La Mujer Humilde y el Testamento Millonario: La Verdad Oculta que Desenterró en la Mansión del Viudo

El sobre amarillo y la foto descolorida pasaron de la mano temblorosa de Jorge a la de un petrificado Don Ricardo. María, oculta tras el dintel de la puerta, apenas respiraba. Su corazón martilleaba en su pecho como un tambor de guerra. Pudo ver la expresión de Don Ricardo transformarse, de la sorpresa a una profunda consternación, y luego a una ira fría que rara vez mostraba. La fotografía, al parecer, era una bomba a punto de estallar.
"¿Qué significa esto, Jorge?", la voz de Don Ricardo era un murmullo peligroso, apenas audible, pero con un filo que cortaba el aire. Sus ojos, antes amables, ahora brillaban con una intensidad desconocida para María.
Jorge se adelantó, su voz llena de un resentimiento largamente guardado. "Significa, papá, que esta mujer, María... no es una pobre desvalida que se tropezó. Es la hija de Eduardo Rojas. ¿No la reconoces? ¡La hija del hombre que intentó arruinarnos hace décadas!"
La revelación golpeó a María como un rayo. Eduardo Rojas era su padre, un hombre que había muerto hacía mucho tiempo, dejando tras de sí un halo de misterio y una historia de enemistad con los Altamirano que ella apenas recordaba, fragmentos de conversaciones susurradas y miradas de soslayo. ¿Era posible que su padre hubiera sido un enemigo de Don Ricardo? La mente de María giraba, intentando unir los pedazos de un rompecabezas que no sabía que existía.
Andrés, el más calculador de los hermanos, intervino con calma gélida. "Esta foto, papá, es de cuando María era una niña. Fue tomada en el parque central, justo después de que Rojas intentara comprar una de nuestras propiedades clave por debajo del precio de mercado, usando información privilegiada. Un intento de sabotaje que casi nos cuesta la ruina. Ella estaba allí, con él, el día que firmaron esos documentos fraudulentos."
Don Ricardo miró la foto con una intensidad que quemaba. En ella, una niña pequeña, con unos ojos grandes y oscuros, idénticos a los de María, sonreía inocentemente junto a un hombre de rostro adusto. El hombre era, sin duda, Eduardo Rojas. La imagen era la prueba irrefutable de la conexión.
"¿Y qué insinúas con esto, Jorge?", preguntó Don Ricardo, su voz ahora un poco más fuerte, teñida de escepticismo, pero también de una preocupación creciente. Él había creído que la historia con Rojas estaba enterrada en el pasado.
"Insinúo, papá", respondió Jorge con un tono triunfalista, "que su aparición aquí, hoy, no es una coincidencia. Es una jugada. Una estrategia para infiltrarse, para quizás, después de todos estos años, intentar vengar a su padre o reclamar algo que cree que le pertenece. ¿Una parte de nuestra herencia, tal vez? ¿No te parece demasiado conveniente que 'tropezara' justo en nuestro portón?"
María sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Venganza? ¿Reclamar algo? Ella solo buscaba un trabajo honrado, un techo y comida para su familia. La acusación era absurda, humillante. Pero el peso de la historia de su padre, de la que ella era tan ajena, la aplastaba. Quiso salir, gritar su inocencia, pero el miedo la paralizó.
Don Ricardo se sentó pesadamente en su silla de cuero, la foto en sus manos. "Eduardo Rojas... fue un hombre ambicioso. Pero murió hace años. ¿Qué podría querer su hija ahora?"
"¡Todo!", exclamó Jorge. "Sabemos que Rojas siempre estuvo obsesionado con la mansión y las tierras adyacentes. Siempre quiso lo que era nuestro. ¿Y si le dejó a su hija alguna instrucción, algún plan oculto en un supuesto testamento para seguir su legado? ¡No podemos confiar en ella, papá!"
Andrés asintió gravemente. "Hemos estado investigando, papá. María Rojas ha estado rondando por el vecindario en los últimos días, preguntando por oportunidades de trabajo. Parece inocente, pero ¿y si es una fachada? ¿Y si está buscando documentos, un plano, algo que su padre ocultó y que podría afectar el valor de la propiedad o, peor aún, nuestra herencia?"
La acusación era tan descabellada como plausible, dada la historia de rivalidad entre las familias. Don Ricardo recordó los años de batallas legales, los intentos de Rojas por desestabilizar sus negocios, la amargura que había sentido. Pero también recordaba a Rojas como un hombre de principios, a su manera. ¿Habría involucrado a su hija en algo así?
María, al escuchar las especulaciones de los hermanos, sintió una oleada de desesperación. Su vida siempre había sido un libro abierto de luchas cotidianas, sin espacio para conspiraciones. ¿Cómo podía defenderse de tales acusaciones, basadas en un pasado que ella apenas conocía? Su padre nunca le había hablado de enemistades con los Altamirano, solo de un "negocio fallido" que le había causado mucho dolor.
De repente, Don Ricardo se levantó de su silla, su rostro una máscara de determinación. "Esto es grave. No podemos permitir que ninguna sombra de duda planee sobre nuestra familia o nuestra propiedad. Jorge, Andrés, quiero que contraten al mejor abogado. Necesito que investiguen a fondo a María Rojas. Cada detalle de su vida, cada movimiento. Y quiero que revisen todos los documentos antiguos relacionados con Rojas. Cada contrato, cada carta, cada testamento que pueda existir."
Los hermanos asintieron con una sonrisa de satisfacción. Parecía que su plan para desacreditar a María y proteger su herencia estaba funcionando.
"Y, por ahora", continuó Don Ricardo, su mirada fría como el hielo, "quiero que María se quede aquí. No como invitada, sino bajo observación. Si hay algo que ocultar, lo descubriré. Y si no, entonces también lo sabré."
María sintió un escalofrío. ¿Prisionera en la mansión del hombre a quien su padre, supuestamente, había intentado arruinar? La situación era surrealista, aterradora. Las palabras de Jorge y Andrés habían sembrado una semilla de desconfianza tan profunda en Don Ricardo que su amabilidad inicial se había transformado en una vigilancia implacable.
La noche cayó sobre la mansión, y María fue asignada a una habitación de servicio, lejos de los lujos que la rodeaban. Mientras se acostaba en la cama, sintió el peso de una historia que no era suya, pero que amenazaba con aplastarla. ¿Qué secretos guardaba su padre? ¿Y cómo podría probar su inocencia ante un hombre que ahora la veía como una posible amenaza a su vasta herencia y a su familia? La deuda millonaria de un pasado lejano parecía estar a punto de ser cobrada, y ella era la ficha de cambio.
La verdad, sin embargo, era mucho más complicada de lo que los hermanos Altamirano imaginaban, y lo que Don Ricardo estaba a punto de descubrir pondría patas arriba no solo su mansión, sino el legado de toda su vida.
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