El abrazo del fantasma: Cuando crees que lo has perdido todo y la vida te devuelve un milagro peligroso

Continuamos con la historia donde la dejamos, justo en el momento en que el peligro se hace presente...
La camioneta negra permaneció estática por unos segundos que parecieron horas. El motor rugía suavemente, como un depredador que saborea el momento antes de saltar sobre su presa.
Juan, a pesar de su traje de mil dólares y su posición de poder, se sintió pequeño. Sin embargo, algo cambió en su interior cuando sintió el roce del vientre de Marian contra su brazo. Ese bebé, su hijo, estaba ahí. Vivo. Y no iba a permitir que le pasara nada.
—Camina, no corras —le ordenó Juan en voz baja, tratando de mantener la calma—. Vamos hacia el centro comercial, hay mucha gente y cámaras. No se atreverán a hacer nada ahí.
Pero Marian estaba paralizada. Sus piernas no respondían. El trauma de vivir escondida durante meses la había dejado con los nervios destrozados.
—No puedo, Juan... me van a llevar. No dejes que me lleven.
—Escúchame bien, Marian —Juan la tomó por los hombros y la obligó a mirarlo a los ojos—. Me hiciste creer que estabas muerta para salvarme. Ahora es mi turno. Pero necesito que te muevas. ¡Ahora!
La puerta de la camioneta comenzó a abrirse. Juan no esperó más. Agarró a Marian de la mano y empezaron a avanzar con rapidez hacia la esquina. El peso del embarazo de Marian la hacía lenta, y cada paso era un suplicio para ella.
—¡Suban a la acera! —gritó un hombre que bajó del vehículo. No era Esteban, sino uno de sus matones de confianza, un tipo llamado Marcos que solía trabajar en la seguridad de la empresa.
Juan dobló la esquina hacia un callejón estrecho que servía de entrada de servicio para varios restaurantes. El olor a comida y basura se mezclaba con el frío aire de la tarde.
—¡Por aquí! —Juan divisó una puerta entreabierta donde un joven sacaba unas cajas de cartón.
Empujó a Marian hacia el interior, ignorando las quejas del trabajador, y cerró el pestillo de metal justo cuando escucharon los pasos pesados de Marcos corriendo por el callejón.
—¡Abran esta puerta! —gritó el hombre desde afuera, golpeando el metal con fuerza.
Estaban en la cocina de un restaurante italiano de lujo. Los cocineros los miraban con asombro, cuchillos en mano y gorros blancos ladeados.
—¡Llamen a la policía! ¡Llamen a emergencias! —gritó Juan mientras arrastraba a Marian hacia el salón principal, buscando la salida que daba a la calle principal, donde el tráfico era más denso.
Marian se detuvo de golpe, gimiendo y llevándose las manos al vientre.
—Juan... algo no está bien. El bebé... me duele mucho.
El rostro de Juan se desencajó. El estrés de la persecución estaba desencadenando algo terrible. La palidez de Marian ya no era solo por el miedo, ahora era de dolor físico real.
—Aguanta, mi amor, por favor, aguanta —suplicaba Juan, mientras la ayudaba a sentarse en una de las sillas de terciopelo rojo del restaurante, ante la mirada atónita de los comensales.
En ese momento, la puerta principal del restaurante se abrió con violencia. Pero no era Marcos. Era Esteban.
Llevaba un abrigo largo, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos. Caminaba con la seguridad de quien se cree dueño de la vida y la muerte de los demás.
—Vaya, Juan. Siempre tuviste buen gusto para los lugares de reunión —dijo Esteban, acercándose a la mesa con las manos en los bolsillos—. Y Marian... qué sorpresa verte con tanta vida. Debo admitir que el forense hizo un trabajo excelente, casi me convence.
—Aléjate de ella, Esteban —Juan se puso delante de su esposa, apretando los puños—. Sé todo lo que hiciste. Los desfalcos, el sabotaje... todo.
Esteban soltó una carcajada seca que resonó en el elegante salón. Algunos clientes empezaron a levantarse, presintiendo que aquello no era una escena de celos común.
—Saberlo no te sirve de nada si no puedes probarlo, amigo mío. Además, ¿quién te va a creer? Estás con una mujer que legalmente está muerta, que fingió su fallecimiento para estafar al seguro de vida... porque eso es lo que diré yo. Que tú y ella planearon todo para cobrar la póliza millonaria.
Juan sintió un nudo de impotencia en la garganta. Esteban siempre iba un paso por delante en la maldad.
—Marian necesita un médico —dijo Juan, ignorando las amenazas—. Si le pasa algo a ella o al bebé, te juro por lo más sagrado que te mataré con mis propias manos.
—No seas dramático, Juan. Lo que Marian necesita es desaparecer de verdad esta vez. Y tú vas a firmar la transferencia de las acciones de la compañía ahora mismo si quieres que ella llegue viva a un hospital.
Esteban sacó una tableta digital de su abrigo. Todo estaba fríamente calculado. Marcos entró por la puerta de la cocina, bloqueando cualquier posible huida. Los dos hombres los tenían acorralados en medio del restaurante.
Marian soltó un grito de dolor que hizo que varios platos cayeran al suelo. Estaba empezando a sangrar. La urgencia era máxima.
—Firma, Juan —presionó Esteban, acercándole la tableta—. Firma y te prometo que llamaré a una ambulancia privada que los llevará lejos de aquí. Es tu última oportunidad de ser un héroe.
Juan miró a su esposa, que se retorcía de dolor, y luego miró a su antiguo amigo. Sabía que si firmaba, Esteban los mataría de todos modos en cuanto tuviera el control total. Pero si no lo hacía, Marian y su hijo morirían ahí mismo por falta de atención médica.
Sus dedos se acercaron a la pantalla táctil. Estaba a punto de entregar el imperio que había construido, pero sobre todo, estaba a punto de jugarse la vida en una apuesta donde todas las cartas estaban marcadas.
—Está bien —susurró Juan—. Voy a firmar. Pero deja que ella se recueste en el sofá del fondo. No puede más.
Esteban asintió con arrogancia, haciendo una señal a Marcos para que se mantuviera alerta. Juan tomó la tableta, pero antes de poner su huella digital, miró a su esposa una última vez. En los ojos de Marian, a pesar del dolor, vio un destello de inteligencia, el mismo que la había ayudado a sobrevivir seis meses en las sombras.
Ella le hizo un gesto imperceptible con la mano izquierda, la que tenía oculta bajo su sudadera. Juan comprendió que el juego no había terminado.
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