La Mirada en el Sótano: El Secreto que Destrozó el Lujo y el Silencio

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con esa anciana en el sótano. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y desgarradora de lo que imaginas.
Un Nuevo Comienzo en un Mundo de Oro
María ajustó el nudo de su delantal blanco.
Era su primera semana en la mansión de los Vargas.
Cada día era un espectáculo de opulencia.
Los techos altos se perdían en la distancia.
Los suelos de mármol reflejaban su figura como un espejo.
Jarrones antiguos, que parecían contener siglos de historias silenciosas, adornaban cada rincón.
Para ella, una chica de barrio que apenas había terminado la secundaria, era como entrar en otro mundo.
Un mundo que necesitaba desesperadamente para enviar dinero a su familia en el pueblo.
Don Ricardo Vargas, el dueño, era un empresario famoso.
Su rostro aparecía en revistas, su nombre en los titulares económicos.
Pero apenas lo veía.
Siempre estaba de viaje, o encerrado en su despacho, al teléfono.
La que realmente manejaba la casa era su esposa, la Señora Elena.
Ella era la sombra que se movía entre el lujo.
La Sombra de la Señora Elena
La Señora Elena era una mujer de una belleza fría y calculada.
Sus ojos, de un azul gélido, parecían evaluar cada movimiento de María.
Nunca una palabra amable.
Solo instrucciones precisas, dadas con un tono monocorde.
"María, el polvo aquí. No toques eso. Asegúrate de que los cristales brillen."
Y siempre, una advertencia que se clavaba en el aire.
"Nunca bajes al sótano, María. Es mi espacio privado."
Al principio, María no le dio importancia.
Quizás era un archivo.
O un gimnasio personal.
La mansión era tan grande que uno podía perderse en sus recovecos.
Pero los días pasaban y una extraña sensación comenzó a crecer en su pecho.
No era solo la frialdad de la Señora Elena.
Era algo más.
Los Lamentos en el Silencio
Empezó a escuchar ruidos.
Al principio, eran tan sutiles que pensó que era el viento.
Un crujido de la vieja casa.
Pero luego, se hicieron más claros.
Unos lamentos suaves.
Casi imperceptibles.
Parecían venir de algún lugar oculto.
De las profundidades de la casa.
Directamente del suelo bajo sus pies.
Se le erizaba la piel.
Una tarde, el silencio de la mansión era absoluto.
La Señora Elena había salido de compras, su coche de lujo deslizándose por el camino de entrada.
Don Ricardo, como de costumbre, estaba ausente.
Los lamentos se hicieron más fuertes.
Más desesperados.
No era el viento.
Era una voz.
Débil, sí, pero inconfundiblemente humana.
Una punzada de miedo y una extraña sensación de urgencia se apoderaron de María.
Su corazón latía contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
La curiosidad, mezclada con una creciente preocupación, la venció.
La Puerta Oculta
Bajó las escaleras de servicio.
El pasillo que llevaba al sótano era oscuro.
El aire se volvía denso, húmedo.
Olía a tierra y a encierro.
Cada paso resonaba en el silencio.
Las luces del pasillo parpadeaban, acentuando la atmósfera lúgubre.
Al final del pasillo, María encontró lo que buscaba.
Una puerta de madera vieja.
Casi camuflada con el color de la pared.
Nunca la había notado antes.
Estaba cerrada.
Con un candado oxidado.
Un candado que parecía no haberse abierto en años.
El lamento se hizo más claro.
Más cercano.
"Ayuda..."
Una voz apenas audible.
La piel de María se puso de gallina.
Se acercó, temblorosa.
Pegó el oído a la madera fría.
Pudo escuchar un susurro.
Un sollozo.
Desesperado.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, buscó una rendija.
Un pequeño resquicio entre la madera y el marco.
Se asomó, forzando la vista en la penumbra.
Lo que vio la dejó paralizada.
Los Ojos del Sótano
Dentro, en la oscuridad casi total, había una figura.
Una anciana demacrada.
Sentada en el suelo frío.
Sus ojos.
Esos ojos.
Estaban llenos de miedo.
De súplica.
La miraban fijamente a través de la rendija, como si esperaran su llegada desde siempre.
Era Doña Isabel.
La madre de Don Ricardo Vargas.
María la había visto en fotos antiguas de la casa.
Una mujer elegante, sonriente.
Ahora, su ropa estaba sucia.
El cabello, despeinado y enredado.
En sus muñecas, María pudo distinguir marcas.
Marcas rojizas.
Como de ataduras.
La anciana intentó extender una mano.
Suplicando en silencio.
Sus labios se movían, pero no salía ningún sonido audible.
Solo un ruego mudo que traspasaba el cristal de la rendija.
El terror se apoderó de María.
¿Qué estaba pasando aquí?
¿Por qué la madre del millonario estaba encerrada de esa manera?
En ese instante, un sonido metálico resonó en la planta superior.
La puerta principal de la mansión se abría con un chirrido familiar.
La Señora Elena había vuelto.
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