La Verdad Inconcebible: El secreto que un niño pobre reveló sobre mis hijas muertas

La huida silenciosa y la persecución desesperada
Don Ricardo giró la cabeza bruscamente, siguiendo la dirección de la mirada petrificada del niño. No vio nada. Solo las lápidas, los árboles, la quietud del cementerio.
Pero cuando volvió a mirar al niño, este ya no estaba allí.
Había desaparecido.
Se había esfumado como una aparición, dejando a Ricardo de rodillas, con el corazón martilleando contra sus costillas y la muñeca de trapo todavía grabada en su retina.
"¡Espera!", gritó, su voz ronca, alzándose con dificultad.
Corrió entre las tumbas, tropezando con las irregularidades del terreno, con la desesperación dándole alas.
"¡Niño! ¡Vuelve! ¡Por favor!"
Pero el cementerio solo le devolvió el eco de su propia súplica.
La muñeca. La muñeca de Valentina. ¿Cómo...? ¿Por qué?
La incredulidad se mezclaba con una punzante, aterradora esperanza. ¿Y si...? No, no podía ser. Sus hijas estaban muertas. Él las había visto. Las había enterrado.
¿O no?
La imagen del niño, sus ojos grandes y tristes, sus palabras: "ellas no están aquí", "las veo en otro lugar", "le mandan un mensaje".
Todo se arremolinaba en su cabeza, una tormenta perfecta de confusión y angustia.
Volvió al lugar de las lápidas de sus gemelas, sintiendo un escalofrío. Miró las fechas, los nombres. Todo parecía real, inmutable.
Pero la duda, esa pequeña semilla sembrada por un niño desconocido, había germinado.
Pasó el resto de la tarde buscando al pequeño. Recorrió el cementerio palmo a palmo, preguntó a los pocos visitantes y a los sepultureros.
Nadie lo había visto.
Nadie conocía a un niño con esas características.
Era como si el pequeño hubiera sido un fantasma, una proyección de su propia mente torturada. Pero la muñeca... la muñeca era real.
No podía ser una alucinación.
El mensaje cifrado en un trozo de tela
Don Ricardo regresó a casa esa noche, un cascarón vacío de sí mismo.
La casa, antes solo un recordatorio de su pérdida, ahora era también un eco de una nueva y terrible incertidumbre.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos del niño y la muñeca de Valentina.
A la mañana siguiente, con una determinación que no había sentido en dos años, volvió al cementerio.
No sabía qué esperaba encontrar. Quizás al niño. Quizás una señal.
Caminó directamente hacia las lápidas de sus hijas.
Y allí, entre las margaritas mustias que había dejado el día anterior, encontró algo.
Un pequeño trozo de tela.
No era de la muñeca. Era un retazo de tela burda, de un color grisáceo.
Pero en él, garabateado con lo que parecía ser carbón o un lápiz muy gastado, había un dibujo infantil.
Un dibujo rudimentario pero inconfundible.
Dos figuras pequeñas, de la mano. Con vestidos. Y una tercera figura, más grande, con barba. Él.
Y debajo, unas letras apenas legibles, como si hubieran sido escritas por una mano temblorosa o muy joven: "Río de Piedra. Casa 17".
El corazón de Ricardo dio un vuelco.
Río de Piedra. Era un barrio pobre, al otro lado de la ciudad. Un lugar marginal, olvidado.
Casa 17.
¿Qué significaba? ¿Era el mensaje? ¿Era una trampa?
Su mente, acostumbrada a la quietud del duelo, ahora corría a mil por hora.
La esperanza se mezclaba con el miedo más profundo. Miedo a que fuera una broma cruel. Miedo a que fuera real.
Tomó el trozo de tela, apretándolo en su puño. La tela, áspera contra su piel, era la única prueba de que nada de lo ocurrido el día anterior había sido un sueño.
Decidió ir a Río de Piedra. Solo.
No podía involucrar a la policía con una historia tan descabellada, con un dibujo infantil y las palabras de un niño que desapareció. Se reirían de él.
O peor, pensarían que había perdido la cabeza.
Necesitaba respuestas. Necesitaba saber.
Esa tarde, su viejo coche se abrió paso por las calles polvorientas de Río de Piedra. El barrio era un laberinto de callejones estrechos y casas improvisadas, construidas con lo que se podía encontrar.
Niños descalzos corrían entre la basura.
El aire olía a humedad, a pobreza, a desesperación.
Encontró la Casa 17.
No era una casa. Era una chabola. Una estructura precaria de tablas de madera y láminas de metal oxidado, encajonada entre otras similares.
La puerta, hecha de un viejo tablón, estaba ligeramente abierta.
Ricardo dudó. Un sudor frío le perlaba la frente.
¿Y si era un error? ¿Y si era peligroso?
Pero la imagen de Valentina y Sofía, sus risas, sus rostros, lo empujó hacia adelante.
Empujó la puerta con suavidad.
El interior era oscuro, apenas iluminado por una rendija en el techo. Olía a encierro y a algo más, algo denso y dulzón.
Sus ojos tardaron en acostumbrarse.
Y entonces lo vio.
En el centro de la chabola, sobre una pila de trapos viejos, yacía el niño del cementerio.
Estaba pálido, casi translúcido.
Sus ojos, los mismos ojos grandes y asustados, lo miraron sin sorpresa.
A su lado, un hombre corpulento y de aspecto rudo, con una botella de licor en la mano, roncaba ruidosamente. Un olor a alcohol y sudor llenaba el aire.
"Señor", susurró el niño, con voz aún más débil que la del día anterior. "Sabía que vendría".
Ricardo se acercó, el corazón encogido de pánico y preocupación por el estado del niño.
"¿Qué te pasó? ¿Quién es este hombre?"
El niño tosió, una tos seca y dolorosa.
"Es mi padre", dijo. "No le gusta que hable con extraños. Y no le gusta que diga la verdad".
Con una fuerza sorprendente, el niño extendió una mano temblorosa y señaló hacia un rincón oscuro de la chabola.
"Ellas no están en el cementerio, señor Ricardo", dijo, con una urgencia febril. "Están allí. En ese sótano. Y no están solas".
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