El Precio Oculto del Milagro: Lo que la Criada Sacrificó por Camila la hija del Millonario

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Esa sonrisa. La que Camila le dedicó a Sofía en la penumbra. Esa es la prueba que fulminó todo el escepticismo de Rodrigo Alarcón. Había pagado fortunas por diagnósticos y tratamientos fallidos, y ahora, el milagro estaba ocurriendo en silencio, orquestado por una mujer que ganaba el sueldo mínimo.

Pero el frasco… el olor a tierra mojada y ese lenguaje extraño.

Rodrigo no era un hombre que creyera en la suerte o en la magia, pero tampoco podía ignorar la mejoría evidente de su hija. Se acercó a Sofía, que estaba paralizada por el terror de ser descubierta.

"¿Qué es eso? ¿Qué le estás dando a mi hija?", siseó Rodrigo, manteniendo la voz baja para no despertar a Camila.

Sofía se levantó lentamente. Sus ojos, normalmente vacíos por la rutina, ahora brillaban con una mezcla de miedo y una convicción aterradora.

"Señor, por favor", susurró Sofía. "Le juro que funciona. Si me despide, ella volverá a…". No pudo terminar la frase.

Rodrigo tomó el frasco del suelo. Estaba frío y contenía un líquido denso, casi fangoso, con hebras verdes. No era un jarabe farmacéutico.

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"Dime qué es, o llamo a la policía. En este momento", ordenó Rodrigo. El tono no admitía negociación.

Sofía sabía que estaba perdida. No le importaba la cárcel tanto como que el tratamiento se interrumpiera.

"Es una… curación. Ancestral", dijo ella, con la barbilla temblando. "Es una infusión de raíces especiales. Recogidas de la tierra".

"¿Qué raíces? ¿Y por qué el ritual? ¿Por qué esa lengua?", inquirió Rodrigo, sintiendo que la realidad se tambaleaba bajo sus pies.

Sofía apretó los puños. "La receta no es mía. Es de mi pueblo. Requiere que la voluntad y la vida sean infundidas en la mezcla. Es la única manera de que funcione para enfermedades tan graves."

Rodrigo sintió un escalofrío. ¿Vida infundida? ¿Qué clase de brujería era esta?

"Quiero ver el origen", declaró Rodrigo. "Ahora mismo. Llévame al lugar donde conseguiste esto."

Sofía dudó. Ese era el verdadero secreto, mucho más peligroso que la infusión. Si Rodrigo veía la fuente, entendería el costo real del milagro.

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La Confrontación en la Oscuridad

Eran las tres de la mañana. La mansión de los Alarcón era una mole oscura, silenciosa, que custodiaba secretos de riqueza y ahora, de vida y muerte.

Rodrigo y Sofía caminaron por los jardines inmensos, iluminados solo por la luna menguante y la linterna del teléfono de Rodrigo. El aire era pesado, cargado de rocío y el olor dulce de las flores nocturnas.

Sofía caminaba con urgencia, dirigiéndose no a los límites de la propiedad, sino hacia una zona que Rodrigo casi había olvidado que existía.

Era un área remota, detrás de los invernaderos abandonados, donde la maleza había crecido libremente durante años. Una pequeña arboleda oscura, silenciada.

"No está lejos", murmuró Sofía, su voz apenas un suspiro.

El empresario, acostumbrado a los lujos y la seguridad, sentía una punzada de miedo instintivo. Esta era la primera vez que pisaba esa tierra, el rincón olvidado de su propio imperio.

Llegaron a un pequeño cobertizo de madera, viejo y semi-derruido, que había sido utilizado hace décadas para guardar herramientas de jardinería ya obsoletas.

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El miedo de Sofía era palpable. No era solo miedo a ser descubierta, era pavor.

Rodrigo se detuvo antes de la puerta. Estaba cerrada con un cerrojo oxidado.

"Ábrelo. Ya", exigió.

Sofía, con manos temblorosas, descorrió el cerrojo. El chirrido del metal oxidado rompió la quietud de la noche como un grito.

Rodrigo empujó la puerta con fuerza.

Una ráfaga de aire frío y húmedo les golpeó el rostro, trayendo consigo el inconfundible aroma a tierra removida y… algo más. Algo dulzón y putrefacto.

Rodrigo encendió la linterna del móvil, barriendo el haz de luz por el interior estrecho y oscuro.

Justo antes de que la luz tocara el centro del cobertizo, se oyó un sonido inconfundible. No era un animal.

Era un golpe seco, como si alguien o algo hubiese estado trabajando allí y hubiera dejado caer una herramienta pesada justo en el momento en que abrieron la puerta.

El pánico se apoderó de Rodrigo. No estaban solos.

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