La Venganza Silenciosa: Lo que el Dinero de Antonio Construyó en la Oscuridad

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Sabíamos que Marco había traicionado a su hermano Antonio, pero la verdad de ese último recibo es mucho más oscura que un simple robo. Ese nombre que hizo temblar a Antonio en la cocina era la llave a un abismo de traición que llevaba gestándose veinte años.

Antonio soltó la carpeta azul. Los recibos de Cancún ya no importaban.

Solo veía ese nombre en negrita: Ricardo Pineda.

Ricardo Pineda era un fantasma de la juventud de Antonio. No solo era el matón del pueblo que le robó la beca universitaria a Antonio hace dos décadas, sino que era el hombre que le arruinó la vida a su prometida, obligando a Antonio a huir del país para conseguir dinero.

Antonio apretó el papel con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

"¿Qué significa esto, Marco?", susurró Antonio, su voz era un hilo tenso y frío.

Marco dio un paso atrás, tropezando con una silla. Su rostro, antes pálido, se tornó rojo de pánico.

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"Antonio, te lo juro, es solo un negocio. Un trato. Él me ayudó a invertir, pero…"

"¿Invertir?", rugió Antonio, lanzando los papeles al rostro de su hermano. "¿Le has dado cien mil dólares de mi vida al hombre que juré no volver a ver?"

Marco se cubrió la cara. Lloraba, pero no de arrepentimiento, sino de terror puro. Sabía que había cruzado una línea que no tenía retorno.

El Pacto de la Desgracia

Marco intentó la excusa más patética: "¡Él te iba a devolver el doble! Construimos algo grande, Antonio. No es la casa humilde, es una mansión, un imperio."

"¿Dónde está ese 'imperio', Marco? Dime dónde está el dinero que me robaste."

Marco se desplomó contra la pared. Reveló, entre sollozos, que Ricardo Pineda había convencido a Marco de no construir la casa. Le dijo que era un plan anticuado.

En cambio, usaron el dinero para construir una especie de centro de operaciones a las afueras, una propiedad gigantesca y oculta. El objetivo era lavar dinero y construir una red de negocios ilícitos.

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Marco no era el administrador; era el peón.

Antonio ya no sentía rabia, sino un vacío helado. Marco había traicionado a su propia sangre para convertirse en socio, o esclavo, del peor enemigo de Antonio.

Antonio tomó las llaves del carro de Marco, las que pendían de un llavero con forma de casa. Qué ironía.

"Vamos, Marco," ordenó Antonio con una calma aterradora. "Me vas a llevar ahora mismo a esa mansión. Voy a ver con mis propios ojos qué compraste con mis 20 años de vida."

Marco no se atrevió a negarse. Subieron al carro en un silencio pesado, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Marco.

Condujeron durante cuarenta minutos, dejando atrás las luces de la ciudad por carreteras de tierra, hasta que se detuvieron frente a un muro de piedra de cuatro metros, coronado con alambre de púas y cámaras de seguridad.

La reja era de hierro forjado, imponente y maligna. Antonio sintió náuseas.

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Marco tecleó un código en el panel, la reja chirrió y se abrió lentamente.

La propiedad era inmensa. No era una casa, era un complejo. Los jardines, descuidados, parecían tragar la luz.

Antonio bajó del carro y avanzó hacia la puerta principal. Era de roble macizo y parecía diseñada para repeler un asedio.

"Antonio, por favor, no entres. Podemos hablar. Pineda está armado, él…"

Antonio ignoró a Marco. Levantó el puño.

Justo cuando su mano iba a golpear el portal, un sonido metálico y amortiguado resonó desde el interior de la casa. Era como si algo pesado se hubiera caído en la planta alta.

Un escalofrío recorrió la espalda de Antonio.

Y luego, un olor. Un olor acre, químico y enfermizo, se filtró por la rendija de la puerta.

No estaban solos. Y lo que estaban haciendo dentro, definitivamente no era legal.

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