La Verdad Detrás de las Rejas Doradas: Lo Que Esta Madre Descubrió Cambió Su Vida Para Siempre

Los Secretos en las Sombras
María se levantó de la cama, temblando. Los pasos se habían detenido, pero ahora escuchaba algo peor: una voz infantil llorando al final del pasillo.
"Mamá… mamá…"
Era la voz de un niño pequeño, desesperada y llena de dolor.
Con el corazón a punto de salírsele del pecho, María salió de la habitación. El pasillo estaba sumergido en una oscuridad espesa que parecía tragarse la luz de su celular.
Siguió el sonido del llanto hasta llegar a una puerta cerrada con llave. La voz venía de adentro.
"¿Hola? ¿Hay alguien ahí?", susurró María.
El llanto se detuvo de inmediato. Un silencio sepulcral llenó el pasillo.
Entonces escuchó la voz de Don Alberto detrás de ella: "No deberías estar aquí."
María se giró lentamente. Don Alberto estaba parado en la oscuridad, pero ya no era el hombre quebrado que había conocido horas antes. Su rostro había cambiado completamente.
"¿Quién está en esa habitación?", le preguntó María, tratando de controlar el temblor en su voz.
"Nadie", respondió él, pero sus ojos lo delataban. "Regresa a tu cuarto. Ahora."
María sintió cómo todos sus instintos maternales se activaban. Había algo terriblemente malo en esa casa.
"Escuché a un niño llorar", insistió.
Don Alberto se acercó más, y María pudo ver algo que la heló por completo: en su mano tenía una llave antigua, manchada de algo que parecía sangre seca.
"Mis hijos no murieron en un accidente, María", murmuró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Están aquí. Siempre han estado aquí."
El aire se volvió irrespirable. María retrocedió hacia la pared, comprendiendo lentamente la horrible verdad.
"Los mantuve aquí porque no podía dejarlos ir", continuó Don Alberto, metiendo la llave en la cerradura. "Y ahora tú y tus hijos se quedarán también. Para siempre."
La puerta se abrió con un crujido que resonó por toda la casa.
El olor que salió de esa habitación era indescriptible. Una mezcla de humedad, descomposición y algo dulzón que le revolvió el estómago.
Pero lo que vio María cuando Don Alberto encendió la luz la dejó paralizada de horror.
En esa habitación no había niños vivos.
Había algo mucho, mucho peor.
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