La Mirada en el Sótano: El Secreto que Destrozó el Lujo y el Silencio

La Búsqueda del Secreto
María pasó las noches sin dormir.
La imagen de Doña Isabel la perseguía.
La palabra "testamento" resonaba en su cabeza.
Sabía que estaba arriesgando todo.
Su empleo, su seguridad.
Pero no podía abandonar a la anciana.
Comenzó a observar a la Señora Elena con una nueva intensidad.
Cada gesto.
Cada movimiento.
Buscaba pistas.
Un lugar donde pudiera estar la caja fuerte.
Elena era extremadamente metódica.
Pasaba horas en el despacho de Don Ricardo, revisando documentos.
Siempre con la puerta cerrada con llave.
María pensó que ese era el lugar más probable.
Un día, mientras Elena había salido para una de sus citas sociales, María decidió actuar.
Su corazón latía con fuerza, como un tambor de guerra.
Subió al despacho de Don Ricardo.
La puerta estaba, como siempre, cerrada con llave.
Pero María había visto a Elena dejar las llaves en un pequeño cuenco de porcelana en la mesita del vestíbulo.
Se acercó sigilosamente.
Cogió el manojo de llaves.
Sus manos temblaban.
La primera llave no funcionó.
La segunda tampoco.
Pero la tercera, una llave de bronce antigua, giró con un clic suave.
La puerta se abrió.
Dentro del Despacho Prohibido
El despacho de Don Ricardo era un santuario de madera oscura y libros antiguos.
Olía a cuero y a papel viejo.
María entró, con los sentidos en alerta máxima.
Tenía que ser rápida.
Y no dejar rastro.
Comenzó a buscar.
Revisó los cajones del escritorio.
Llenos de papeles y documentos financieros.
Nada sobre testamentos.
Nada sobre una caja fuerte.
Su mirada se posó en una enorme estantería de libros, que cubría una pared entera.
Había volúmenes de leyes, historia, economía.
Demasiados.
¿Cómo encontrar algo allí?
Recordó las películas.
Los pasadizos secretos detrás de las estanterías.
Con delicadeza, María comenzó a mover los libros.
Uno por uno.
Buscando algún mecanismo.
Alguna palanca.
Nada.
La desesperación empezaba a invadirla.
Quizás se había equivocado.
Quizás la caja fuerte no estaba aquí.
Entonces, notó algo.
Un libro en particular.
"Grandes Testamentos de la Historia".
Estaba ligeramente desplazado.
Más que los demás.
Lo tocó.
No era un libro.
Era una falsa cubierta.
Detrás, un pequeño botón de bronce estaba oculto.
María lo presionó.
Con un suave zumbido, una sección de la estantería se deslizó hacia un lado.
Revelando una pequeña caja fuerte empotrada en la pared.
La Verdad en la Caja Fuerte
La caja fuerte era moderna.
Con un teclado numérico.
María sintió un escalofrío.
¿Cómo iba a abrir eso?
Recordó algo.
Un día, escuchó a la Señora Elena hablar por teléfono.
Mencionó una fecha.
"El cumpleaños de Ricardo, siempre lo usa para todo."
El cumpleaños de Don Ricardo.
María lo buscó rápidamente en el calendario de la cocina.
23 de mayo.
2305.
O quizás el año.
230578.
Con manos temblorosas, tecleó "2305".
El teclado emitió un pitido.
Y la caja fuerte se abrió con un clic.
Dentro, había varios sobres.
Unos documentos bancarios.
Y un grueso sobre color crema.
En él, escrito a mano, ponía: "Testamento de Isabel Vargas".
María lo abrió con cuidado.
Sus ojos recorrieron las líneas.
Y lo que leyó, la dejó sin aliento.
Doña Isabel, la madre de Don Ricardo, había dejado toda su fortuna, que era considerable y separada de la de su hijo, a una fundación benéfica.
Con una cláusula específica: si ella fallecía en circunstancias dudosas o sin supervisión médica independiente, la herencia pasaría directamente a la fundación, y su hijo Ricardo recibiría solo una pequeña parte.
La Señora Elena no estaba mencionada en absoluto.
Era la razón.
La razón por la que Doña Isabel estaba prisionera.
Elena quería anular ese testamento.
Quería que Doña Isabel muriera, pero no de una forma que activara esa cláusula.
Necesitaba tiempo.
Quizás para manipularla.
O para falsificar un nuevo testamento.
Pero había más.
Debajo del testamento, había un pequeño diario.
Escrito a mano por Doña Isabel.
Detallaba su encierro.
La crueldad de Elena.
Cómo la había drogado.
Cómo la había alejado de su hijo.
Las fechas.
Los nombres.
Las pruebas.
Todo estaba allí.
María sintió una mezcla de indignación y de alivio.
Tenía las pruebas.
Ahora, ¿cómo sacarlas de la mansión?
El sonido del coche de la Señora Elena subiendo por el camino de entrada la sacó de sus pensamientos.
Tenía que ser rápida.
Cerró el diario, lo guardó en el sobre.
Volvió a colocar todo exactamente como lo había encontrado.
Cerró la caja fuerte.
Deslizó la estantería.
Salió del despacho, cerrando la puerta con llave.
Dejó las llaves en el cuenco de porcelana.
Corrió a su habitación de servicio.
Escondió el sobre con el testamento y el diario debajo de su colchón.
Su corazón aún latía salvajemente.
Había conseguido las pruebas.
Pero ahora, el verdadero desafío comenzaba.
¿Cómo iba a exponer a la Señora Elena?
¿Y cómo iba a liberar a Doña Isabel sin ponerse en peligro mortal?
La respuesta llegó de la forma más inesperada.
Don Ricardo regresó a casa esa noche, mucho antes de lo previsto.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA