La Pregunta Que Despertó a la Reina de Hielo: Un Encuentro Inesperado

El Secreto del Toque
Mateo permaneció con los ojos cerrados durante lo que parecieron minutos interminables. Su pequeña mano seguía posada sobre la de Elara, un ancla inesperada en el mar de su aislamiento. Elara, que normalmente detestaba cualquier contacto físico, no retiró la suya. Una extraña calma la invadió.
Podía sentir la textura áspera de la piel de Mateo, la delgadez de sus dedos. Imaginó las historias que esa mano podría contar: noches a la intemperie, días de búsqueda, el frío del abandono.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó Elara, su voz apenas un susurro que rompió el silencio como un cristal.
Mateo abrió los ojos, que brillaban con una intensidad renovada. "Estoy escuchando", dijo con seriedad. "Mi abuela dice que el cuerpo habla, y que las manos son como antenas para oír lo que duele por dentro."
Elara frunció el ceño. Era una idea extraña, casi poética, que contrastaba con la fría lógica de la medicina que había dominado su vida. Había visto a los mejores especialistas del mundo, escuchado diagnósticos complejos y pronósticos sombríos. Nunca nadie le había hablado de "escuchar lo que duele por dentro" con las manos.
"¿Y qué escuchas?", inquirió Elara, una punzada de escepticismo mezclada con una pizca de genuina curiosidad.
Mateo soltó su mano, pero la miró fijamente, como si pudiera ver a través de ella. "Escucho... mucha tristeza, señora. Y un gran miedo. No es solo en sus piernas. Es en su corazón."
Las palabras del niño golpearon a Elara con una fuerza inesperada. Lejos de indignarse, se sintió expuesta, vulnerable. Nadie, ni siquiera sus terapeutas más perspicaces, había llegado a una conclusión tan sencilla y demoledora. Su parálisis física era solo la manifestación externa de una parálisis emocional aún más profunda.
Arthur, el mayordomo, finalmente encontró su voz. "Señora, quizás el niño debería...".
Elara lo interrumpió con un gesto tajante. "Déjalo, Arthur. Tráele algo de la comida que sobró. Y algo de beber."
Arthur asintió, visiblemente confundido, y se retiró con los demás sirvientes, dejando a Elara y Mateo solos en el vasto comedor. La luz de la luna ahora bañaba la estancia, creando sombras alargadas que danzaban en las paredes.
"¿Miedo de qué?", preguntó Elara, su voz ahora más suave, casi vulnerable.
Mateo se sentó en el suelo, sin importarle la alfombra, y miró a Elara a los ojos. "Miedo de que nadie la quiera de verdad. Miedo de quedarse sola para siempre. Es un miedo grande, señora, que no la deja moverse, aunque sus piernas pudieran."
Elara sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas, que había reprimido durante años, amenazaron con desbordarse. Las palabras del niño eran un espejo cruel de su alma, un reflejo de los pensamientos más íntimos que ni siquiera se atrevía a susurrar en la oscuridad de su propia mente.
Recordó el accidente, la traición de su prometido que la abandonó cuando supo que no volvería a caminar. La frialdad de su familia, más interesada en su herencia que en su bienestar. La soledad que se había vuelto su única compañera.
"¿Cómo sabes eso?", preguntó, la voz temblorosa.
Mateo se encogió de hombros, con la inocencia de quien dice una verdad obvia. "Mi abuela dice que todos tenemos un poco de ese miedo, señora. Pero algunos lo dejan crecer tanto que los atrapa."
Arthur regresó con un plato de salmón y una copa de zumo de naranja. Mateo lo miró con ojos brillantes, pero no se abalanzó sobre la comida. Primero, miró a Elara.
"Gracias, Arthur", dijo Elara, con una voz que sorprendió al mayordomo por su calidez. "Mateo, come. Debes tener hambre."
El niño asintió y comenzó a comer con una lentitud que denotaba respeto por la comida, no voracidad. Cada bocado era saboreado, cada sorbo de zumo, una bendición.
Mientras Mateo comía, Elara lo observaba. No era la lástima que solía sentir por los desfavorecidos, sino una especie de fascinación. Este niño, que no tenía nada, poseía una sabiduría que los psiquiatras más caros no habían podido desentrañar.
"Mi abuela también me enseñó que para curar el miedo, hay que dar algo de lo que uno tiene mucho", dijo Mateo entre bocados. "Usted tiene mucha riqueza, señora. Y mucha soledad."
Elara se quedó en silencio, digiriendo las palabras. Riqueza y soledad. Dos caras de la misma moneda en su vida.
"¿Qué debería dar, según tu abuela?", preguntó Elara, su voz cargada de una curiosidad que la sorprendió a sí misma.
Mateo dejó el plato a un lado, sus ojos se encontraron de nuevo con los de Elara. "Debe dar... su corazón, señora. Debe dar amor. Y debe recibirlo. Solo así el miedo se va, y el cuerpo puede volver a intentar moverse."
La afirmación del niño era tan simple, tan desarmante. Elara había buscado curas en la ciencia, en la tecnología, en la medicina más avanzada. Nunca se le había ocurrido que la respuesta pudiera residir en algo tan intangible, tan humano, como el amor.
"¿Y si ya no sé cómo dar amor?", susurró Elara, la pregunta surgiendo de lo más profundo de su alma herida. "Si lo he olvidado."
Mateo le dedicó una pequeña sonrisa. "Entonces, señora, yo le enseñaré. Mi abuela dice que el amor es como una semilla. Siempre está ahí, esperando un poco de agua y sol para crecer."
Elara cerró los ojos. La imagen de una semilla creciendo en su corazón árido le pareció extraña, pero no imposible. La frialdad que la había envuelto durante tanto tiempo empezaba a resquebrajarse, a derretirse bajo la mirada sincera de un niño.
Una nueva sensación comenzaba a gestarse en su interior, un presentimiento de que su vida estaba a punto de tomar un rumbo completamente inesperado. Pero, ¿estaba ella preparada para abrir su corazón, para enfrentar los miedos que Mateo había revelado?
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