La Venganza de la Hija del Millonario: El Secreto que Destruyó el Testamento de mi Madre en la Boda de mi Hermano

El hombre que hizo temblar el imperio familiar
La puerta de la camioneta central se abrió y un hombre bajó con una elegancia que dejó a todos sin aliento. Vestía un traje de corte italiano, de un azul noche tan oscuro que parecía negro, y caminaba con la seguridad de quien sabe que es el dueño de cada centímetro de suelo que pisa.
Era Sebastián. Mi esposo. El hombre con el que me había casado en una pequeña oficina del registro civil hace seis meses, lejos de las cámaras y de la toxicidad de mi madre.
Los invitados susurraban. "¿Quién es él?", "¿Es algún ministro?", "¿Un magnate extranjero?". Mi padre, que estaba de pie junto al altar esperando a la novia de Julián, se puso lívido. Él conocía ese rostro de las portadas de las revistas de negocios, pero nunca lo había visto en persona.
Sebastián no miró a nadie más. Sus ojos buscaron los míos en la última fila. Me vio ahí, con mi vestido de flores barato y mi rostro cansado, y su mandíbula se tensó. Vi el destello de furia protectora en su mirada, la misma furia que me había prometido que nunca más dejaría que nadie me pisoteara.
Caminó por el pasillo central, ignorando el protocolo. Se detuvo justo frente a mi madre, que lo miraba con una mezcla de confusión y una repentina e hipócrita admiración por su estatus evidente.
—Disculpe, caballero —dijo mi madre, recuperando su tono de gran dama—, creo que se ha equivocado de ceremonia. Esta es una boda privada de la familia Valdivia.
Sebastián soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—Oh, no me he equivocado, señora Valdivia —dijo él, con una voz que resonó en cada rincón de la iglesia—. He venido a recoger a mi esposa. Y de paso, a entregarle una notificación que no podía esperar.
El murmullo en la iglesia se convirtió en un grito ahogado colectivo. "¿Su esposa?", repitieron varios. Mi madre palideció, mirando a su alrededor buscando a la supuesta mujer de alta sociedad que se habría casado con semejante millonario.
Sebastián se giró hacia mí y extendió su mano.
—Elena, amor mío, ven aquí —dijo con ternura.
Me levanté lentamente. Caminé por el pasillo bajo la mirada atónita de cientos de personas. Cuando llegué a su lado, él me rodeó la cintura con firmeza y me dio un beso en la frente. Mi madre parecía estar a punto de sufrir un síncope.
—¿Elena? —tartamudeó mi padre, bajando del altar—. ¿Qué significa esto? ¿Cómo conoces al señor Blackwood?
—No solo lo conozco, papá —dije con voz firme, proyectándola para que todos escucharan—. Soy su esposa. Y soy la dueña de la mitad de las acciones de tu empresa, las que Sebastián compró para mí como regalo de bodas.
Julián, mi hermano, dio un paso adelante, rojo de la ira.
—¡Esto es ridículo! ¡Es un montaje! ¡Tú no eres nadie, Elena! ¡Mamá dijo que eras una fracasada!
Sebastián sacó un sobre de cuero de su saco. Lo abrió con calma deliberada y extrajo un documento con sellos notariales dorados.
—Señora Valdivia —dijo Sebastián, dirigiéndose a mi madre—, usted pasó años diciéndole a Elena que Julián era el único heredero. Pero cometió un error legal imperdonable al ocultar el testamento original de su difunto suegro, el abuelo de Elena.
Mi madre retrocedió, tropezando con el banco de madera.
—No sé de qué habla... —susurró, pero sus manos temblaban violentamente.
—Hablo de la cláusula de "Integridad y Mérito" —continuó Sebastián—. El abuelo de Elena dejó estipulado que, si se demostraba que uno de los herederos era maltratado o marginado por el otro para favorecer un patrimonio, la totalidad de la herencia pasaría automáticamente a la parte afectada.
—¡Eso es mentira! —gritó Julián—. ¡Esa mansión es mía! ¡La empresa es mía!
—Ya no —sentencié yo, mirando a mi hermano a los ojos—. Hemos presentado las grabaciones de seguridad de la casa de esta mañana. Las cámaras que tú mismo instalaste para vigilar a los empleados, Julián. Grabaron a mamá destrozando mi vestido y humillándome. Grabaron años de abuso verbal.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los invitados, la crema y nata de la ciudad, estaban presenciando el colapso en vivo de la familia más prestigiosa de la región.
Sebastián entregó el documento a mi padre.
—Aquí está la orden de desalojo de la mansión. Tienen 24 horas. La propiedad ahora está a nombre de mi esposa, Elena Blackwood. Y en cuanto a la empresa... bueno, mañana a las ocho de la mañana tenemos una junta de accionistas para nombrar a la nueva Presidenta del Directorio.
Mi madre se desplomó en el banco, llorando no de tristeza, sino de humillación. Su plan de hacerme quedar como una "pobre solterona" frente a sus amigos se había convertido en su propia ruina pública.
Pero lo que ella no sabía era que la sorpresa final aún no había sido revelada.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA