La Venganza de la Heredera Millonaria: Cómo un Matón Escolar Perdió Todo su Lujo por un Acto Cruel

Marco se quedó inmóvil, con el libro de Sofía aún en sus manos, mientras la chica se incorporaba. Esperaba una confrontación, un grito, una súplica. En cambio, Sofía simplemente extendió su mano, sus dedos largos y delgados, y con una precisión sorprendente, le arrebató el libro de las suyas. No hubo fuerza, solo una determinación silenciosa. Sus ojos, profundos como pozos, se clavaron en los de Marco por un instante que pareció eterno, y luego, sin pronunciar una sola palabra, se dio la vuelta y se alejó con la misma calma con la que había llegado.

Sus amigos, antes tan ruidosos, ahora estaban en silencio, observando a Marco con una mezcla de confusión y preocupación. El rey había sido desautorizado, no con un golpe, sino con una mirada y un silencio ensordecedor. Marco intentó reír, forzar una carcajada para disipar la tensión, pero el sonido se ahogó en su garganta. El escalofrío aún lo recorría, y la imagen del tatuaje tribal, con ese ojo en el centro, se grabó en su mente.

Los días siguientes fueron extraños. Marco esperaba alguna represalia directa, pero no hubo nada. Sofía seguía siendo la chica silenciosa bajo el árbol. Sin embargo, el ambiente en la Academia Élite comenzó a cambiar sutilmente. Los murmullos en los pasillos ya no eran sobre las últimas travesuras de Marco, sino sobre noticias que aparecían en los periódicos.

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"¿Escuchaste lo del proyecto de la Torre del Sol de Lombardi?" preguntó una chica a otra en el comedor. "Dicen que hay problemas con los permisos ambientales."

Marco, que solía ignorar las conversaciones ajenas, sintió un pinchazo. La Torre del Sol era el proyecto insignia de su padre, una joya de lujo que prometía ser la más alta y exclusiva de la ciudad. "Tonterías," pensó. "Papá lo arreglará."

Pero los "problemas" no se arreglaron. Al contrario, se multiplicaron. Los medios de comunicación, que antes solo elogiaban a Don Ricardo, comenzaron a publicar artículos con títulos inquietantes: "Retrasos Inesperados en el Proyecto Lombardi", "Denuncias Anónimas Afectan Construcción de Lujo", "Investigación por Posible Corrupción en Adquisición de Terrenos".

La tensión en casa se volvió palpable. Don Ricardo, un hombre siempre impecable y sereno, ahora pasaba las noches al teléfono, su voz ronca de estrés, su rostro surcado por nuevas arrugas. Su madre, Doña Elena, una mujer acostumbrada a la opulencia y la vida social, se retiró a sus habitaciones, el brillo de sus ojos reemplazado por una ansiedad constante.

Marco, por primera vez, sintió el peso de la incertidumbre. Se sentía como un barco a la deriva en un mar cada vez más agitado. Un día, mientras pasaba por la biblioteca, vio a Sofía. Estaba sentada en una mesa apartada, no con sus libros antiguos, sino con voluminosos tomos de derecho y economía. Su concentración era absoluta. Marco sintió un escalofrío. ¿Podría ser una coincidencia?

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"¿Qué lees, cerebrito?" soltó, intentando recuperar su antigua insolencia, pero su voz sonó hueca.

Sofía levantó la vista. Sus ojos, inescrutables, lo miraron. "Estudios de caso sobre corporaciones y leyes de propiedad," respondió con una voz suave, casi un susurro, pero con una claridad que lo atravesó. "Es fascinante cómo una sola pieza de legislación puede derrumbar un imperio, ¿no crees?"

Marco se burló, pero el sudor frío le corrió por la espalda. "Mi padre es Don Ricardo Lombardi. Su imperio es inquebrantable."

Sofía le dedicó esa misma sonrisa fría. "A veces, Marco," ella dijo con una voz suave, "la gente cosecha lo que siembra. Y algunas semillas... tienen raíces muy profundas." Con un movimiento elegante, sacó de su estuche una pluma estilográfica de diseño exquisito. En el capuchón, grabado con una precisión asombrosa, estaba el mismo símbolo tribal que había visto en su muñeca: el ojo estilizado. Era una pluma que gritaba antigüedad y poder, no un simple objeto escolar. La sostuvo un momento, girándola lentamente entre sus dedos, como si fuera un cetro. "Las cosas no siempre son lo que parecen a simple vista."

Esa noche, Don Ricardo llamó a Marco a su estudio, un santuario de cuero y caoba que siempre había sido un símbolo de su éxito. El ambiente era sombrío. Don Ricardo estaba sentado detrás de su imponente escritorio, su rostro pálido y sudoroso, con la corbata aflojada. Tenía documentos esparcidos por toda la superficie, cada página un testamento a la creciente debacle.

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"Marco," dijo, su voz apenas un susurro, cargada de una desesperación que Marco nunca había escuchado. "Hemos perdido el proyecto de la Torre del Sol. Los permisos fueron revocados, y las multas... son astronómicas. Pero no solo eso. Parece que estamos siendo investigados a fondo por evasión fiscal, sobornos, y un sinfín de irregularidades en la adquisición de propiedades." Él se pasó una mano temblorosa por la frente. "Hay un nombre que sigue apareciendo en todos los documentos legales, en cada denuncia anónima, en cada orden judicial... un consorcio de abogados y financieros que nadie conoce, que apareció de la nada, pero con un poder ilimitado. Se hacen llamar 'Ojo del Águila'. ¿Te suena de algo?"

Marco sintió cómo su sangre se helaba en las venas. La imagen de la pluma de Sofía, con el mismo símbolo del ojo tribal, parpadeó ante sus ojos. El terror que había sentido bajo el árbol volvió con una fuerza arrolladora. Era como si un velo se hubiera rasgado, revelando una verdad monstruosa.

"Padre," él tartamudeó, su voz apenas audible, "yo... yo creo que sí."

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