Las Seis Palabras que Cambiaron la Herencia Millonaria del Magnate Solitario

La Llegada del Abogado y la Prueba de Sangre
Harrington no durmió esa noche. Permaneció sentado en el estudio, leyendo las cartas empapadas en whisky que Elena había recuperado. Cada palabra de Clara era un puñal que atravesaba décadas de negación. Ella explicaba su decisión de irse, de criar a David lejos de la influencia tóxica del imperio Harrington, sin pedir nada.
A las 4:00 AM, la puerta principal de la mansión se abrió con un estruendo.
Entró Robert Blackwood, el abogado personal de Harrington, un hombre tan frío y calculador como su jefe solía ser. Blackwood era el guardián de la fortuna, el arquitecto de los testamentos blindados y las cláusulas de no impugnación.
Venía enfadado, arrastrando su maletín de cuero italiano.
"¿Me ha hecho venir en Nochebuena, a esta hora, para qué, Arthur? ¿Para discutir una nueva adquisición en Asia?" Blackwood ajustó su corbata de seda, mirando a Elena con desdén. Ella estaba sentada modestamente en un sillón, esperando.
Harrington no respondió a la burla. Simplemente deslizó las cartas mojadas sobre el escritorio.
"Robert, lee esto. Y luego te diré el problema. Un problema que, si es verdad, cambia todo mi testamento."
Blackwood frunció el ceño, recogió los documentos con las puntas de los dedos, como si fueran basura. A medida que leía, su expresión de irritación se transformó en pura alarma.
"Esto… esto es inadmisible, Arthur," espetó Blackwood, golpeando las cartas contra la madera. "Esto es la palabra de una mujer muerta, una antigua amante, y la afirmación de una empleada doméstica. Esto huele a chantaje barato. ¿Por qué no la despedimos y le ponemos una orden de alejamiento ahora mismo?"
Elena se encogió. El miedo de perder su única oportunidad la paralizó.
Harrington levantó una mano, deteniendo la diatriba del abogado.
"Ella no me ha pedido dinero, Robert. Solo me ha dicho la verdad. Su hijo, David, está en el Hospital Central de la ciudad. Necesita ayuda médica urgente. Si es mi hijo, no es chantaje, es una obligación."
Blackwood se rió, un sonido seco y desagradable. "Obligación moral, quizá. Legalmente, no. Si usted no lo reconoció, y no hay Testamento que lo mencione, esta fortuna está a salvo. Si usted cede ahora, se abrirá la puerta a que cualquier oportunista reclame una parte de su legado."
"No me importa el legado, Robert," dijo Harrington, algo que nunca antes había pronunciado. "Me importa la verdad. Y la vida de ese chico."
El abogado lo miró fijamente. Vio un cambio fundamental en el hombre que había servido durante veinte años.
"Muy bien," concedió Blackwood, resignado, pero con un plan malvado ya en marcha. "Si insiste en esta locura sentimental, haremos lo único que puede blindarnos legalmente. Una prueba de ADN. Ahora. Si resulta negativo, esta mujer se va a la cárcel por intento de fraude y extorsión. ¿De acuerdo, Elena?"
Elena asintió con la cabeza, sus ojos brillando con lágrimas. "Estoy dispuesta a lo que sea. No miento."
El resto de la mañana fue un torbellino de actividad frenética. Blackwood llamó a un laboratorio privado, movilizando a un técnico para que viniera de inmediato. Harrington y Elena se sometieron a las pruebas salivales. Luego, el técnico se dirigió al Hospital Central para tomar una muestra de David.
La espera fue insoportable. Harrington caminaba por el estudio, sintiendo el peso de veinticinco años de decisiones equivocadas. Pensaba en Clara, en el dolor que le causó al dejarla, y en el hijo que nunca conoció, que ahora luchaba por su vida a pocos kilómetros de su opulenta prisión.
"Si es mi hijo, Robert," dijo Harrington, deteniéndose ante el abogado, "quiero que sepas que no solo pagarás la operación, sino que lo reconoceré. Lo añadiré al testamento. Lo haré el heredero principal de mi corporación. No me importa lo que digan las cláusulas antiguas."
Blackwood palideció. Esto era un desastre para su control sobre la estructura legal de Harrington Enterprises.
"Arthur, eso es… imprudente. Podemos crear un fideicomiso. Darle dinero. Pero darle el control de su imperio a un desconocido enfermo…"
"Si es mi sangre, no es un desconocido," interrumpió Harrington con frialdad.
A las 6:00 PM, el técnico regresó, con un sobre de papel grueso y sellado en su mano. La nieve caía aún más fuerte afuera.
El silencio en el estudio era total. Elena se puso de pie, temblando. Harrington se mantuvo rígido, con la mirada clavada en el sello de lacre.
Blackwood tomó el sobre con una solemnidad forzada. Rasgó el papel lentamente, extrayendo el informe. Sus ojos recorrieron las cifras y los porcentajes.
El aire se detuvo.
El rostro de Robert Blackwood, el abogado más implacable de la ciudad, se drenó de color. Sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido. Miró a Harrington, luego a Elena, y luego volvió a mirar el papel, como si esperara que la tinta cambiara de opinión.
La verdad estaba allí, escrita en un 99.99%.
El futuro del imperio de Harrington, la validez de su testamento y la vida de un joven dependían de lo que Blackwood acababa de leer.
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