La Verdad Detrás de la Pared: Lo Que Max Sabía Desde el Principio y Nadie Quiso Creer

Lo que la Luz Reveló

El grito de Clara resonó en el pasillo, pero yo no podía moverme. Estaba paralizado, con la vista clavada en el interior de esa falsa pared. Había un espacio de unos cuarenta centímetros de profundidad entre el muro de nuestro pasillo y la estructura original del edificio, un "falso fondo" arquitectónico que alguien había aprovechado meticulosamente.

Frente a mí, iluminado por la luz fría de mi teléfono, había un altar.

No era un montón de basura. Era una construcción deliberada, enfermiza y cuidada al detalle. Sobre una repisa de madera clavada toscamente a los vigas, había docenas de velas rojas y negras, ya consumidas, que habían formado cascadas de cera endurecida, pareciendo estalactitas de sangre seca. Y en el centro de esa locura, reinaba el caos de una obsesión.

Agarré el martillo de nuevo y, con un frenesí nacido del pánico, terminé de romper el yeso hasta abrir un hueco por el que pude pasar medio cuerpo. Necesitaba verlo de cerca. Necesitaba confirmar que no estaba alucinando.

El interior estaba tapizado de fotografías. Cientos de ellas. Estaban pegadas con chinchetas oxidadas, superpuestas unas sobre otras como escamas de un reptil. Todas eran de la misma mujer. Una chica joven, de unos veintitantos años, con el cabello castaño recogido en una coleta y una sonrisa que, en las fotos, se iba apagando progresivamente.

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Había fotos de ella caminando por la calle, tomadas desde lejos con un teleobjetivo. Fotos de ella comprando fruta. Fotos de ella esperando el autobús. Pero las que me hicieron sentir ganas de vomitar fueron las otras: fotos tomadas desde el interior de este mismo apartamento, pero desde ángulos imposibles. Fotos de ella durmiendo en el sofá. Fotos de ella saliendo de la ducha, borrosas por el vapor.

—Nos ha estado vigilando... —sollozó Clara, que se había asomado por encima de mi hombro—. ¿Son fotos mías? ¿Soy yo?

—No, amor, no eres tú —le dije, tratando de mantener la voz firme aunque estaba temblando—. Es la chica que vivía antes aquí. Es Elena.

Recordé el nombre porque llegaban cartas para ella al principio, cartas que devolvíamos al correo. Elena Martínez.

El Santuario del "Admirador"

Empecé a sacar los objetos con cuidado, usando un trapo para no tocar nada directamente, aunque sabía que mis huellas ya estarían por todas partes. Había ropa interior femenina, vieja y polvorienta, doblada con una pulcritud maniática. Había un cepillo de pelo con hebras castañas aún enredadas en las cerdas. Un tubo de pintalabios a medio usar.

Pero lo más perturbador eran las cartas. Paquetes y paquetes de cartas atadas con cintas de regalo, apiladas como ladrillos.

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Abrí una al azar. La caligrafía era pequeña, apretada, nerviosa.

"Elena, hoy te pusiste el vestido azul. Sabía que lo harías. Te queda mejor que el rojo, el rojo te hace parecer vulgar y tú eres una reina. No me gustó cómo le sonreíste al cajero del supermercado. Él no te merece. Nadie te merece, solo yo, que conozco el sonido de tu respiración cuando duermes."

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Max, que se había mantenido en silencio observando nuestra profanación, soltó un gemido lastimero y se escondió entre las piernas de Clara. Él sentía la energía residual. Él sabía que ese lugar estaba cargado de una maldad densa y pegajosa.

Seguí leyendo. Las cartas contaban una historia de terror en tiempo real.

"¿Por qué cambiaste la cerradura, mi amor? ¿Crees que eso me detendrá? Tengo llaves de tu alma. Anoche entré mientras soñabas. Te acaricié el pelo y no te despertaste. Eres tan bella cuando no estás asustada."

—Tenemos que irnos —dijo Clara, retrocediendo hacia la puerta de entrada—. Tenemos que irnos de esta casa ahora mismo.

—Espera —le dije, tomando el último sobre de la pila. Era diferente a los demás. No estaba amarillento por el tiempo. El papel se sentía... fresco.

La fecha en el sobre me golpeó como un puñetazo en el estómago.

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La carta tenía fecha de hace tres semanas. Tres semanas. El mismo día que nosotros nos mudamos.

Mis manos empezaron a sudar frío mientras abría el sobre. El papel crujió en el silencio del apartamento. Leí las líneas y sentí que la sangre se me drenaba de la cara.

"Ella se fue. La ingrata se escapó en la noche. Pero no importa. Han venido otros. Intrusos. Ocupan nuestro nido, Elena. Duermen en nuestra habitación. El perro... el maldito perro sabe que estoy aquí. Me gruñe a través de la pared. Pero no importa. Ya los haré callar. Pronto recuperaré nuestro hogar. Solo estoy esperando a que se duerman profundamente una vez más."

Se me cayó la carta de las manos. No era un altar antiguo. No era un recuerdo del pasado.

El cemento fresco en la base del hueco, el olor a perfume que aún persistía... El acosador no se había ido cuando Elena huyó. Él había estado volviendo. O peor aún...

Levanté la vista hacia el techo del hueco, hacia donde la falsa pared conectaba con el conducto de ventilación, y vi algo que brilló con la luz de la linterna. Un par de ojos humanos me devolvieron la mirada desde la oscuridad del ducto de aire acondicionado.

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA

  1. Ananías Malparida Morales dice:

    Bonitas historias

  2. Miodrag dice:

    Cuento sin final. Como paja sin correr se. Impotencia?

  3. Pilar dice:

    Nunca se sabe el final de la historia

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