La Venganza de la Limpiadora: El Abogado del Millonario Reveló que Ella Era la Única Dueña de la Mansión

PÁGINA 2: El Testamento Oculto y el Secreto de la Guardia

El aire en la cocina se había vuelto denso, cargado de ozono y adrenalina. María se movía con una gracia inesperada, manteniendo la distancia perfecta, el kukri brillando bajo la tenue luz de la lámpara de la campana extractora.

El Jefe, cuyo nombre real era Darío, intentaba recuperar el control de la situación. Él era un mercenario, no un asaltante de casas al azar. Este trabajo había sido demasiado fácil, hasta ahora.

"¡Suelta el arma o te vuelo la cabeza!" bramó Darío, retrocediendo hacia la puerta del comedor.

"Dispara," replicó María, con una calma espeluznante. "Pero si fallas, te aseguro que el siguiente en caer no será solo herido."

El tercer ladrón, el flaco, intentó flanquearla por la derecha, buscando la salida. María no lo miró, pero escuchó el cambio en el patrón de su respiración. Lanzó el cuchillo, no a él, sino al cable de acero que sostenía una pesada estantería de sartenes de cobre.

El cable se cortó limpiamente.

La estantería cayó con un estruendo metálico y ensordecedor justo delante del ladrón, obligándolo a retroceder aterrorizado.

Darío disparó. El tiro fue alto, rozando la pared de azulejos. El impacto fue ensordecedor.

María aprovechó la distracción para desaparecer detrás de la enorme isla central de la cocina.

("Veinte años, María. Veinte años de fingir que solo limpiabas platos. Pero el cuerpo nunca olvida el entrenamiento de la Unidad 'Fénix'," pensó, mientras su corazón latía con el ritmo acompasado de la batalla.)

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Ella no era una simple empleada. Antes de trabajar para Don Ricardo Vargas, María había sido una agente de seguridad de élite, especializada en protección de testigos y extracción. Había dejado esa vida después de un incidente trágico que involucró a su familia y, por ironía del destino, a un favor que le debía a Don Ricardo.

Don Ricardo, el dueño de la mansión, la había empleado como "limpiadora" para mantenerla oculta y segura, cerca de él, sin que nadie sospechara su verdadera capacidad.

Darío, desesperado, se dirigió al salón principal, donde sabía que estaba la caja fuerte oculta detrás de la biblioteca.

"¡Dejemos a la vieja! ¡Busquemos el paquete! ¡El tiempo se acaba!" gritó a su único compañero funcional.

María salió de la cocina, siguiendo el sonido. Sabía que las joyas no eran su objetivo principal. Nadie que actuara con tanta precisión y riesgo iría solo por un collar.

Llegó al estudio. Darío estaba forzando el mecanismo de la caja fuerte con una herramienta especializada.

"¿Qué buscan realmente?" preguntó María, apareciendo en el umbral.

Darío se sobresaltó, pero no se dio la vuelta. Estaba a segundos de abrir la caja.

"Algo que vale mucho más que esta casa, señora," respondió Darío con burla. "Algo que su jefe, el gran Don Ricardo, intentó ocultar y que ahora vamos a recuperar."

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El mecanismo hizo clic. La pesada puerta de acero se abrió.

Darío metió la mano y sacó un sobre de papel grueso, sellado con lacre. No eran joyas.

"¡Lo tengo!" exclamó.

En ese momento, María lanzó un pesado pisapapeles de bronce que impactó directamente en la mano de Darío, haciendo que soltara el sobre y la herramienta.

Darío rugió de dolor y se giró, pistola en mano.

"¡Te mataré, maldita sea!"

Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el sonido de las sirenas de la policía inundó el jardín. Alguien, quizás un vecino que escuchó el disparo inicial, había llamado.

Darío entró en pánico. Olvidó su plan de escape y corrió hacia María, agarrándola por el cuello y usándola como escudo humano.

"¡No te acerques, policía! ¡La mato!" gritó Darío hacia la ventana.

María no luchó. Sabía que la policía no dispararía con un rehén.

Darío la arrastró de regreso al estudio, pegando el cañón de la pistola a su sien. Sus ojos se posaron en el sobre que había caído al suelo.

"¿Qué es esto?" preguntó Darío, con la voz quebrada. "¡Dime qué es este documento tan importante! ¡Rápido!"

María sintió el frío metal en su piel. Miró el sobre en el suelo, con el sello intacto. Ella nunca había sabido lo que Don Ricardo guardaba en esa caja fuerte, solo que debía protegerla.

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"Es el Testamento," susurró María, su voz baja y firme a pesar de la presión. "El testamento de Don Ricardo Vargas."

Darío se rio con amargura. "¿Y qué? ¿Me vas a decir que me hice todo este lío por un papel de herencia? ¡Eso no vale nada para mí!"

"Te equivocas," continuó María, sus ojos fijos en los de él. "Vale todo. Porque en él, Don Ricardo no le deja la mansión ni la fortuna a su esposa, ni a sus hijos."

Darío la zarandeó, exigiendo la verdad.

"¿A quién se lo deja, entonces? ¡Habla!"

María cerró los ojos un instante, dejando que la verdad saliera a la luz, una verdad que ni siquiera ella había podido procesar completamente.

"Me lo deja a mí, Darío. El testamento me nombra la única heredera universal de toda la fortuna Vargas. Yo soy la dueña legal de esta mansión."

El shock en el rostro de Darío fue absoluto, un terror que superó el miedo a la policía. Se dio cuenta de que no había asaltado la casa de un millonario; había atacado a la dueña legítima, a una mujer con entrenamiento militar que acababa de heredar miles de millones.

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