El capitán que sonrió ante la muerte: La maniobra imposible que salvó 187 vidas

Sabíamos que querías llegar hasta el final, y aquí estás, a punto de descubrir lo que nadie pudo explicar en tierra.
— ¿Qué hacemos, capitán? ¡¿QUÉ HACEMOS?!
La voz del copiloto se quebró en un grito histérico que rebotó contra los vidrios de la cabina. Sus dedos aferraban el yugo de control con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, como si la muerte pudiera ahuyentarse con un apretón.
El capitán Rodrigo Miranda no respondió de inmediato.
Tenía los ojos fijos en el horizonte, donde el azul del cielo comenzaba a teñirse de un naranja amenazante. El sol de las cinco de la tarde se estaba poniendo, y con él, según todos los manuales de aviación, se iban también las esperanzas de aquel vuelo.
— Capitán, los motores están... están muertos. Los dos. ¿Escucha lo que le digo? ¡LOS DOS MOTORES!
— Los escucho perfectamente, joven — respondió Miranda con una calma que parecía sacada de otra dimensión. Su voz arrastraba ese acento chileno que siempre sonaba a conversación de café, incluso en medio del caos—. Y también escucho que usted me está gritando cuando debería estar ayudándome a pensar.
El copiloto, un joven de apenas veintiocho años llamado Andrés Fuentes, abrió la boca para responder, pero no salió nada. Tenía la camisa empapada en sudor. Había visto la luz roja de alarma encenderse en el panel, había escuchado ese silencio aterrador cuando las turbinas dejaron de rugir, y en su mente ya se estaba proyectando la película completa del impacto.
Pero el capitán...
El capitán estaba sonriendo.
No una sonrisa de felicidad. No. Era una sonrisa extraña, casi imperceptible, de esas que se les escapan a los hombres que han vivido demasiado y ya no le temen a nada.
— ¿Sabe qué es lo más curioso, Andrés? — dijo Miranda mientras comenzaba a manipular una serie de interruptores con una destreza que parecía ensayada—. Esta misma ruta la he volado doscientas catorce veces. Y en todas ellas, absolutamente en todas, he mirado por esta ventanilla pensando: "Si algún día se apagan los motores, será aquí. Será exactamente aquí."
El copiloto lo miró como si estuviera frente a un loco peligroso.
— ¿Por qué... por qué dice eso?
— Porque aquí abajo, joven, está el lago más profundo de toda la región. Mire. — Señaló hacia la ventanilla—. ¿Ve esa franja oscura entre las montañas? Esa masa de agua tiene más de trescientos metros de profundidad en su punto más hondo. Y la pista de aterrizaje más cercana está a ochenta kilómetros.
El silencio en la cabina fue más ensordecedor que cualquier alarma.
Andrés tragó saliva con dificultad. Sentía el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
— No... no me diga que está pensando...
— Estoy pensando como piensa un piloto, Andrés. Eso es lo que estoy haciendo. — Miranda ajustó unos diales con movimientos precisos—. Ahora escúcheme bien, porque la vamos a pasar difícil los próximos minutos y necesito que usted esté conmigo. No en el fondo del avión llorando por su mamá, ¿me entiende? Conmigo.
El joven asintió, aunque sus manos seguían temblando.
— Buen muchacho. — El capitán respiró hondo y puso ambas manos en el yugo—. Ahora hablemos de lo que tenemos: dos motores apagados, altitud de descenso controlado de 900 pies por minuto, y un avión que pesa cuarenta toneladas. Las matemáticas no están a nuestro favor.
— ¿Y entonces?
— Entonces a las matemáticas las vamos a tener que convencer de que se equivocaron.
Detrás de la puerta de la cabina, en la cabina de pasajeros, el caos comenzaba a tomar forma.
El vuelo 821 de Aerolíneas del Pacífico había despegado dos horas antes desde la capital con destino a la ciudad costera de Valparaíso. 187 pasajeros. Una tripulación de seis personas. Y un itinerario que debía ser tan rutinario como el que más.
Pero las rutinas, a veces, se rompen.
En la fila 24, una mujer de unos cuarenta años sostenía la mano de su hijo de ocho, que miraba por la ventanilla con los ojos muy abiertos.
— Mami, ¿por qué los motores hacen ese ruido?
