La venganza de una mujer desfigurada que dejó a todos con la boca abierta

Si llegaste aquí desde Facebook, es porque te quedaste con la intriga de saber qué fue lo que hizo esta mujer después de que tanto la doctora como su esposo la destruyeran por completo.

Lo que está a punto de leer te va a dejar sin palabras.

Porque cuando una mujer toca fondo y no tiene nada más que perder, es capaz de cosas que jamás imaginarías.

El momento exacto en que todo cambió para siempre

Carmen Rodríguez tenía 50 años cuando decidió hacerse ese procedimiento estético. Llevaba 25 años casada con Roberto, un hombre que últimamente la hacía sentir invisible.

"Ya no me mira como antes", se confesaba al espejo cada mañana.

Las arrugas alrededor de sus ojos se habían profundizado. Su piel había perdido esa firmeza de los 30. Y Roberto... Roberto cada vez llegaba más tarde a casa.

Por eso cuando su comadre le recomendó a la doctora Isabel, Carmen no lo pensó dos veces.

"Es la mejor en tratamientos faciales, comadre. Te va a dejar como quinceañera", le había dicho.

La clínica estaba en el centro de la ciudad. Un edificio moderno, con recepción elegante y certificados colgados por todas las partes. Carmen se sintió tranquila al ver tanto profesionalismo.

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La doctora Isabel la recibió con una sonrisa que ahora, recordándola, le helaba la sangre.

Alta, delgada, con el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos tenían algo extraño. Como si supiera algo que los demás no sabíamos.

"Señora Carmen, con este procedimiento va a quedar como una reina para su marido", le dijo mientras preparaba las jeringas.

Carmen se acomodó en la camilla. El corazón le latía de emoción.

Por fin Roberto volvería a mirarla como en los primeros años de matrimonio.

Lo que pasó en esa camilla era solo el comienzo del horror

La doctora Isabel se acercó con la primera jeringa. Carmen cerró los ojos, confiada.

El primer pinchazo fue en la frente. Luego en los pómulos. Después alrededor de los ojos.

"¿Duele mucho, doctora?", preguntó Carmen cuando sintió que la aguja se hundía más profundo de lo esperado.

"Es normal, querida. La belleza cuesta", respondió la doctora.

Pero había algo en su tono que no le gustó a Carmen. Una frialdad que no había notado antes.

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La doctora siguió inyectando. Una, dos, tres veces en cada zona de la cara.

Y entonces Carmen la escuchó reírse.

No era una risa normal. Era una carcajada burlona, cruel. Como si estuviera disfrutando algo que Carmen no podía ver.

"¿De qué se ríe, doctora?", preguntó con la voz temblorosa.

"De nada, querida. Ya terminamos. Puede incorporarse."

Carmen se levantó despacio. Sentía la cara pesada, como si hubiera subido de peso solo en esa zona.

"El resultado lo verá en unas horas. Váyase tranquila a casa", le dijo la doctora, ya sin disimular esa sonrisa maliciosa.

Carmen pagó los 800 dólares del tratamiento. Salió de la clínica con una mezcla de nervios y emoción.

No sabía que acababa de firmar su sentencia.

El momento en que se miró al espejo y su mundo se destruyó

Dos horas después, Carmen llegó a su casa. Roberto aún no había regresado del trabajo.

Se dirigió al baño para verse en el espejo. Quería ser la primera en admirar su nueva apariencia.

Prendió la luz del baño.

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Se miró.

Y gritó como jamás había gritado en su vida.

"¡¿Qué me hiciste en la cara, doctora desgraciada?!"

Su reflejo era una pesadilla viviente.

La cara estaba hinchada como un globo. Los ojos casi cerrados por la inflamación. La piel tenía un color extraño, entre morado y amarillo.

Pero lo peor no era solo la hinchazón.

Era que parecía haber envejecido 20 años en una tarde. Las líneas de expresión se habían multiplicado. La piel colgaba en lugares donde antes estaba tersa.

Se veía como su propia abuela.

Carmen se tocó la cara con manos temblorosas. Estaba caliente, pulsante, como si tuviera fiebre concentrada en el rostro.

Corrió a buscar su teléfono para llamar a la doctora.

Número fuera de servicio.

Buscó la tarjeta de la clínica. Marcó el número principal.

"La doctora Isabel ya no trabaja aquí", le dijeron.

"Pero me atendió hace tres horas", gritó Carmen al teléfono.

"Lo siento señora, no tenemos registro de ningún paciente con ese nombre hoy."

Carmen sintió que el mundo se le venía encima.

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