El Capataz que Odiaba al Ingeniero: La Emboscada que lo Cambió Todo

La historia continúa exactamente donde la dejamos, y esto apenas empieza a tomar forma.
Los agentes bajaron de los caballos y rodearon los cuerpos tendidos en el suelo. Uno de los sicarios se retorcía de dolor, sujetándose la pierna herida. Don Rosendo se acercó a él y lo miró con desprecio.
—A este hay que llevarlo al pueblo —dijo, señalando al herido—. Que un médico lo vea. No por él, sino porque las heridas infectadas huelen peor que las mentiras.
El comisario asintió, pero su gesto era sombrío. Don Rosendo lo notó y frunció el ceño.
—¿Qué pasa, comisario? ¿Vinimos a llevarnos una sorpresa?
El comisario se rascó la barbilla, incómodo.
—Tuvimos que desmontar al otro lado del río —dijo—. Las lluvias de la semana pasada se llevaron el puente. Y le digo algo más, capataz: encontramos señales de maquinaria. Máquinas grandes, como esas que usan para desforestar.
Don Rosendo sintió que la sangre se le helaba. No. No podía ser. Esas tierras eran vírgenes desde hacía siglos. El bosque de nogales había sido el orgullo de don Herminio, su vida entera.
—¿Dónde? —preguntó, sin reconocer su propia voz.
—En la ladera norte. Parece que alguien ha estado entrando con mulas y tractores, despejando camino por la parte de atrás.
Rodrigo se puso de pie, ignorando la sangre que le resecaba la ceja.
—La ladera norte es territorio de la hacienda —dijo—. No hay carretera de acceso, ni siquiera sendero.
—Pues la abrieron —respondió el comisario, sin rodeos—. Y la abrieron bien, porque pudimos entrar hasta cierto punto antes de que la maleza nos detuviera. Pero lo que logramos ver no es bueno. Esos tipos no vinieron a sembrar. Vinieron a pelar el monte como un pollo.
El grupo caminó en silencio durante unos minutos. Don Rosendo iba al frente, con la escopeta vacía colgando del hombro. Rodrigo caminaba a su lado, todavía temblando por la descarga de adrenalina que recién empezaba a bajar.
—Don Rosendo —dijo el joven, cuando estuvieron medianamente a solas—. ¿Quién es Feliciano?
El capataz tardó en responder. Los recuerdos le pesaban más que la escopeta.
—El hermano menor de don Fermín. Eran hijos de don Cleto, el dueño original de estas haciendas. Cuando don Cleto murió, dejó la tierra en manos de los dos hermanos: Fermín se quedó con esto, Feliciano con la parte del sur. Pero Feliciano era...
Hizo una pausa, buscando las palabras.
—Feliciano era maldito desde chico. Malvado, de esos que disfrutan viendo sufrir. Cuando quisieron meterlo a la cárcel por lo del incendio de los pastizales que dejó sin trabajo a diez familias, él se desapareció. Se fueron con su parte de la herencia y nadie supo de él.
—¿Y ahora regresó por lo que quedó?
—Ahora regresó por todo —corrigió el capataz—. No le bastó con la mitad que le tocó. ¿Cuánto cree que vale la tierra hoy, con el auge de esos proyectos de siembra de aguacate? Eso atrae dinero, y cuando el dinero se huele, los buitres no tardan en aparecer.
Rodrigo guardó silencio. Había escuchado historias así desde niño, en su pueblo. Tierras que cambiaban de dueño misteriosamente. Familias que de la noche a la mañana amanecían sin nada. Peleas entre hermanos que se convertían en guerras de décadas.
Pero nunca había presenciado una con sus propios ojos. Nunca había estado tan cerca de una carabina apuntándole a la frente.
Llegaron a la ladera norte a media tarde. El sol caía oblicuo, bañando las colinas con una luz dorada que habría sido hermosa en cualquier otra circunstancia.
No era hermosa ahora.
Rodrigo sintió que le faltaba el aire.
Había un claro de unos tres hectáreas, completamente arrasado. Los árboles yacían tirados en hileras, algunos todavía con la copa verde, otros ya secos, como dedos que se alzaban al cielo pidiendo justicia. Las raíces peladas palpitaban en la tierra abierta. Máquinas pesadas, naranjas y verde olivo, estaban estacionadas en la línea de los árboles que quedaban en pie.
—Madre Santa —murmuró Rodrigo.
Don Rosendo no dijo nada. Se quedó inmóvil, mirando el desastre con una mezcla de rabia y duelo que casi dolía mirarlo.
—Esto lleva semanas —dijo al fin, con la voz ronca—. Un mes o más. Y nadie vio nada. Nadie dijo nada.
