La Noche en que un Motero Salvó a una Niña y Desenterró un Testamento Millonario Oculto

El aire en el estrecho pasillo del baño se volvió denso, cargado de una tensión palpable. Rayo, aunque un hombre de su edad, no había perdido ni un ápice de su instinto de supervivencia ni de su coraje. Se interpuso instintivamente entre la niña y la puerta, su cuerpo ancho y recio formando una barrera protectora. La sombra se materializó en la figura de un hombre corpulento, de unos cuarenta años, con una barba desaliñada y una mirada furiosa. Sus ojos pequeños y hundidos se posaron primero en Rayo, luego se deslizaron hacia el pequeño bulto tembloroso detrás de él.
"¡Así que aquí estabas, mocosa ingrata!", bramó el hombre, su voz ronca y llena de rabia. Era el padrastro, sin duda. Su aliento olía a alcohol y tabaco rancio. "Te dije que te quedaras en el coche. ¿Qué haces molestando a la gente, eh?"
Rayo mantuvo la calma, aunque por dentro sentía un volcán a punto de estallar. "La niña no molesta a nadie", dijo Rayo, su voz grave y controlada. "Parece que más bien está asustada. ¿Por qué no le hablas con más calma?"
El padrastro se rió, una risa áspera y despectiva. "Y a usted, viejo, ¿quién le ha pedido opinión? Métase en sus asuntos. Esta es MI hijastra, y yo la educo como me da la gana." Dio un paso adelante, intentando flanquear a Rayo.
"Esa 'educación' suya parece incluir golpes y maltrato", replicó Rayo, sin moverse un ápice. "Ese moretón en su cara no es de una caída, ¿verdad?" La acusación flotó en el aire, pesada y cargada de peligro.
Los ojos del padrastro se entrecerraron. "Mire, abuelo, no sé quién se cree que es, pero está a punto de probar la suela de mi bota. Apártese antes de que se arrepienta." El hombre levantó una mano, en un gesto amenazante.
Rayo no parpadeó. "Inténtelo. Pero le aseguro que no le va a gustar el resultado." A pesar de su edad, había una fuerza inquebrantable en la postura de Rayo, una determinación forjada en mil batallas en la carretera y en la vida. El padrastro dudó por un instante, quizás viendo algo en los ojos del viejo motero que le hizo reconsiderar la confrontación física directa.
En lugar de eso, soltó un gruñido. "¡Sal de ahí, Sofía! ¡Ahora mismo!"
La niña, Sofía, se aferró a la pierna de Rayo, temblando. "No, por favor, señor... no me deje ir con él..." Su voz era un hilo de desesperación que le rompió el corazón a Rayo.
El padrastro, al ver que la niña no obedecía, se puso aún más furioso. "¡Maldita mocosa! ¡Vas a ver cuando lleguemos a casa!" Se abalanzó hacia Rayo, no para golpearlo, sino para apartarlo y agarrar a Sofía. Pero Rayo era más rápido de lo que su edad sugería. Con un movimiento ágil, bloqueó el brazo del padrastro, empujándolo con fuerza contra la pared del pasillo. El impacto fue seco y resonó por el pequeño espacio.
"¡Quieto ahí!", gruñó Rayo, su voz ahora sí, llena de la ira contenida. "No va a tocar a esta niña."
La mesera, alertada por el alboroto, apareció en la entrada del pasillo, con un trapo de cocina en la mano y los ojos bien abiertos. "¡Eh! ¿Qué está pasando aquí? ¡Voy a llamar a la policía!"
La mención de la policía pareció enfriar la furia del padrastro, al menos por un momento. Su rostro se descompuso en una mueca de rabia contenida. "Esto no ha terminado, viejo. Niña, te arrepentirás de esto." Con una última mirada de odio a Rayo y a Sofía, el hombre se dio la vuelta y salió del restaurante, la puerta de entrada cerrándose con un golpe seco que hizo vibrar el suelo.
Rayo suspiró, el alivio inundándolo, pero también una profunda preocupación. Se agachó, poniendo una mano tranquilizadora en el hombro de Sofía. "Ya pasó, pequeña. Está bien."
La mesera, una mujer joven llamada Laura, se acercó, con el teléfono en la mano. "¿Necesita que llame a la policía, señor? ¿Está bien la niña?"
"Sí, Laura, por favor. Necesitamos ayuda", dijo Rayo. Mientras Laura hablaba por teléfono, Rayo llevó a Sofía a una de las mesas más apartadas del restaurante. Le pidió a Laura un vaso de leche caliente y unas galletas. La niña, todavía temblorosa, sorbía la leche a pequeños tragos, sus ojos pegados a Rayo.
"¿Cómo te llamas, pequeña?", preguntó Rayo con dulzura.
"Sofía", respondió ella, su voz apenas un susurro. "Sofía Vargas."
"¿Y tu mamá, Sofía? ¿Dónde está tu mamá?"
La niña bajó la mirada, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla magullada. "Mamá se fue al cielo hace un año. Él... él es mi padrastro, Ricardo."
El corazón de Rayo se encogió. Un año sola con ese monstruo. "Lo siento mucho, Sofía. ¿Tu papá? ¿Tienes un papá?"
Sofía asintió lentamente. "Sí. Mi papá se llamaba Daniel. Pero él se fue hace mucho tiempo, antes de que mamá se casara con Ricardo. Mamá siempre decía que papá era un hombre bueno. Que tenía un barco grande y que le gustaba mucho el mar." Una pequeña chispa de luz apareció en sus ojos al recordar a su padre. "Mamá decía que él me dejó algo importante, algo para mi futuro, pero que Ricardo nunca supo dónde estaba."
La mención de "algo importante" y "futuro" captó la atención de Rayo. ¿Podría ser una pista? ¿Un testamento? La policía llegó poco después, dos agentes jóvenes y serios. Rayo y Laura explicaron lo sucedido. Sofía, con la voz entrecortada, relató los abusos de Ricardo. Los agentes tomaron nota de todo, sus rostros endurecidos por la indignación. Se llevaron a Sofía a la comisaría para iniciar los trámites y contactar con servicios sociales. Antes de irse, Sofía se aferró a la mano de Rayo. "Gracias, señor Rayo. Es usted un ángel."
Rayo sintió una punzada en el pecho. Por primera vez en muchos años, no se sentía solo. La niña había encendido una chispa en su alma que creía extinguida. Mientras los coches de policía se alejaban, llevándose a Sofía, una idea empezó a formarse en la mente del viejo motero. "Algo importante para mi futuro, que Ricardo nunca supo dónde estaba." Esas palabras resonaron en su cabeza. Ricardo no solo era un maltratador, sino que Sofía había mencionado que él no sabía algo. ¿Qué era ese "algo"? Rayo tenía un mal presentimiento. Su instinto, pulido por años de vida en la carretera, le decía que había más en la historia de Sofía Vargas de lo que parecía a simple vista. Mucho más.
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