La Línea Oculta: Lo que Sofía Encontró en el Testamento de Venganza de su Padre

El Olor de la Traición

El corazón de Sofía latía con la fuerza de un tambor de guerra.

Marco soltó el destornillador. Cayó al suelo con un estrépito.

"¿Qué fue eso?" preguntó Marco, en un susurro que no era más que un aliento.

"Un animal," balbuceó Sofía, intentando racionalizar. "Una rata, un insecto…"

Pero el perro, Lucas, que estaba en la cima de las escaleras, empezó a aullar. No un aullido de juego. Sino uno de profunda angustia.

Marco se armó de valor. Tomó el destornillador de nuevo y, con un grito de esfuerzo, hundió la palanca.

La plancha de cemento se desplazó con un sonido repugnante, como el de algo que se despega de la piel.

Una bocanada de aire viciado salió de la abertura.

El olor era lo peor.

No era solo el polvo de construcción o la humedad del cemento. Era un hedor químico. Acre. Mezclado con un dejo metálico.

Marco encendió la linterna y la dirigió al interior del hueco.

El agujero era profundo, más de lo que la estructura de la casa permitía. Parecía que Pedro había excavado bajo la cimentación.

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En el fondo, apenas visible, había un objeto grande. Una nevera portátil industrial. De las que se usan en expediciones o para guardar muestras sensibles.

"Una nevera," Sofía se acercó, la curiosidad superando al pánico. "¿Por qué escondería eso?"

Marco, con precaución, extendió la mano y tiró del asa de la nevera. Estaba increíblemente pesada.

El objeto estaba sellado con cinta de embalaje gris de alta resistencia. Varias vueltas. Un trabajo metódico y paranoico.

Mientras la sacaban, la linterna de Marco iluminó la pared interior del anexo.

No estaba vacía.

Grabado toscamente en el cemento, había un símbolo. Un pequeño círculo con una línea cruzada, el logo de la constructora para la que Pedro había trabajado durante veinte años.

Y justo debajo del logo, una fecha reciente. La semana antes de su deportación.

"Pedro estuvo aquí la última semana. Lo selló justo antes de que Migración viniera," Sofía entendió la premeditación de la venganza.

Abrieron la nevera. Tuvieron que usar la palanca para cortar las capas de cinta.

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El click del seguro al soltarse resonó en el sótano silencioso.

Marco levantó la tapa con una lentitud desesperante.

La luz de la linterna penetró el interior.

La nevera no contenía dinero, ni joyas.

Contenía archivos. Carpetas de anillas gruesas, perfectamente ordenadas. Mapas enrollados de planos de construcción.

Y justo en el centro, sobre todos los papeles, había una bolsa de plástico sellada. En su interior, un teléfono celular viejo y un USB.

"Son pruebas," dijo Sofía, sintiendo el peso de la ley sobre ellos. "Pruebas de algo terrible."

Marco tomó el teléfono. Estaba encendido. La batería, milagrosamente, aún tenía carga.

Abrió la galería. Había docenas de videos.

El primer video que reprodujeron no tenía audio, pero no lo necesitaba.

Era una grabación granulada, tomada de noche, desde una distancia considerable.

Mostraba el lugar de construcción de un nuevo complejo de apartamentos.

Se veía a varios hombres, con chalecos reflectantes, moviéndose de manera frenética.

Y luego, la cámara se acercó con un zoom digital precario, enfocando una figura que era inconfundible.

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Era Don Pedro. Pero no estaba trabajando.

Estaba forcejeando con otro hombre. Una sombra en el video.

De repente, Pedro y la sombra se detienen. Pedro levanta algo, un objeto pesado.

Y luego el golpe. El cuerpo del otro hombre se desploma fuera del campo de visión.

La cámara tiembla, y Sofía y Marco se dan cuenta de lo que están viendo: una evidencia de homicidio. O al menos, un accidente fatal encubierto.

Marco, temblando, detuvo el video. Sus ojos estaban fijos en la pantalla del teléfono, la cara de Don Pedro congelada en una expresión de desesperación y miedo.

Sofía miró el reflejo en la pantalla. Estaba de espaldas a la escalera.

En ese reflejo, justo detrás de su hombro, la luz de la linterna que Marco sostenía se refractó de una manera extraña.

No era la sombra de Lucas.

No era la luz de una ventana.

Era un brillo. El brillo de algo pequeño y metálico.

Y en ese reflejo, ella vio que la puerta del sótano, que habían dejado abierta de par en par, ahora estaba cerrada.

Silenciosamente.

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