La Mirada que Quebró al Matón: Un Secreto Enterrado entre Rejas

La Semilla del Miedo

La patada de El Toro no solo volcó una bandeja; volcó el equilibrio precario del Pabellón B. La mirada de Don Pedro, ese brillo gélido, se clavó en la mente del matón como una astilla invisible.

El Toro, acostumbrado a infundir terror, no entendía por qué la imagen de esos ojos lo perseguía. No había amenaza explícita, no hubo un gesto. Solo esa calma.

Esa misma noche, El Toro no durmió bien. Se revolvió en su catre, sudando. La cara de Don Pedro aparecía en su duermevela, inexpresiva, pero con ese brillo.

Al día siguiente, el matón intentó ignorarlo. Se sentó con sus hombres, riendo a carcajadas, hablando más alto de lo normal. Pero cada vez que pasaba cerca de la mesa de Don Pedro, sentía un tirón en el estómago.

El anciano, por su parte, seguía igual. Comía. Caminaba. Respiraba. Pero ahora, su presencia parecía más densa. Más significativa.

Los otros reclusos también lo notaron. Habían visto la mirada. Y aunque no sabían qué significaba, sabían que algo había cambiado. La dinámica de poder se había alterado de forma sutil, pero profunda.

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El Rumor Silencioso

Los días se convirtieron en semanas. El Toro, para su propia sorpresa, empezó a evitar a Don Pedro. No era miedo, se decía a sí mismo. Era simplemente que el viejo no valía su tiempo.

Pero sus hombres notaron la diferencia. Las bromas sobre el anciano cesaron. Los empujones "accidentales" desaparecieron.

El matón estaba inquieto. Desconcertado.

Un día, mientras El Toro jugaba a las cartas, uno de sus secuaces, un tipo flaco llamado Ramiro, se atrevió a susurrar: "Jefe, ¿ha oído lo que dicen del viejo?"

El Toro gruñó. "No me interesan los cotilleos de viejas".

"Pero es sobre Don Pedro", insistió Ramiro, bajando la voz aún más. "Dicen que no está aquí por lo que parece".

El Toro se rió con desdén. "Está aquí por viejo y estúpido, como todos".

"No, jefe. Dicen que no es su primera vez aquí. Y que las otras veces... bueno, las otras veces, la gente que lo molestó... simplemente desapareció".

La risa de El Toro se cortó. Miró a Ramiro. "¿Qué tonterías dices?"

"No son tonterías, jefe. Es lo que se cuenta. Que Don Pedro era un 'limpiador'. Que no usaba la fuerza bruta. Solo... hacía que la gente se desvaneciera. Sin dejar rastro".

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Un escalofrío real esta vez recorrió a El Toro. No era el miedo de un golpe, sino el terror a lo desconocido. A lo que no se podía combatir con puños.

Miró hacia la esquina del comedor. Don Pedro estaba allí, comiendo su cena. Tan tranquilo. Tan normal.

Demasiado normal.

La Trampa Invisible

El Toro no era estúpido. Era brutal, pero no tonto. Decidió investigar. Presionó a guardias corruptos, a otros reclusos veteranos.

La información llegó a cuentagotas, fragmentada, pero aterradora.

Don Pedro no estaba en la cárcel por un crimen violento convencional. Su expediente era un laberinto de sentencias cortas por delitos menores, pero siempre con un patrón extraño. Siempre en prisiones diferentes. Y siempre, siempre, después de un incidente con otro recluso.

Un recluso que, curiosamente, acababa siendo trasladado. O se "suicidaba". O simplemente, nunca más se le volvía a ver en el sistema.

"Es un fantasma, jefe", le dijo un viejo guardia sobornado, con la voz temblorosa. "Lleva décadas entrando y saliendo. Nadie sabe su nombre real. Nadie sabe de dónde viene. Solo que cuando él está cerca, los problemas... se resuelven solos. De forma permanente".

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El Toro sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No era un matón. Era un ejecutor. Un depredador silencioso que operaba en las sombras del sistema.

Y él, El Toro, el gran dominador del pabellón, había volcado su bandeja.

Había provocado su mirada.

El pánico empezó a crecer en su interior. Ya no era solo una molestia. Era una amenaza existencial. Necesitaba deshacerse de Don Pedro. Pero ¿cómo?

No podía golpearlo. No podía amenazarlo. El viejo no reaccionaba. Era como luchar contra el viento.

El Toro observaba a Don Pedro, ahora con un miedo palpable. El anciano seguía su rutina. Cada día, recibía una carta. Una única carta, siempre con el mismo sobre sencillo. La leía con una expresión indescifrable y luego la guardaba en el bolsillo de su mono.

Esa carta. ¿Qué contenía? ¿Era la clave?

El Toro decidió que debía actuar. Debía ser él quien golpeara primero. No con los puños, sino con la astucia.

Debía eliminar al fantasma antes de que el fantasma lo eliminara a él.

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