La mujer, que había estado tratando de ocultar su propio miedo, apretó la mano del niño y le sonrió con una falsedad que a cualquiera le habría resultado evidente.
— Es normal, hijo. Los aviones a veces cambian su sonido cuando están muy altos.
El niño no pareció del todo convencido, pero volvió a mirar el paisaje montañoso que se extendía bajo ellos. En el asiento contiguo, un hombre de traje con la corbata aflojada miraba fijamente su teléfono, tratando desesperadamente de encontrar señal. Nada. Allá arriba, entre las nubes y las montañas, no había del mundo exterior más que silencio.
En la fila 31, una pareja de ancianos se tomó de la mano sin decirse nada. Él, veterano de guerra retirado, le apretó los dedos a ella con una dulzura que contradecía todo su historial militar. Ella cerró los ojos y comenzó a rezar en voz baja.
— Padre nuestro que estás en los cielos...
En la fila 9, un joven con audífonos puestos se los quitó al notar que el silencio era demasiado absoluto. Miraba a su alrededor buscando alguna respuesta en los rostros de los demás pasajeros. Había visto suficientes películas de catástrofes como para saber que cuando el avión se queda en silencio y nadie anuncia nada, las cosas no van bien.
Una azafata pasó por el pasillo con una bandeja de bebidas en sus manos. Todo estaba demasiado quieto. Demasiado tenso. Se inclinó hacia una pasajera y le dijo en un susurro:
— No se preocupe. Nuestro capitán es uno de los pilotos más experimentados de toda la aerolínea.
La pasajera, la madre del niño de la fila 24, levantó la vista con esperanza en los ojos.
— ¿De verdad?
— De verdad. El capitán Miranda voló en la Fuerza Aérea antes de entrar a la aerolínea. Ha pasado por más cosas de las que usted pueda imaginar.
Lo que la azafata no dijo fue que el capitán Miranda también tenía 62 años, casi 30 de ellos volando en condiciones que harían palidecer a cualquier piloto comercial moderno. Lo que no dijo fue que hacía exactamente siete años, en un vuelo nocturno sobre la cordillera, se había presentado la primera falla total de un motor en su carrera. Y lo que la azafata tampoco sabía era que el capitán llevaba tres semanas llegando a la oficina con los ojos cansados de quien no descansa, cargando el peso de una casa que se estaba resquebrajando por dentro.
Pero ahora no importaba ninguna de esas cosas.
Ahora solo importaban esos 187 pasajeros que confiaban en sus manos.
— Andrés, páseme el manual de emergencias. — La voz de Miranda mantuvo un tono de normalidad que resultaba casi insultante en el contexto—. El capítulo de falla total de motor en crucero.
— Capitán, un momento... usted está hablando de...
— ¿De qué está hablando?
— ¡Estamos cayendo! ¡El avión está perdiendo altitud! ¡Tenemos que hacer algo ya!
Miranda giró lentamente la cabeza y miró a su copiloto con una expresión que ninguno de los presentes habría podido descifrar. Era una mezcla de paciencia infinita y urgencia contenida.
— Eso es exactamente lo que estamos haciendo, joven. Hacer algo. Pero no podemos hacer algo correctamente si no sabemos cuáles son exactamente las opciones. — Bajó la vista hacia el manual que Andrés le tendía con manos temblorosas—. Gracias.
Un avión comercial sin motores no cae como una piedra. Es un error que la mayoría de la gente comete. En realidad, planea. Un Boeing 737, a 11,000 metros de altura, con una relación de planeo de aproximadamente 17 a 1, puede recorrer alrededor de 187 kilómetros antes de tocar tierra. Son los llamados "minutos de oro" en la aviación.
Minutos que Miranda comenzó a contar mentalmente desde el primer segundo de la falla.
— Tenemos poco menos de ocho minutos antes de que el avión caiga por debajo de los 6,000 metros.
— ¿Y eso qué significa?
— Significa que tenemos que elegir ahora mismo dónde vamos a colocar este pájaro. Porque una vez que bajemos de cierta altura, no volveremos a subir. No sin motores.
El copiloto se inclinó sobre el mapa de navegación que aparecía en la pantalla central. Su índice tembloroso recorrió el área, tratando de identificar algún aeropuerto cercano.