—Porque nadie quiso, capataz —dijo el comisario, que se había acercado—. O porque les pagaron para no querer.
Rodrigo miró la escena con otros ojos. Había rastros de llantas. Cables. Envases de comida. Y en un rincón del claro, una vieja camioneta blanca con las ventanas empañadas por el polvo.
—Ahí hay algo —dijo, señalando.
El comisario y uno de sus agentes se acercaron con cautela. La puerta de la camioneta estaba abierta, medio comida por la maleza. Dentro, entre herramientas y montones de basura, había papeles.
Rodrigo se acercó y los tomó. Estaban húmedos, apolillados en los bordes, pero legibles.
—Don Rosendo —dijo con voz temblorosa—. Venga y mire esto.
El capataz se acercó, limpiando el barro de sus botas. Tardó un momento en entender lo que veía. Las letras eran pequeñas, los números claros, los sellos oficiales inconfundibles.
—Un contrato —susurró—. Un contrato de venta de la hacienda. Con la firma de don Herminio.
—Don Herminio nunca habría firmado eso —dijo Rodrigo con voz firme—. Nunca.
—Lo sé. No lo habría hecho. Pero su firma está ahí.
El comisario tomó los papeles con cuidado, examinándolos.
—Falsificación —dijo—. Es un delito grave. ¿Quién sería capaz de falsificar la firma de un anciano?
Don Rosendo no tuvo que pensarlo. Una imagen se formó en su mente. El abogado. Ese tal licenciado Villanueva, que don Herminio había contratado hacía seis meses, diciendo que conocía los despachos donde se jugaban las partidas en el palacio de justicia.
—El notario, el abogado... todo enredado —murmuró el capataz—. Y ese tal Villanueva, ¿dónde se desapareció?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No me lo recuerde. Hace dos meses que no responde el teléfono.
Don Rosendo respiró profundo. Cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos.
—Muchacho —le dijo a Rodrigo—. ¿Sabe qué me sorprende más de usted?
—¿Qué?
—Que en lugar de celebrar que nos salvamos la vida, está pensando en cómo salvar la tierra.
Rodrigo se encogió de hombros.
—Es mi primer proyecto real, señor. Y ya perdimos un bosque. No sé si pueda perdonarme.
El capataz soltó un resoplido.
—Primer proyecto, dice. Aquí puro veterano es el que sobrevive al primer año. Usted, con veinte años de menos, ya está hablando como uno de nosotros a los ochenta.
Rodrigo sonrió con una mueca.
—¿Espero que eso sea un cumplido?
—Para mí, es el mejor que le puedo dar, ingeniero.
El comisario había terminado de examinar los papeles. Tenía una expresión preocupada.
—Capataz, esto es más grave de lo que pensamos. No es solo invasión de tierras, es falsificación de documentos, es corrupción de notario, es la desaparición de un abogado...
—Y un hombre que debería estar preso y está armado en el monte —agregó don Rosendo—. Si Feliciano logró construir todo esto sin que nadie lo atrapara en veinte años, no va a rendirse fácilmente.
Rodrigo miró el claro devastado una vez más. Los árboles caídos como soldados derrotados. La máquina amarilla esperando paciente la mañana siguiente para continuar con la masacre.
—Don Rosendo —preguntó—. ¿Qué hacemos?
El capitán escupió al suelo.
—Primero, volvemos al pueblo y hacemos las denuncias antes de que sea de noche. Segunda cosa, encontramos al licenciado Villanueva. Y tercero —hizo una pausa, con un brillo peligroso en los ojos—, nos aseguramos de que don Herminio nunca llegue a saber que su firma fue profanada por esos miserables.
—¿Y después?
—Después, muchacho... después le vamos a dar a ese Feliciano Mendoza la pelea que no ha querido tener. Pero esta vez, con testigos, con papeles, y con un ingeniero que sabe cómo sentar una denuncia como Dios manda.
Rodrigo sintió que las piernas le cedían de nuevo, pero esta vez era distinto. Esta vez era la fatiga, la emoción, el alivio de saber que no estaban solos.
—Gracias. Don Rosendo —dijo.
El capataz se giró y lo miró de arriba a abajo.
—No me lo agradezca. Todavía. Cuando ganemos, me convida un café.
—Con gusto. Pero café bueno.
—No le voy a prometer nada que no pueda cumplir, ingeniero.
Los dos rieron una risa corta, amarga, necesaria. Después, caminaron de regreso a los caballos bajo el sol que empezaba a caer, dejando atrás el claro arrasado y un silencio que ya olía a justicia pendiente.
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