El Precio Oculto del Milagro: Lo que la Criada Sacrificó por Camila la hija del Millonario

El Olor a Tierra Mojada y Miedo

El corazón de Rodrigo latió con violencia contra sus costillas. Apuntó la luz directamente hacia el centro del cobertizo.

La figura no era humana.

Era una vieja pala de jardín que, al parecer, había estado mal apoyada y cayó por la corriente de aire. El alivio fue momentáneo, eclipsado rápidamente por lo que la luz reveló en el suelo.

La mitad del cobertizo había sido convertida en un jardín secreto. No había macetas. Había tres surcos poco profundos y bien cuidados de tierra negra y húmeda, de donde brotaban tallos delgados y hojas de un verde intenso, casi negro. Eran las raíces.

Sofía se arrodilló al instante, protegiendo las plantas con su cuerpo.

"¡No las toque!", gritó ella, desesperada. "Dependen de esto. ¡Camila depende de esto!"

Rodrigo ignoró su súplica y se acercó. El olor era fuerte aquí, terroso y metálico, como sangre seca.

"¿Por qué aquí? Podrías haberlo plantado en el jardín principal. ¿Qué tienen de especial estas raíces?", preguntó Rodrigo, su voz rasposa por el miedo y la indignación.

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Sofía respiró profundamente, preparándose para la revelación que destruiría su vida y la confianza de Rodrigo.

"Son raíces del olvido, señor", empezó Sofía. "Se usan para purificar. Pero solo funcionan si son nutridas con la energía de una pérdida. De un sacrificio voluntario."

Rodrigo se agachó. No vio fertilizante químico. Solo tierra. Y en el extremo de uno de los surcos, notó algo enterrado a medias.

Tiró de ello. Era una manta de bebé, pequeña y gastada. Estaba desintegrándose, pero el bordado aún era visible. Una pequeña estrella roja en una esquina.

"¿Qué es esto?", preguntó Rodrigo, sintiendo un nudo de hielo en el estómago.

Sofía no respondió. Sus ojos estaban fijos en la manta, llenos de un dolor que superaba el de la propia muerte.

El Secreto Enterrado

Rodrigo apartó la manta. Debajo, donde las raíces parecían crecer con más fuerza, había una pequeña placa de madera, sencilla, incrustada en la tierra.

Con la luz del teléfono, leyó la inscripción: Mateo. Nuestro Ángel. 2017.

El sonido que hizo Sofía no fue un llanto, sino un gemido sordo.

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"Mateo era mi hijo, señor", reveló Sofía con voz rota, las palabras apenas audibles. "Murió aquí, en la propiedad, hace cinco años. Fue un accidente que la compañía cubrió."

Rodrigo recordó vagamente el incidente: un niño de la familia de un empleado que había caído en la piscina durante una fiesta. Lo habían resuelto con dinero y silencio.

"¿Qué tiene que ver tu hijo con esto?", exigió Rodrigo.

"Todo", sollozó Sofía. "El secreto de la raíz no es solo la planta. Es la fuente de nutrición. El ritual requiere que la tierra sea bendecida por el amor más puro y el dolor más profundo. Mateo… su espíritu, su pérdida, es lo que da vida a la cura de Camila."

El líquido fangoso en el frasco no era solo una infusión de raíces; era una poción energizada por el dolor de una madre que había perdido a su hijo en esa misma tierra, y que ahora usaba esa tragedia para salvar a la hija de su jefe.

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Sofía se estaba sacrificando en cada ritual, extrayendo la energía del duelo para dársela a Camila.

Rodrigo se sintió enfermo, no solo por la revelación macabra, sino por la vergüenza. Él había usado el dinero para cubrir la muerte del hijo de Sofía, y ella estaba usando esa misma tragedia para salvar a la suya.

Mientras Rodrigo trataba de asimilar la magnitud del sacrificio, la penumbra de la noche se rompió.

De repente, una luz potente, mucho más fuerte que la de un móvil, apareció en la pequeña ventana del cobertizo. Venía de fuera, apuntando directamente a la puerta.

Luego, un sonido claro: la tierra crujiendo bajo la suela de una bota pesada.

Alguien más había descubierto su secreto, o peor, lo estaba vigilando.

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