gasta dinero.
Juan vio cómo Sofía tomó la taza de té de las manos de su madre y la tiró al fregadero con rabia. El ruido metálico resonó en la grabación.
— Ahora, hazme el café. Y que no se te ocurra decirle nada a Juan, ¿entendiste? O te arrepentirás.
Doña Elena asintió, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Su cuerpo temblaba.
Juan apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Su respiración se aceleró.
La sangre le hirvió de nuevo, pero esta vez, era una furia helada, calculada.
Su prometida. La mujer que amaba. Era un monstruo.
Una manipuladora. Una abusadora.
Todo lo que su madre había sufrido en silencio. Las miradas, los miedos, las evasiones. Todo tenía sentido ahora.
Juan se levantó de su asiento, el corazón latiéndole a mil por hora. Tenía que volver a casa.
Tenía que enfrentarla.
El clímax de su peor pesadilla estaba a punto de comenzar.
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