— ¿Chillán? ¿Los Ángeles? ¿La Araucanía? La Araucanía está a unos 90 kilómetros al sur. Si giramos ahora...
— Esa es una pista complicada, Andrés. Mire el terreno. Rodeado de cerros. Necesitamos metros de pista plana, directa, sin obstáculos. Y necesitamos largo.
El joven copiloto se quedó mirando la pantalla, desolado. No había nada. Solo montañas, bosques, y ese maldito lago que el capitán había mencionado con una calma inquietante.
— Capitán, no hay opciones. No hay un aeropuerto cerca. No hay una carretera recta. No hay nada.
Miranda asintió lentamente.
Y entonces dijo lo que a cualquier otro piloto le habría parecido una locura.
— Por eso vamos a ir al lago.
Andrés lo miró como si acabara de anunciar que iban a la luna.
— ¿Perdón?
— Al lago. — El capitán señaló la franja oscura en el mapa, esa masa de agua que se extendía a lo largo de varios kilómetros entre las montañas—. Lago Laja. 32 kilómetros de largo, 300 metros de profundidad. Agua calma en esta época del año. Si logramos sostener el planeo hasta allá...
— ¿Me está diciendo que quiere AMARIZAR un Boeing 737? — La voz de Andrés subió hasta un tono casi agudo—. ¡Nadie! ¡NADIE ha logrado amarizar exitosamente un avión de esta envergadura en la historia de la aviación comercial!
Miranda lo miró con esos ojos oscuros que habían visto demasiadas cosas.
— Yo sé, joven. Por eso mismo vamos a hacerlo.
El avión cruzaba ahora una capa de nubes bajas. La visibilidad se redujo drásticamente por unos segundos. Las gotas de agua golpeaban el parabrisas como dedos impacientes.
— ¿A qué distancia estamos del lago ahora? — preguntó Miranda.
Andrés sintió que le costaba trabajo respirar. Miró los instrumentos, comparó las coordenadas, hizo el cálculo mental que le habían enseñado mil veces en entrenamiento.
— Cincuenta y un kilómetros. — Hizo una pausa—. Pero a nuestra velocidad de planeo actual, y con la altitud que vamos a perder en el camino, no vamos a llegar a la costa del lago. Vamos a estrellarnos contra las montañas que lo rodean al menos tres kilómetros antes de tocar el agua.
Miranda se quedó en silencio un momento. Las manos no le temblaban. Eso era todo lo que cualquier buen piloto podía pedir de sí mismo en medio de la tormenta.
— ¿Sabe por qué elegí volar, Andrés? — preguntó repentinamente.
— ¿Ahora? ¿Ahora me va a contar su historia de vida?
— A mis 62 años aprendí que los momentos cruciales no esperan a que uno esté listo. Y que la vida rara vez le da a uno la opción de hacer las cosas por las que ha estado esperando. Siempre parece elegir las oportunidades más inconvenientes.
El copiloto cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. Ya no era el pánico puro de la supervivencia, sino algo más complejo: una vulnerabilidad que no estaba acostumbrado a mostrar.
— ¿Sabe qué, capitán? Tengo miedo.
Y ahí, en medio del silencio de los motores muertos y la montaña acercándose, el viejo capitán sonrió con una ternura que nadie de los que estaban detrás de la puerta podía ver.
— Yo también, joven. Yo también. Pero eso no nos va a impedir hacer lo que tenemos que hacer. — Se ajustó los auriculares—. Ahora, ¿me hace el favor? Sujétese bien, porque esto va a ser un bailongo como de los que quedan para la historia.
El altímetro seguía bajando.
Cuatro mil metros. Tres mil quinientos. Tres mil.
La montaña se acercaba con la lentitud implacable del destino.
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La historia continúa exactamente donde la dejamos...
Todo era silencio en la cabina, pero no un silencio pacífico: un silencio denso, pesado, que se podía cortar con las manos. El tipo de silencio que se instala cuando la muerte se sienta a esperar en la butaca de al lado.
— Capitán, ¿qué hacemos? — repitió Andrés, pero esta vez con la voz más baja, más serena, como un niño que ya no pide que le solucionen el problema, sino que simplemente necesita saber que alguien tiene un plan.
— Lo que hacemos es esto — respondió Miranda mientras accionaba una palanca—: bajamos el tren de aterrizaje.
— ¿El TREN? ¡Estamos a punto de tocar el agua! ¡Eso lo va a destrozar todo!
— Buen punto. — El capitán volvió a subirlo—. Estaba midiendo su reacción.
Andrés lo miró boquiabierto. ¿Aquello era... una broma?
— ¿Me está probando?
— Sí, joven. Es un mal hábito de los viejos como yo. — Por primera vez en los últimos minutos, Miranda mudó la mirada del cielo al rostro de su copiloto, y el octogenario parecía tener poco de viejo, pero algo de abuelo, sí—. Está a punto de hacer el aterrizaje más peligroso de su carrera, y la única manera de lograrlo es mantener la cabeza fría. Si pierde el control ahora, estamos muertos. Si lo mantiene, podríamos contarlo.
El joven respiró profundo.
— Entendido.
— Bien. — Miranda volvió al frente—. Ahora sí, vamos a hacer esto bien. Sobre el lago, necesitamos que la altitud sea precisa y que la velocidad de descenso no sea demasiado brusca. Demasiado lento y caeremos de nariz. Demasiado rápido y rebotaremos contra el agua como una piedra plana.
— ¿Y cómo evito rebotar?
— No lo evita usted, lo evitamos los dos. Usted controla los flaps, yo controlo el ángulo de ataque. — El veterano hizo una pausa mientras el altímetro marcaba 1,800 metros—. Cuando le diga, suelte los flaps primarios. Hasta entonces, no toque nada.
El paisaje se había vuelto más montañoso y de repente Andrés distinguió a lo lejos el brillo metálico del agua bajo el sol que se filtraba entre las cimas. El lago. Estaban llegando al lago, pero el avión seguía demasiado alto.
— Capitán, vamos a llegar al agua con demasiada altura. No vamos a tener espacio para posarnos.
— No necesitamos espacio en horizontal, joven. Necesitamos espacio en vertical. — Miranda giró el yugo suavemente y el avión comenzó a inclinarse en un viraje descendente—. Vamos a hacer un descenso en espiral sobre el lago. Cuando estemos a menos de 50 metros del agua, alineamos y tocamos.
Andrés miró los números que parpadeaban en la pantalla.
— ¿Un descenso en espiral con un avión sin motores?
— Exacto. Por eso necesito que confíe en mí.
Fuera, en la cabina de pasajeros, la gente comenzaba a asomarse a las ventanillas. El niño de ocho años vio el agua y gritó emocionado: — ¡Mamá, hay un lago allá abajo!
La mujer no respondió. Tenía los ojos clavados en esa superficie grisácea y débilmente iluminada, a la que se estaban aproximando demasiado rápido para su gusto. A su lado, el hombre del traje ya no miraba el teléfono. Tenía la boca seca y las manos apretadas sobre el apoyabrazos.
— Esto no va a acabar bien — murmuró un anciano al otro lado del pasillo—. Esto no va a acabar bien...
La pareja de la fila 31 se apretó la mano con más fuerza.
— Avena — le susurró él.
— ¿Qué dices, José?
— Que si es la última cosa que escucho que dices, que sea avena. Porque así te conocí. En la avena.
Ella soltó una risa temblorosa, y por un instante, esa pequeña grieta de humanidad abrió una ventana de ternura en medio del horror.
En la fila 18, una joven estudiante con una bufanda verde apretaba contra el pecho una libreta donde tenía garabateado el número de teléfono de su padre. Su padre no hablaba con ella hacía seis meses. Habían discutido por una tontería, por una carrera que no le gustaba, por un novio que no aprobaba. Y ahora pensaba que no tendría tiempo de pedirle perdón.
— ¿Puedo decir algo? — preguntó Andrés de repente en la cabina.
— Puede decir lo que quiera.
— Mi madre dice que usted fue el que voló sobre la cordillera cuando un motor se apagó, hace siete años. — Miranda no respondió—. Dice que usted era un héroe.
— Los héroes no existen, joven. Solo existen las personas que hacen lo que hay que hacer cuando no hay más remedio.
— ¿Y usted cree que esto es lo que hay que hacer?
Miranda miró la superficie del lago que crecía a cada segundo en el parabrisas.
— A veces, la vida nos da la oportunidad de pagar todas las veces que nos han cuidado. Este viaje, estos pasajeros... ellos nos han dado su confianza. Ahora es nuestra oportunidad de demostrarles que estuvieron en buenas manos. — La voz se le quebró apenas una fracción—. No voy a dejar que mueran, Andrés. No lo voy a permitir.
El joven copiloto sintió que la adrenalina le volvía a las venas, pero esta vez transformada en otra cosa. Ya no era pánico. Era un impulso firme, una ceguera que le permitía ignorar lo absurdo del plan y confiar en las manos del hombre sentado a su lado.
— A 40 metros sobre el agua — anunció Miranda, con calma—. Preparados.
El lago ya no era una franja lejana: era un espejo infinito que llenaba toda la ventana.
— ¡Ahora!
Andrés soltó los flaps y el morro del avión se elevó ligeramente. Miranda ajustó la potencia de los controles, pero sin turbinas, solo quedaban las superficies aerodinámicas. El avión planeaba sobre el agua como un pájaro herido que adivinaba el momento exacto del impacto.
— 20 metros.
El sonido del agua acercándose retumbó en la estructura.
— 10 metros.
— CAPITÁN...
— Cállese y sostenga, joven.
El primero en tocar fue el tren de aterrizaje trasero, que se levantó sobre la superficie espesa, y en lugar de frenar, hizo que el avión se deslizara sobre un colchón de agua comprimida. El morro del aparato siguió planeando, y durante unos segundos que se alargaron como horas, el Boeing rozó el lago en una danza de equilibrio.
Andrés no lo podía creer.
— ¡Estamos sobre el agua! ¡ESTAMOS SOBRE EL AGUA! — Y de repente, sin pensarlo, el joven copiloto se echó a reír con una carcajada nerviosa, desproporcionada, casi infantil—. ¡Lo logramos, capitán! ¡Lo logramos!
Pero Miranda no sonreía.
Faltaba la parte más complicada: la frenada completa sobre el agua.
El morro comenzó a hundirse lentamente, y la presión del agua, al morder los bajos de la aeronave, generó un rugido que sacudió cada tornillo del fuselaje. Se oyó un crujido enorme, el sonido de algo que se rompe pero no llega a quebrarse del todo, y de repente una onda de agua salpicó el parabrisas, dejándolos momentáneamente ciegos.
Andrés perdió la visión y dejó de oír los gritos que venían de la cabina de pasajeros.
— Mantenga la nariz alta — masculló Miranda—. Mantenga la MALDITA nariz alta...
El avión dio un segundo golpe, pero esta vez el impacto fue más profundo, más lento. Todo se detuvo. El agua abrió camino a través de los bajos, y una vibración constante ocupó el lugar del rugido. Cuando la visibilidad volvió, Miranda vio un mar quieto, inmóvil, que se extendía hasta el infinito.
Y luego, el silencio.
No el silencio del miedo, sino el silencio de algo que se ha completado.
La puerta de la cabina se abrió de golpe y la azafata más veterana apareció con lágrimas corriéndole por las mejillas.
— Capitán... capitán...
Miranda se quitó los auriculares lentamente, como si estuviera volviendo de otro mundo.
— ¿Todos bien?
— Creo que sí... Hay algunos moretones, mucho miedo, pero... creo que todos están bien.
Miranda cerró los ojos. No por fatiga, sino por alivio: el tipo de cansancio que se siente cuando uno ha gastado lo último que tenía y aun así ha sobrevivido.
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Llegaste a la parte final de la historia que ningún teléfono móvil quiso grabar...
Pasaron cuarenta minutos hasta que los equipos de rescate llegaron al lago.
El avión flotaba sorprendentemente estable sobre la superficie, con el agua alcanzando apenas la mitad de la altura del fuselaje. La puerta frontal se había podido abrir desde el interior. El personal de emergencias había tardado lo que parecía una eternidad, pero había llegado.
Y allí, rodeado de lanchas de salvamento, helicópteros y esfuerzos humanos desesperados por sacar a la gente lo más rápido posible, el capitán Rodrigo Miranda se sentó en el ala del avión con dos tazas de café tibio en las manos.
— ¿Se da cuenta, joven? — dijo en voz baja, tendiéndole una de las tazas al copiloto—. Ni siquiera el avión se quiso hundir.
Andrés tomó la taza con manos que aún temblaban, aunque ya no por el pánico, sino por la descarga de adrenalina que se iba apagando lentamente.
— ¿Cómo supo que podíamos lograrlo? — preguntó finalmente—. Quiero decir... ¿Cómo supo que la maniobra funcionaría?
Miranda miró la superficie del lago, todavía calma, todavía resplandeciente bajo el sol de la tarde que comenzaba a esconderse tras las montañas.
— Hace cuarenta años, cuando era cadete en la Fuerza Aérea, tuve un instructor que nos hacía repetir maniobras de emergencia en simuladores hasta el agotamiento. Nos decía: "El día que su avión deje de funcionar, ustedes no van a tener tiempo de pensar. Van a tener tiempo de recordar." — Se llevó la taza a los labios—. Yo he estado recordando ese entrenamiento desde el segundo en que se apagaron los motores.
El silencio entre ambos se llenó con el sonido de las lanchas acercándose.
— ¿Y ahora qué va a pasar, capitán?
— Pues que va a haber una investigación completa. Interrogatorios, informes, revisiones de procedimiento. — Sonrió, por primera vez con una sonrisa abierta, cálida—. Y yo voy a tener que explicarles muy bien cómo rayos logré posar un 737 sobre un lago sin que se hundiera.
— Va a ser un héroe, capitán.
Miranda negó lentamente con la cabeza.
— No, Andrés. Va a ser un piloto que hizo su trabajo. Un piloto que sabía que había 187 personas confiando en él. — De repente, sus ojos se empañaron y su voz se volvió un susurro—. Espero que cuando yo ya no esté, se acuerde del motivo por el que empezó a volar. No por la fama, no por el dinero... sino por esos momentos en los que la vida se pone difícil y alguien tiene que ponerse al frente y decir: "Yo me encargo".
Andrés miró el horizonte.
— Lo voy a recordar, capitán. Se lo prometo.
Horas más tarde, sentado frente a su escritorio en la oficina de la aerolínea, con los ojos hinchados y una taza de té frío sobre la mesa, Miranda sacó su teléfono.
Había una llamada perdida de su hija.
Marcó el número con dedos que por primera vez en aquella jornada se sentían pesados. La respuesta llegó al tercer tono.
— ¿Papá? ¡Papá! ¡Dios mío, te he visto en las noticias! ¿Estás bien?
Miranda se quedó en silencio un segundo. Había cruzado medio mundo en un avión moribundo. Se había sentado sobre el agua helada de un lago montañoso mientras la gente a su alrededor lo miraba como a un milagro.
Pero nada de aquello le había importado tanto como esta voz.
— Estoy bien, hija. Estoy muy bien.
— ¿Y los pasajeros?
— Todos a salvo, mi amor. Todos.
Se oyó cómo ella contenía un sollozo al otro lado de la línea.
— Te amo, papá.
— Yo también te amo. Y nunca, nunca lo olvides.
Miranda colgó y se quedó mirando la pared durante largo rato. Se sentía extrañamente liviano, como si hubiera soltado un peso que llevaba dentro desde hacía meses. La cabina, la oficina, la vida entera, se le apareció en una perspectiva nueva: el avión estaba intacto, los pasajeros estaban vivos, y su hija lo quería.
A veces, la vida no necesita grandes gestos para cambiarlo todo. A veces, basta con entender exactamente quién eres y para quién estás volando.
El caso del vuelo 821 de Aerolíneas del Pacífico nunca se resolvió del todo en los manuales técnicos. Los expertos declararon una y otra vez que la maniobra de amaraje "no debía haber funcionado" y que las condiciones exactas del viento, la profundidad del lago y la velocidad de descenso habían coincidido en un punto casi imposible de repetir.
Pero los que estuvieron allí, los que vieron al anciano de cabello gris sentarse sobre esa ala con su taza de café, supieron que no había sido suerte.
Había sido el triunfo de la experiencia sobre el miedo.
Y mientras las luces de la ciudad se encendían, el capitán Rodrigo Miranda supo que después de todo, hay decisiones que nos cambian para siempre, y que ninguna tiene tanto poder como la de decidir no rendirse jamás.
Aunque todo el mundo te diga que no se puede.
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