La Mirada Final de la Millonaria Reveló un Testamento Oculto y un Plan de Asesinato

Ricardo no durmió esa noche. La imagen de los ojos de Elena, llenos de un miedo primario, lo persiguió sin descanso. Cada vez que cerraba los ojos, veía el dedo tembloroso apuntando a María. Era una acusación silenciosa, un grito ahogado. Al día siguiente, el hospital confirmó lo inevitable. Elena Vega, la empresaria visionaria y pilar de su vida, había fallecido. La causa: fallo multiorgánico, una complicación de su rara enfermedad. Todo según lo previsto, según los diagnósticos. Pero Ricardo ya no creía en lo previsto.
Asistió al funeral en un estado de semi-consciencia, moviéndose entre la gente como un fantasma. Los amigos y socios de Elena, todos figuras importantes del mundo financiero, le daban el pésame, hablaban de su legado, de su fortuna y de cómo su ausencia dejaría un vacío irremplazable en la industria. Ricardo solo podía asentir, su mente obsesionada con la enfermera María. La vio entre los asistentes, vestida de luto, con una expresión de tristeza contenida. Se acercó a ella.
"Gracias por todo, María", dijo Ricardo, su voz ronca. Intentó que sonara natural, pero la sospecha era un veneno en su lengua.
"Era un honor cuidar de la señora Vega, señor", respondió ella, con una mirada que Ricardo encontró extrañamente evasiva. Sus ojos, aunque húmedos, no reflejaban la misma profundidad de dolor que otros. Había algo... calculador en su tristeza. "Era una mujer excepcional."
"Sí, lo era", convino Ricardo. "Dígame, ¿recuerda algo inusual en sus últimos momentos? Algún gesto, algún movimiento que no esperáramos?"
María dudó apenas un instante. "No, señor. Estaba muy sedada, apenas consciente. Es natural que a veces haya espasmos musculares o movimientos involuntarios en ese estado. El cuerpo reacciona." Su explicación era médica, lógica, pero la forma en que la dijo, demasiado rápida, demasiado segura, encendió una alarma en Ricardo.
"¿Y el día anterior?", insistió Ricardo. "Ella estaba un poco mejor, ¿no? Más lúcida."
"Su estado era fluctuante, señor. Pero siempre bajo control." María sonrió, una sonrisa pequeña y forzada. "No se preocupe por esas cosas. Descanse en paz. La señora Vega ya está en un lugar mejor."
Ricardo se despidió, su sospecha convertida en una certeza fría. Elena no había tenido un espasmo. Ella había señalado a María. Y María estaba mintiendo.
Decidió actuar. Al día siguiente, antes de que el hospital tuviera tiempo de limpiar la habitación de Elena, Ricardo regresó. Usó su influencia, su nombre, su estatus para conseguir acceso. La habitación estaba casi vacía, despojada de sus pertenencias personales. Pero Ricardo no buscaba eso. Se acercó a la mesita de noche, a la cama, al carrito de medicinas. Buscó desesperadamente, como si un objeto pudiera gritar la verdad.
Y entonces lo vio.
Debajo de la mesita de noche, casi invisible contra el zócalo blanco, había un diminuto objeto. Era un pequeño broche de metal, con forma de lirio, que Elena solía llevar en sus chaquetas más elegantes. Ricardo lo conocía bien. Lo recogió, su corazón acelerado. No era el broche en sí lo que le llamó la atención, sino la forma en que estaba roto. La parte trasera, donde se enganchaba a la tela, estaba doblada y forzada. Parecía como si hubiera sido arrancado con brusquedad, no simplemente caído.
Recordó. Elena llevaba ese broche el día que la ingresaron de urgencia, antes de que su estado empeorara drásticamente. Lo había visto en su solapa. ¿Cómo había terminado debajo de la mesita de noche, roto, en los últimos momentos?
Su mente empezó a unir fragmentos. El broche, la mirada, el dedo acusador. Elena había intentado dejar una pista. Había forcejeado con alguien, o había intentado alertar.
Ricardo sabía que no podía ir a la policía sin pruebas sólidas. Su historia sonaría a delirio de un viudo afligido. Necesitaba un abogado, pero no uno cualquiera. Necesitaba a alguien que creyera en él, que no se intimidara por el poder del hospital o por la aparente impecabilidad de María. Contactó a Patricia Solís, una abogada penalista conocida por su tenacidad y por haber ganado casos imposibles.
Patricia lo escuchó con atención en su despacho de lujo, adornado con libros de leyes y objetos de arte moderno. Ricardo le contó todo, desde la enfermedad repentina de Elena hasta la mirada final y el broche roto. Patricia, con su mirada penetrante y su postura imperturbable, tomó notas meticulosas.
"Es una historia inquietante, señor Vega", dijo Patricia, cerrando su cuaderno. "Pero es solo eso, una historia. Necesitamos pruebas. ¿Hay algo más? ¿Algún cambio en el testamento de su esposa recientemente? ¿Algún conflicto financiero?"
Ricardo se quedó pensativo. "Elena siempre fue muy organizada con sus finanzas. Teníamos un testamento conjunto, bastante claro. Pero... hubo un pequeño detalle que me pareció extraño hace unas semanas. Ella insistió en revisar algunos documentos de la propiedad de la casa de campo, y luego dijo algo sobre 'asegurarse de que todo estuviera en orden' por si acaso. No le di importancia."
"Eso podría ser relevante", dijo Patricia. "Cualquier movimiento inusual en las semanas previas a su deterioro. Acceso a cuentas, cambios de beneficiarios, documentos firmados."
Ricardo regresó a su mansión, ahora silenciosa y vacía sin Elena. Se dirigió al despacho de ella, un santuario de orden y eficiencia. Empezó a buscar, revisando cada cajón, cada archivo. Encontró el portafolio donde Elena guardaba sus documentos más importantes. Dentro, entre pólizas de seguros y títulos de propiedad, había un sobre sellado, con una caligrafía que no era la de Elena. Era un documento legal.
Lo abrió con manos temblorosas. Era un testamento nuevo. Un testamento que Elena había firmado apenas dos semanas antes de su ingreso, y que dejaba una parte significativa de su fortuna a una fundación benéfica poco conocida, y, lo más alarmante, una cantidad considerable de dinero y una pequeña propiedad rural a... María Torres, la enfermera.
Ricardo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Era imposible. Elena jamás haría eso. María había sido su enfermera por solo unos meses. ¿Por qué le dejaría una herencia? Esto no era un acto de generosidad, era una prueba. Una prueba de que algo muy oscuro estaba sucediendo. La firma de Elena parecía auténtica, pero Ricardo sabía que su esposa era incapaz de una decisión tan irracional. Este testamento era la pieza que faltaba, el motivo para el terror en los ojos de Elena.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA